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Entre dos polos por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


 @perezlopresti

Mientras cruzaba el Puente Internacional Simón Bolívar, como muchos otros venezolanos,  buscando mejores posibilidades de vida en otros lugares, gente de buena voluntad nos esperaba al otro lado de la frontera para ofrecernos un plato de sopa y una manta. Una sola muda de ropa (la que cargaba puesta) y una mochila en la que llevaba los documentos legales de rigor, fueron los pertrechos que me acompañaron ese día, el cual solo era el comienzo de una infinitud de situaciones singulares, no ajenas a los peligros de rigor, que me permitieron terminar sentado frente al computador, escribiendo este texto. De las vicisitudes, los viajes, los riesgos y las carencias vividas en mis últimos años de existencia, intentaré escribir en otros espacios. Por lo pronto la “gastronomía del ojo” acapara mi interés. Lo que veo y escucho cada día, en cada uno de los escenarios que me circunscriben acapara mi atención. Es difícil abstraerse por completo de las circunstancias, por más que cultivemos el placer de tratar de vivir lo mejor posible cada día. Ser migrante requiere de una voluntad y disciplina en la que no es inusual desfallecer.

Habiendo experimentado en carne propia, durante la mitad de mi existencia, lo que conlleva el hecho de que una sociedad se polarice en bandos confrontados, algunas experiencias ajenas me son tan propias que es inevitable caer en el lugar común de sentir que estoy viendo la misma película por segunda vez. En estricto rigor, se trata de una auténtica estafa propia de la vida que a algunos nos ha tocado vivir. El tener que lidiar no una sino dos veces con la misma muralla de dificultades pareciera un producto solo concebible en una mente macabra, de un teatro de horrores con situaciones tragicómicas.  Eso tiene dos vertientes que generan pesadumbre: 1) Por un lado el sentir que ya sabemos cómo termina todo y lo otro: 2) El intuir lo que cada uno ya va a pensar y/o decir. Toda una pesadilla. En realidad las sociedades están conformadas por multiplicidad de individuos que llevan a cuesta sus prejuicios o taras intelectuales, las cuales se disparan como un resorte en el instante en que una situación propia a la dinámica con los demás active su sistema de creencias, siempre matizado por las cosas positivas y negativas que conforman su percepción de las cosas. En el momento en que una persona sienta vulnerado sus intereses personales, lo más probable es que deje de apoyar cualquier causa social, por más justa que parezca. En el momento en que sean vulnerados los derechos de otros y en el mundo interior del sujeto se active el revanchismo, el resentimiento, el complejo de inferioridad y la sensación de minusvalía, es bastante probable que se termine por aupar las más oscuras posiciones, como avalar estrambóticas formas de violencia o alegrarse por el sufrimiento ajeno.

Es la parte más oscura del sujeto la que aparece cuando se toman posturas lejanas a estar matizadas y se cae en el piloto automático del fanatismo. Es la historia del ser humano repetida al infinito una y otra vez. 





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