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Crónica de una concentración sin Juan Requesens por Willy McKey

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Willy McKey


El 7 de agosto de 2018, Nicolás Maduro involucró al diputado Juan Requesen en el supuesto intento de magnicidio del pasado 4 de agosto. Durante la transmisión, se conoció que el diputado había sido hecho preso en lo que se consideró una detención arbitraria, por no respetarse los dictámenes de la Constitución al respecto: era diputado y se violaron todas las normas democráticas del debido proceso, incluyendo su estatus parlamentario. El 8 de agosto, el Tribunal Supremo de Justicia designado por la Asamblea Constituyente madurista comunicó que había autorizado su enjuiciamiento, invocando “flagrancia”. Ese mismo día, el gobierno allanó, en un acto considerado espurio por los juristas, la inmunidad de Requesens. El pasado 11 de agosto, partidos políticos, amigos, familiares y compañeros suyos de la llamada Generación de 2007, realizaron un acto en solidaridad con él. Este es el reporte de Willy McKey.

Han pasado quince minutos de la hora prevista y no hay casi gente en la concentración de la Plaza Brion, convocada para las diez de la mañana. Entre la estatua del prócer y los tres enormes volúmenes escultóricos rojos de la artista Teresa Casanova se cuentan apenas poco más de cuarenta personas. Al parecer el arranque va a postergarse unos minutos y eso permite hacer algunas comparaciones biográficas. Por ejemplo: según los datos de la estatua, el curazoleño Luis Brion tenía treinta y un años cuando decidió unirse a la guerra de la independencia de Venezuela en 1813.

Juan Requesens tiene dos años menos y, hoy sábado, suma cuatro días preso.

La cantidad de personas en la concentración se multiplica de manera progresiva y ya los tres volúmenes rojos de la escultura que desde 1985 sirve de ícono a la Plaza Brión no es lo más importante del lugar, sino el grupo humano y las cámaras que miran hacia donde los estudiantes universitarios y sus pancartas sirven de backing a la hermana y al papá de Juan Requesens. Los muchachos atraen toda la atención sobre ellos: con las palabras de Daniel Yabrudi, secretario juvenil de Primero Justicia, han empezado a desnudarse. Todos quedaron con apenas un bóxer, como un calco simbólico de la manera en la que mostraron a Juan Requesens en el video que se propagó el día anterior en las redes sociales, donde aparece obedeciendo en tono casi hipnótico las indicaciones de una voz sin rostro que le ordena dar vueltas sobre su eje y exhibirse manchado de lo que parece su propio excremento, mientras lo graban con la cámara de un teléfono.

 “Ése a quien mostraron ayer no era Juan, sino alguien que ha sido víctima de la tortura de un régimen que se ha caracterizado por eso: por querer cosificar a sus adversarios, por querer quitarnos lo humano y así quebrarnos y meternos miedo”, declara uno de los muchachos más sueltos de palabra a un medio de comunicación internacional, al mismo tiempo que a unos dos metros empiezan a prepararse Rafaela y su papá para hablarle a la gente. Alguien apura al muchacho, le dan una pancarta y deja la declaración a medias, mientras el periodista con acento colombiano nos pregunta si sabemos cómo se llama para poder citarlo. Nadie alcanza a ayudarlo con el dato, porque la atención de la manada periodística se movió después del “¡Allá está Lilian!” de un fotógrafo. La esposa de López pronto estaría llevando de la mano a Rafaela Requesens, unos pasos por delante del padre de Juan, cruzando por este mismo paso escultórico.

No es una concentración multitudinaria, pero sin duda debe estar entre las convocatorias más importantes de este año. Sin embargo, hay una singularidad política que no tiene que ver con la cantidad de gente convocada, sino con un grupo de líderes políticos que han estado juntos desde temprano, trabajando en las maneras de atender la crisis política despertada por el secuestro de su compañero generacional. No son el centro de la cobertura periodística. Incluso varios están oyendo a Rafaela desde el otro extremo de la masa de personas que la aplauden, lejos de las cámaras que registran unas declaraciones y no las palabras de la hermana del diputado.

En ocasiones, la urgencia de perseguir un titular para la noticia deja algunas cosas a un lado. Aunque muchas veces sean esas cosas las que ayuden a explicar los puntos de inflexión, los cambios de contexto, los relevos en el protagonismo político.

