Botalón por Miguel A. Jaimes N.

Botalón por Miguel A. Jaimes N.

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A Jacinto lo ponían después de muchos regaños a cavar un hoyo tan profundo que lo tapaba y eso que el media dos metros perdidos, como le decían sus buenos amigos. Por otro lado, su madre junto a una comadre desquiciada ponía a sus ocho hermanas a recoger hierbas silvestres y curativas para hacerle infusiones y que le pasaran las rabias.
Pero por los alrededores del pueblo pasaban, tras distraídas noches después de algunos vientos muy fríos, con una cantidad de hojas nunca antes vista. Venían todas en filas como huestes apenadas como unas ratoncitas conspiradoras a las cuales alguien les había encargado asustarlas. En fin, es increíble pero por lo general esa era la vida de alguien cuyas cosas hacían recordarle la infancia a Jacinto en ese involucramiento con todo lo que sucede en los pueblos pequeños.
Fue un campeón de leyendas, espantos, sobadores, curanderas, parteras, locos, panaderos, chismosos y aparecidas más todos sus etcéteras, cada uno de sus días en que se atrevió a vivir, pues a Jacinto lo acabó esa terca manera de excavar aquellos hoyos tan profundos y no salir hasta que la tarea no estuviera concluida.
Luego iba en búsqueda de un grueso madero que midiera el doble de su tamaño y lo cargaba al hombro como un Jesucristo hasta que venía y lo sembraba. Trozar aquel árbol era otra osadía. Toda su vida se convirtió en una lucha por enterrar al botalón.
Allí vendrían una a una todas las reses sacrificadas y las peores pruebas sería gobernar a los bravíos toros de Don Ignacio. Este era un viejito que tenía la cualidad de enfurecer aquellos animales que habían sido capaces de quitarles la vida a docena y media de sus peones.
Cuando al fin eran amarradas, aquellas bestias bramaban pidiendo castigo para los audaces atrevidos que de llegar a soltárseles se les acabaría una a una en un santiamén cada una de sus suertes. Esos eran los predios de un área conocida como El Salado y quedaba en La Mucuy media en su parte más alta. Allí sacrificaron a cientos de estas temibles bestias a las cuales no les alcanzó más que retar la rebeldía de Jacinto el enterrador de botalones.

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