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La vida de las ciudades (1) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter: @perezlopresti

Las ciudades no sólo tienen una manera singular de expresar sus particularidades, sino que inexorablemente se distinguen por las cosas más inimaginables, como por ejemplo los atardeceres, la llovizna, la bruma, la intensidad del calor en los días soleados, los aromas que cautivan, los vahos repulsivos, los colores o el color que las definen, el tránsito, la manera como están distribuidas, los perros y demás fauna de la calle, las viviendas, el smog, la basura y la contaminación en todas sus variables.


Las ciudades, cada una sin excepción, tiene su propia personalidad, la cual a su vez está representada por parcelas que crean los matices que generan una sumatoria que hace de la ciudad un gigantesco conjunto de impresiones que termina por generar un clima, una suerte de melodía o partitura citadina con sus altos y sus bajos. La ciudad tiene el potencial de tener un alma o dimensión que la ha de caracterizar y la va a hacer incomparable.


Cada ciudad es una encarnación de lo que significa aglomerar gran cantidad de personas en torno a la idea del orden, pero por encima de eso, está la potencial posibilidad de que cada ciudad sea una manera de representarse la idiosincrasia o la identidad de un grupo humano. Las ciudades son la manera como se muestra el espíritu de los individuos que la habitan, con sus luminosidades y sus sombras.


La ciudad es irrepetible


Cada ciudad es única como lo es cada uno de los habitantes que la conforma y esa extraña y maravillosa dupla individuo-ciudad representa la manera como las tipologías humanas se configuran de manera milagrosa en ocasiones o francamente detestable en otras. Hay una ciudad en particular, que por respeto a sus habitantes no mencionaré y la primera vez que la visité juré nunca más volver. Pues resulta que después del juramento he caído en ella cinco veces, lo que suma media docena de ocasiones, atrapado en el mismo esperpéntico lugar sin posibilidades de escapar. Cuando los habitantes que la adoran me hablan de ella, entiendo que lo simbólico es capaz de pasarle por encima a toda capacidad de razonar en términos medianamente atinentes a la justicia.


Los recuerdos infantiles y las nostalgias familiares hacen que una pocilga sea idolatrada por quien vivió sus mejores años en lo que para nosotros es un lugar cualquiera, que por mucho que nos parezca impensable, resulta que para otros es casi la representación del paraíso en la tierra. He escuchado las más hermosas loas  relacionadas con centros urbanos que a mi juicio no deberían ni existir, pero para quienes hacen de esos sitios sus centros de adoración, nada los saca de ese apasionado amor por el terruño, que no da risa por la pasión tan intensa con la cual se encuentra envuelto quien se maravilla por ese lugar. 






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