Desde lo alto, Rafaela Requesens retoma el volumen de quien ejerce como presidenta de la Federación de Centros Universitarios de la UCV. Le hace saber a quienes la escuchan que quienes conocen a Juan sabrán reconocer que el diputado no estaba en sí en los videos que han sido difundidos: “este régimen es capaz de todo para que le digan lo que quiere escuchar. Nadie les cree. Son unos mentirosos”. Su padre la oye atento. Tanto que, cuando alguien del equipo intenta llamar su atención mientras Rafaela habla, se voltea y responde que se esperen, con un gesto amable pero explícito. Su nombre es Juan Guillermo Requesens, médico y militar. “Siento indignación, repudio, rechazo. Ése no es Juan: eso fue inducido”.

Dijo que los abogados no habían podido verlo. Dijo que la audiencia no fue aplazada. Dijo que “a Juan se lo llevaron del Palacio de Justicia antes de que la audiencia se llevara a cabo”. Dijo que lo disculparan, que había mucho por hacer, que gracias por preocuparse por su muchacho.   

Dijo mucho diciendo que saben tan poco.

En sus discursos no pretenden la originalidad ni lo memorable. Dan noticia y dan ánimo. Cada una de sus intervenciones tiene la intención de fortalecer los vínculos comunes de quienes han venido hasta acá, antes que generar la típica reacción de los mítines que pretenden el entusiasmo. Aun así, luego de sus palabras públicas y conversando con un grupo de gente donde se mezclaban periodistas y simpatizantes, una frase del padre de Juan y Rafaela generó un silencio denso. Quizás porque puso en su boca una de las palabras que históricamente han determinado los momentos más críticos y dolorosos de la historia política latinoamericana: “Hasta que yo no hable con mi hijo, Juan sigue siendo un desaparecido”.

En el primer silencio entre una intervención y otra, los diputados Carlos Paparoni y Juan Guaidó se guarecen durante unos segundos en la sombra para poder ver bien una información que intercambian desde sus teléfonos. El concejal Andrés Schloeter activa a una parte de su joven equipo de Petare, motivado por algo que le pregunta una señora de unos sesenta años que le sujeta una mano, mientras en la otra lleva unas cadenas con las cuales ha estado posando ante las cámaras. Juan Andrés Mejía, atento a la intervención, avanza hacia donde está una parte del equipo que trabaja con Rafaela Requesens y hace una sugerencia antes de volver a su lugar. A Roberto Patiño una mujer le toca la cara, le explica que sabe quién es y le insiste en que no se rindan, en que no desmayen: “No se dejen, mijo, que ustedes son los únicos que pueden hacer algo”.

Durante esos segundos del falso silencio que siempre aparece entre una arenga y otra, una fuerza distinta parece dibujar la nueva línea política. Todos pertenecen a toldas políticas distintas, pero los ha hermanado esta crisis común. Basta verlos durante unos segundos para que algunos de los miembros de la llamada Generación 2007 contradigan con su comportamiento la tantas veces repetida matriz del desencuentro entre Primero Justicia y Voluntad Popular.

El año pasado, Juan Requesens protagonizó una escena que para muchos sirvió como reactivadora de las protestas. Una decisión del Tribunal Supremo de Justicia lo llevó a ser noticia junto a sus colegas parlamentarios Marco Bozo y Carlos Paparoni. No porque la sentencia fuera en su contra, sino porque al oponerse marcharon hasta el TSJ y terminaron protagonizando un suceso que les ocasionó importantes lesiones. Y para Paparoni, quizás una de las yuntas políticas más evidentes de Requesens en la Asamblea Nacional, es inevitable recordar el episodio: “Más allá de lo que marcó el momento que viví con Juan en el TSJ, más que una estrategia política, más que el tema de ser diputados, existe un factor necesario para entender aquello: quienes fuimos hasta allá y quienes estamos aquí, además de hacer política juntos, somos amigos. Y eso fue lo que nos permitió a quienes estábamos en contra de algunas acciones no dejar solos a quienes tenían su convicción puesta en esas acciones. Y eso, que no es común en las mezquindades de la política, es lo que nos ha impulsado como generación”.

La misma señora que hace minutos sujetaba la mano de Schloeter, llega hasta donde estamos y nos dice: “Estos sí, ¿oíste? Requesens y ellos sí nos van sacar de ésta. Aquí muchos ya se quemaron, pero estos muchachos son otra cosa. ¿Sabes los del veintiocho? Bueno: ellos son así, pero hasta más preparados”. Me abraza. No tengo corazón para decirle que a la Generación del 28 le tomó treinta años llegar al poder y que Juan Vicente Gómez, el dictador contra el cual se levantaron, murió de viejo. No pude.

