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La vida de las ciudades (2) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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Alirio Pérez lo Presti


Twitter: @perezlopresti

De las cosas que podemos ufanarnos sin necesidad de ser convincentes, es tener una ciudad a la cual adoramos, idealizamos o nos gusta por encima de cualquier otra. Tiene que ver con aquellas cosas que nos une con esa ciudad, sea la experiencia de vida, alguna aventura que nos empujó a los confines de la urbe o la llana capacidad de contemplación. Hay ciudades que enamoran por su apacibilidad, como también están las que nos maravillan por su furia, su desenfreno o por su eterna posibilidad de generar caos, entre tantas posibilidades maravillosas y antagónicas.


Tener ciudad


Incluso hay ciudades que generan grata impresión por su decadencia, por su ausencia de alma en movimiento, como esas que se han transformado en un centro de ventas o en un museo estático, en las que pareciera que la esencia se perdió en los caminos de su propia historia. Aun así, llegan a generar sus admiraciones y movilizaciones sentimentales.


Ciudades violentas en las que corre la sangre y las historias desgraciadas son el nicho de grandes victorias humanas y triunfo de eternas causas perdidas. Ciudades románticas, con faroles en las esquinas, que invitan al beso y la intimidad, forman parte de nuestro infinito laberinto de posibilidades.


Las hay grandes, medianas y pequeñas e incluso diminutas, pero tienen tanta personalidad de caracteres confluyentes que a casi nadie se le ocurriría pensar que no son ciudades. Algunas son diurnas, otras tienden a vitalizarse conforme oscurece y en otras da lo mismo que sea de noche o sea de día.


Hermosas ciudades fallidas


Así como hay una estética de lo hermoso, también existe una estética de lo feo. De ahí que hay espantosas ciudades maravillosas en donde la experiencia con lo retorcido termina por generarnos una especie de sensación de ordenamiento donde otros solo ven lo enrevesado. También están esas extrañas ciudades que aparentemente pocos conocen, que no han sido invadidas por turistas ni cazadores de fortunas, que siguen existiendo y desafiando el tiempo, alejadas del resto como si fueran secretos o reductos de salubridad en medio de tanto aire enrarecido. Lugares maravillosos que el tiempo detuvo, para nuestra más íntima satisfacción.






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