Citas al sur de Mérida por Ramón Sosa Pérez

Citas al sur de Mérida por Ramón Sosa Pérez

No deja uno de maravillarse ante la grandeza escénica que avasalla la Tierra de Gracia, al sur de Mérida. En ello va aparejado el prodigio natural vecino con la indulgencia de su gente, expresado en la franqueza y bonhomía de sus hombres, la disposición hacendosa de sus mujeres y la vitalidad reveladora de su juventud. Esto ocurre siempre y nada nos aparta de la traza particular que nos ha regresado al mediodía merideño. La cita comenzó en El Morro donde sus hijos prueban restablecer la estampa artística que embelleció el retablo áureo, distintivo de su iglesia en los años del esplendor que empañaron quienes contravinieron la tradición de estos pueblos. El Padre Jesús García, con novel curato de grata huella, se esmera en dar más que sus precedentes porque atavió finamente los escaños de madera con apoyo del estudiantado del Liceo Juan de Dios Dávila y sentó bases para reafirmar la Comisión Pro Templo como modelo de organización comunitaria. Más más adelante, en Aricagua nos topamos con la pasión benedictina que guía la palabra del Padre Cándido Contreras, investido cicerón que desde el púlpito sagrado sienta cátedra de una teología cercana a todos. La región está tan próxima al cielo que la gente juzga la prédica como la lección necesaria en estos convulsos tiempos. Nomás escuchar al pastor es revalidar la voz del mensajero incuestionable que no se encorva ante el boato de prelados que se revelan espurios al mandato cristalino de Francisco; humildad, sencillez e indulgencia. En Aricagua la del sur merideño, hay tiempo para todo y así, la visita a don Vicente Rojas es oportuna remembranza de la Escuela de Mocomboquito, regentada en años por la maestra Ramona Gil de Sosa, arquetipo de consagración que alumbró caminos de redención desde la enseñanza de primeras letras hasta las lecciones de Urbanidad que Carreño inculcaba con urgencia. Una callejuela de áspera tierra hacía las veces de Camino Real y los muchachos del ayer distante, Elsy, Virginia y Alexis, iban en busca de agua con un ánfora al cinto en La Aguadita mientras Arnoldo se devanaba los sesos esculcando la maleta de los escueleros para relamer sus provisiones. Hasta 3 horas invertía la mayoría para llegar a la escuelita, provistos del avío que la maestra distribuía con paciencia franciscana. Eran otros tiempos en la Aricagua gentil de Pancho Farías, el trovador de su labranza que sigue cantándole cuitas de admiración al suelo nativo. En Tierra Santa, aldehuela idílica que se levantó en designio de renovar el pueblo malogrado por los temblores de su historia, hoy se yergue en la perpetuidad de su plegaria por la unión de Venezuela, desde el fervor a su Patrona La Virgen de La Paz. Más adelante, Los Azules, hermoso vergel asomado en la medianía con San Antonio de Campo Elías, es cita para que los parroquianos muestren la bondad de su viña y la fuerza del legado misional de su credo. Concluye así una parte de nuestro periplo surandino.

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