Después del episodio, el diputado Juan Guaidó se acerca interesado en retomar el hilo: “Es que eso es algo que me importa mucho. Mira: hay momentos de inflexión. Y estoy seguro de que éste será otro de esos momentos. Así fue el año pasado, cuando Juan, Carlos y Marcos fueron agredidos por la Guardia Nacional. Fíjate en lo que acaba de decir esa señora. Yo sé que es una comparación imposible, pero para ella es su verdad”.

Aparece la pregunta típica sobre la crisis de credibilidad en el liderazgo y el mismo Guaidó responde: “Hemos escuchado mucho que no hay liderazgo. Bueno, corrijamos eso: sí hay liderazgo. Lo que pasa es que ese liderazgo ha sido perseguido, encarcelado y torturado. Ayer lo vimos con las imágenes que se difundieron de Juan Requesens. Otra parte del liderazgo ha sido forzada a exiliarse y, en el menos malo de los casos, ha sido inhabilitado. Así operan las dictaduras. De modo que hay que identificar que llegó el momento de reagruparnos. Nos lo dice la gente en la calle: ‘Epa, ¿se van a poner de acuerdo o no?’ Porque no saben que estamos trabajando juntos y muy duro en eso. Al menos a nosotros se nos está yendo la vida en eso. Y éste es un momento muy importante por el estado de necesidad de la gente y del propio liderazgo. Nuestra gente se está muriendo de hambre, huyendo por la frontera, siendo amenazada. Y no podemos ser ajenos. Nosotros no”.

La conversación es interrumpida por la espontaneidad de Mercedes, de 65 años, quien se acerca al diputado Paparoni y le agarra la cara en clave maternal. Sus palabras tienen la mejor de las intenciones, pero sin darse cuenta, no resultan esperanzadoras: que ella es gocha, que sabe lo que dice, que se cuide, que él puede ser el próximo, que esta gente no tiene piedad. Carlos traga grueso y responde con un “Amén” lo poco que puede. Mercedes lo abraza y remata con “Ustedes tienen que entender que nosotros tenemos mucho miedo”.

El miedo aparece convertido en una constante en cada uno de los comentarios espontáneos que reciben. Roberto Patiño, a unos metros de Paparoni y Guaidó, también es abordado por Mercedes. Su trabajo en torno a la violencia y el hambre que se vive en las comunidades más vulnerables parece complementar la mirada política y se adelanta: es él quien le habla a ella. Después de la bendición de Mercedes, repasa la idea de ese miedo. “Yo creo que el miedo sólo se quita acompañándonos mutuamente, organizándonos. Cada vez que nos vemos en la calle, cuando interactuamos y nos convertimos en una fuerza viva, entendemos que solamente así vamos a poder superar esta tormenta. El asunto está en convencer una vez más a la gente de que es momento de volver a sumar nuestras causas en la calle”. Le pregunto si ese miedo es lo que dificulta convocar nuevamente a concentraciones como éstas, con una causa tan clara. “Todos sabemos que vivimos una situación complicada en el país. La crisis arrecia contra todos y en todos los niveles. Estamos hablando de una situación de sobrevivencia. Este gobierno nos ha llevado a nuestro estado más reptil, a nuestro estado más primitivo. Y es justamente contra eso que tenemos que luchar. Pero para poder luchar contra eso tenemos que apostar por la organización, por ir construyendo poco a poco un nuevo tejido social que nos permita hacer frente a los atropellos que estamos viviendo”.

Juan Andrés Mejía, quien ha vivido desde Voluntad Popular la persecución y la amenaza directa a los principales líderes del partido, cree que es necesario ver hacia 2017. “La experiencia del año pasado fue muy traumática para todos los venezolanos. La única manera de quitarle el miedo a la gente es dando el ejemplo. Mostrándonos en la calle, juntos y con valentía. Y dejando claro que este tipo de cosas no nos amilanan, pero que al final del día todos tenemos un número en esta terrible lotería. De modo que si alguien cree que se puede refugiar en su casa y esto nunca le va a tocar, está equivocado”.

