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Rangel por Miguel A. Jaimes N.

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Miguel Jaimes



Los Rangel de La Mucuy formaron una familia numerosa que, de vez en cuando, traían nuevos familiares a sus casas. No los parían, solo eran encontrados en cualquier parte de sus caminos y por lo general estaban llenos de necesidades, convirtiéndolos en sus familiares e integrándolos como uno más de sus numerosos hijos, sobrinos, tíos y primas, pero nunca de padres, pues estos eran únicos y ya existían.

Si algún familiar moría inmediatamente sería reemplazado por otro muy joven. Desde muy temprano husmeaban en los sitios más difíciles y allí encontraron a cientos de pobres a los cuales a lo largo de todos sus años y, dejándoles la responsabilidad a las generaciones que vendrían, les dejaban aquellos encargos de quienes habían adoptado no con el objetivo de sacarlos de sus pobrezas o volverlos ricos, sino más bien era porque comieran las tres veces del día, usaran ropas limpias incluso con las que ellos llegaban, y también para que pudieran tener educación e ir a las escuelas para poder defenderse en sus vidas.

Por la generosidad en la existencia de los Rangel todos tuvieron muchas oportunidades y la riqueza nunca los abandonó. El mayor de ellos se llamó Evaristo y un día quiso que todas sus extensas fortunas fueran repartidas en partes similares a más de cien parientes.

Por eso los nuevos afortunados fueron reconocidos como los conchabados. Florecieron en hombres y mujeres los cuales obtuvieron el apellido de los Rangel y detrás todos los beneficios en una moneda muy valiosa de oro llamada el Pachano, después doblones hasta llegar a las morocotas, propiedades, trabajo y elaboración de productos ofrecidos en mercados y en ventas de los viajeros.

Elaboraron la receta de una grasa que fue utilizada en cocinas de fogones a leña encendidos con querosén, fue fabricada por miles de toneladas en más de un siglo. Eso les trajo el reconocimiento entre todos que por los Rangel las cocinas de las doñas eran muy bien olorosas. Aquel  fue un sabor exquisito, muy apetitoso.

Esté fue el secreto tras la unión de varias clases de animales sacrificados cuando las carnes había que salarlas. Sebos macerados unidos unos a otros. Allí  entraban hasta los pescados sacados de las ribazones de ricos ríos.

 

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