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SUPERCOPA DE EUROPA | LIVERPOOL, 2 (5) - CHELSEA, 2 (4)

El Liverpool sigue iluminado

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LIVERPOOL


El equipo de Klopp supera al Chelsea en los penaltis y se corona Supercampeón de Europa con el portero Adrián como protagonista al detener el lanzamiento decisivo de la tanda

Se presuponía un baile como final, toda vez que el Liverpool es el actual campeón de la Champions, un equipo que está en el punto justo de cocción que quiere Klopp; y el Chelsea, lejos de la década pasada cuando el dinero de Abramovich valía más que los derechos televisivos y la FIFA no ponía cortafuegos a los disparates económicos, es un conjunto por hacer, castigado a no fichar durante dos ventanas de mercado —Pulisic se hizo cuando se aventuraba la sanción— y que tira de canteranos para paliar el adiós de Hazard, ya en el Madrid. Pero no fue un baile sino una batalla de lo más intensa en la que el Chelsea puso el fútbol de toque y las intenciones frente a un Liverpool de arrebatos, principalmente desbravado y anémico, aunque también de lo más enérgico cuando se lo propuso. Pero ninguna propuesta fue la buena, acaso la del Liverpool, que venció en la tanda de los penaltis tras el único fallo de Abraham (y acierto del meta Adrián) para coronarse campeón de la Supercopa de Europa.


No le impresiona el reto de reconducir a un club desconchado a Lampard, que las ha visto de todos los colores sobre el tapete y ahora desde el banquillo exige a su equipo que salga con la pelota jugada desde atrás y sea el protagonista, más pendiente de instalarse en campo ajeno que de echar raíces en el propio. Una apuesta que frente al Liverpool fue atrevida, pues la presión eléctrica y coordinada de los reds puso en varios apuros a la zaga del Chelsea. Pero sin Firmino (estaba en el banquillo de la partida) el gol ya no era tan amigo porque Mané no tenía la noche —no jugó en la banda y el campo se le quedaba enano— y a Salah le faltaba la chispa. Y eso que al Liverpool le bastaba con dos pases para ganar la espalda de uno de los dos laterales y pisar área. Como en esa contra que Mané le pegó con el tobillo o esa otra diagonal de Salah que Kepa despejó con esfuerzo. Aunque superados los primeros apuros, el Chelsea se hizo con la pelota y el juego, también con el rival. Mérito, en buena medida, de Pedro, que siempre juega como si no tuviera nada que perder, incluso en las finales.


Atado al inicio de la jugada en la banda derecha, Pedro mareó de lo lindo a Robertson, que solo le ganó el pulso cuando se trataba de correr. Pero con la pelota controlada, el canario se deshizo de su pareja con facilidad, a veces por dentro y otras por fuera, siempre quarterback del Chelsea. La tuvo con un disparo con rosca que no cogió puerta; siguió con un pase en profundidad para Giroud que no resolvió; se marcó un eslalon entre tres para que Pulisic tirara al bulto; y filtró al borde del área que Kovacic no supo hacer bueno. Entre otras cosas porque Adrián, el portero que hace una semana no tenía equipo y se entrenaba en solitario, se estiró a tiempo para sisarle el cuero.


Nada pudo hacer, en cualquier caso, con la embestida definitiva del Chelsea, cuando Pulisic se salió de zona y Gómez ni se enteró, al tiempo que Matip consideró que era mejor que recibiera y se girara antes que salir de sitio. Fue un error porque un metro es una vida para Pulisic, que se inventó un pase para el desmarque de Giroud. Y el francés, esta vez sí, le pegó seco y cruzado, también a la red. Todo un torbellino que Pulisic hizo gordo porque tras recibir en carrera, recortó hacia dentro y logró el segundo. Pero el VAR entró en escena y negó la mayor por fuera de juego como haría después en otra acción de Mount, igual de clara. Por lo que cambió de opinión Stéphanie Frappart, la primera árbitra que actuaba en una final internacional y masculina, barrera rota al fin por la UEFA. Excelente en la comunicación y nada protagonista, la francesa tuvo el mayor de los respetos de los jugadores y evidenció que las normas son las mismas, que el juego no cambia en función de quién lo juzgue. Pero sí de quién lo interpreta.


Y hay pocos técnicos tan intervencionistas como Klopp, que tras el entreacto puso a Firmino y el Liverpool se reencontró. Quizá porque el brasileño tardó segundos en darle la razón a su entrenador, en darle un pase de gol a Mané. Fiesta para el Liverpool, tan blandengue al principio como contundente después porque si no marcó el segundo fue por culpa de Kepa, que sacó dos manos prodigiosas tras un saque de esquina: una a Salah, abajo y a la izquierda; y otra a Van Dijk, ayudado por el larguero.


Arreón que recuperaba el aroma histórico de la final de la Champions de 2005, cuando el Liverpool volteó tres goles al Milan en el mismo Estambul. Sobre todo al inicio de la prórroga, cuando Mané llegó desde atrás para resolver un balón huérfano en el área, para adelantar a un equipo que ya se las daba de ganador. Pero el Chelsea no está para cuentos sino para realidades. Y la suya, ahora, pasa por jóvenes como Abraham y Mount, que revitalizaron el juego del equipo, contentos por las carreras de ida y vuelta. En una de esas, Adrián sacó la mano a destiempo y tiró a la lona a Abraham en un penalti discutido que validó el VAR y que Jorginho transformó en empate. Pero en tanda de después, el pie providencial de Adrián San Miguel explicó que el Liverpool sigue de dulce.

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