Mejía continúa y, por un momento, se distrae y sonríe viendo a un grupo de muchachos juntarse: “Yo creo que ésta es la movilización espontánea con mayor participación en lo que va de año. Y eso tiene que ser un síntoma importante. No es poca cosa. Y nosotros estamos dispuestos a ayudar a nuestros amigos en lo que necesiten, porque sabemos lo que es esto. Yo sé que a partir de aquí puede comenzar una nueva cadena de acciones, un nuevo movimiento, pero tiene que ser distinto a lo que vivimos en 2017 porque, entre muchas otras cosas, tenemos el reto de incorporar a todos esos grupos que están protestando por reivindicaciones sociales de todo tipo. Si logramos convertir esto en un punto de partida, con la responsabilidad de acompañar a quienes ya están manifestando por distintas razones, estaremos haciendo lo correcto”.

Sigue viendo hacia el grupo de las juventudes de varios partidos y decide hacerse una fotografía, aprovechando que ha bajado la densidad de la concentración. “Ya no somos los más jóvenes… y eso es bueno, pero también es una responsabilidad enorme”. Paparoni también mira hacia la versión en selfie de la imagen que componen a unos tres metros de donde conversamos, y señala una obviedad que hoy conviene subrayar: “Ahí puedes ver cómo el afecto y la solidaridad con Juan es algo que trasciende los partidos. La compañía de nuestros hermanos de Voluntad Popular, de manera evidente, nos conecta con todo lo que ellos vivieron hace cuatro y hace dos años”. Juan Guaidó se acerca hasta donde están, a punto de registrar la imagen y les señala, como un hermano grande, que está muy bien celebrar que están juntos pero que debemos tener cuidado con lo que comunicamos: “La vaina está muy jodida y no podemos permitirnos que alguien los malinterprete por una imagen que suban en las redes y los juzguen de manera malsana, diciéndoles que parecen estar celebrando. Así que piensen en Juan y en lo importante de este momento, porque él es la causa hoy”.

En efecto: desde hace rato no son los más jóvenes. Y les toca cuidar a sus muchachos. Le pregunto a Roberto Patiño si no le habrá salido el tiro por la culata al gobierno: si en lugar de intimidarlos mostrando a Juan Requesens expuesto en esos videos, no habrán conseguido darle a las fuerzas jóvenes de la oposición una causa poderosa. Roberto va más allá: “La causa de la libertad de Juan y el respeto a su dignidad deben convertirse en un puente entre los asuntos políticos y los asuntos sociales que todos estamos sufriendo y que formaron parte de la lucha del propio Juan y sus ganas de conseguirle una respuesta desde el mundo político. Nuestro reto es precisamente ése: ¿cómo hacemos de la causa de la libertad de Juan y del respeto a su dignidad la causa del que está luchando por tener agua, por tener transporte, por tener comida, por tener electricidad, la causa de las enfermeras, de los transportistas? ¿Cómo volver la causa de la libertad de Juan la misma causa de quienes están protestando por un salario digno que les permita vivir? Eso es lo que nos llevará a todos a confluir en un gran movimiento de protesta, un gran movimiento de presión y de desobediencia civil para transformar nuestro país”.

Una de las muchachas que se fotografiaba vino acompañada de su papá. Él le pregunta por una de las frases escritas en la pancarta y ella le habla del discurso que dio Juan Requesens en la Asamblea Nacional y que se ha hecho viral después de su detención. Paparoni estaba con Juan el día antes, hablando de lo que quería decir: “El día antes de que Juan se mandara ese discurso, hablábamos de la posibilidad de que llegara este momento en el cual nuestra generación pasara a ser perseguida. Y que eso podría ser inevitable, pero iba a requerir mucho de nosotros. Y me lo dijo claro: ´Viejo, yo no me voy a ir’. Yo sé que Juan cree en la política como un lugar desde donde se puede hacer mucho, pero no es un iluso: también sabe que para lograr eso teníamos que recuperar la credibilidad. Yo estoy seguro de que hoy Juan debe estar confiando en nosotros y de que sabremos leer el escenario político. También sé que debe estar preocupado por lo que pasó cuando lo drogaron, pero sea lo que sea y hagan lo que hagan, no van a causar en nosotros ninguna desmoralización. Ayer mismo esa matriz no pudo ser impuesta desde la vocería de Jorge Rodríguez, porque la gente conoce a Requesens. Y eso nos obliga a motorizarnos, pero no sólo por ser un hombre del partido y por estrategia, sino porque es amigo. Y llegó un momento de definiciones donde el cambio político no puede ser un objetivo que la gente pierda de vista, pero ese cambio pasa por un proceso de lucha difícil… difícil y doloroso. Y nos toca asumirlo, hacernos cargo”.

