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Diáspora y desarraigo por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


El desarraigo no es cuestión fácil, sobre todo si se sopesa en su justa dimensión humana, que no se quedan solo las cosas de un lado (o lo material, que también es importante al constituirse parte y todo de una forma de vida), sino que se produce el quiebre con la identidad, que es patrimonio propio y personal. Desde lo filosófico se produce un hiato ontológico difícil de cerrar, por cuyas grietas se escapan hechos fundantes de nuestra cosmovisión. Querencias, momentos, historia menuda, cultura y tradición forman parte sustancial de todo eso que se vuelve trizas en un instante, hasta convertirse en dolor y en tragedia personal, y de todo un colectivo. A partir de entonces ya nada será igual, porque los nuevos contextos, si bien pueden generar sensación de tranquilidad emocional y seguridad personal, traen también consigo nuevos retos que para muchos significan empinadas cimas difíciles de sortear. El Ser queda escindido en su más pura esencia, y en ambas orillas lucen desperdigados los jirones de un “Yo” vapuleado por las tormentas de la incertidumbre. 



La diáspora que hoy sufre el pueblo venezolano, no solo es histórica e inédita en el continente, sino que representa un signo claro del fracaso de un sueño colectivo al que muchos se abrazaron como tabla de salvación. El cambio epocal dado de una a otra república significó, no solo la apertura a una nueva realidad, que se brindó exultante y esperanzadora, sino además el abrupto rompimiento con un pasado que se objetivó (trabajo de laboratorio; sin más) como ominoso, dejándose sin sustento ni piso a un sistema democrático aún frágil e inmaduro. En otras palabras: se nos hizo creer que salíamos del abismo de la corrupción y de la ineficiencia, para entrar al verdadero paraíso (de la mano de un mesías; de un predestinado), cuando en realidad lo que estábamos era “construyendo” la antesala de nuestro propio infierno. 




Diáspora y desarraigo son los dos componentes inseparables de un mismo binomio, que se hace signo y síntoma de un país en crisis. Una crisis, dicho sea de paso, que ha trasvasado los linderos locales para convertirse en problema latinoamericano y planetario. Unos se van y otros de quedan: los primeros dejan aquí su corazón y los otros yacen con un vacío inconmensurable y portentoso; ambos cargan sobre sí el extremo del dolor. Nuestra sociedad se hace así fantasmal y esperpéntica, hundida hasta la náusea en el basurero de su mea culpa: unos por acción y otros por omisión. Qué más da: culpa al fin. Con ella cargaremos por décadas, hasta que la enfermedad se cure y queden solo los recuerdos y las vagas enseñanzas que terminan por desdibujarse en el tiempo. Ya nos llegarán los coletazos de la literatura de nuestra propia historia personal y social, salpicada de víctimas y de victimarios, de supuestos inocentes y de pretendidos culpables, pero nada podrá borrar en definitiva el asombro frente el horror. 




Habrá un punto final para toda esta pesadilla, pero no sabemos cuándo lo colocaremos. Por ahora, continuaremos con el vértigo que produce la caída libre en un abismo sin fondo, con la tristeza en la mirada de ver a tantos partir en fila india hacia un destino incierto. Algo hicimos muy mal que logramos torcer de tal modo nuestro destino, pero siempre habrá posibilidades de redención. Como a Ulises, nos aguarda Ítaca, y el regreso nos hará más fuertes. 




Que así sea. 




@GilOtaiza 




rigilo99@hotmail.com






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