En Voluntad Popular tienen ya una historia de persecución que les ha obligado a entender cuándo una prueba de vida es real, cuándo es filtrada por el propio gobierno y cuáles son los errores que se deben evitar. Por eso, Juan Andrés Mejía contrasta la viralización del video de la intervención de Requesens en la Asamblea Nacional con la indignación generada por el video de Juan en calzoncillos, comportándose de manera rigurosamente obediente a esa voz que le pide que se muestre: “Juan es un símbolo poderoso, capaz de aglutinar nuevas fuerzas políticas que harán que su detención juegue en contra del gobierno, y su maniobra de miedo sea más contraproducente de lo que pensaron. Eso sí: no es algo que dependa sólo de nosotros, de la dirigencia, sino de todos. Porque toda esa gente que al ver el video sintió indignación, tiene la responsabilidad de transformar esa indignación en otra cosa. Y ese video representa lo que es este gobierno. La historia está llena de ejemplos: durante años hubo ciudadanos que se negaban a ver lo que hacía la Alemania nazi. Y todos conocemos las consecuencias de haber ignorado todo eso de lo que era capaz el nazismo. El caso de Juan es singular por la vejación y la crudeza con la que lo han tratado. Tanto a él como al caso y la vileza de la propaganda que han hecho. Juan es una figura emblemática para la juventud venezolana y es evidente que desde el gobierno quieren mandar un mensaje que desmoralice y quiebre a la población que piensa que el cambio es posible. Nuestro reto es vencer ese miedo que intentan infundir y convertir esa indignación en ganas de luchar”.

Paparoni ya se había despedido para seguir con la agenda del sábado, pero se devuelve como quien olvidó decir algo que ha masticado durante mucho rato: “Ese intento de humillación con el cual el gobierno pretendía intimidarnos terminó cohesionando aún más nuestras fuerzas. Es necesario que esto que vive Juan también trascienda en la gente, que puedan verlo, que puedan vernos cohesionados y nos acompañen a vencer el miedo, que entiendan que no es mentira ni demagogia cada uno de nuestros discursos en la Asamblea ni nuestras arengas en las protestas. Haremos que en cada una de las posiciones críticas al menos se vean obligados a considerar que cada uno de los que ves aquí pone lo mejor de sí”. Y antes de terminar repasa con la mirada a quienes vinieron hoy. Agarra fuerzas. Dice: “Nosotros aprendemos rápido. Y no vamos a repetir errores que, por acción o por omisión, en algún momento permitimos que otros cometieran. Eso no se repite”.

 “Bueno, esto como que ya se terminó… pero seguimos”, dice el economista y también diputado José Guerra, mucho mayor que los colegas parlamentarios de quienes se despide. “Nos escribimos”. Empiezan a recogerse las cámaras y ya Rafaela Requesens ha sabido apartarse de los reporteros rezagados. Cuando parece tener tiempo para responder las preguntas con un poco más de sosiego, resulta conveniente darle aire, distancia, y dejarla decir en lugar de obligarla a responder. Y entonces habla: “Yo creo que al régimen de Nicolás Maduro le salió el tiro por la culata con esas imágenes que decidieron difundir de mi hermano. Lo que hicieron fue darnos más fuerza. Y además dejaron ver una muestra más de las violaciones que todos los días ocurren aquí en Venezuela. Dejaron ver el asco que da ver de lo que son capaces. Parte de esto que está viviendo Juan también es vivido por los venezolanos cuando no consiguen la comida, los medicamentos, cuando no consiguen cómo trasladarse, cuando les matan a un familiar… así que yo creo que esto va a mover la fibra de todos y servirá para volvernos a unir en las calles en una lucha que es por Venezuela, no por mi hermano. Hacer un llamado a la unidad real nunca está de más. Y hoy viste cómo nosotros lo hemos hecho. Somos jóvenes, pero entendemos el momento que estamos pasando, leemos con atención y respeto el contexto. Y es urgente que lo empecemos a transmitir, no sólo desde las juventudes, sino también desde los partidos políticos y la dirigencia. En este momento no es sencillo convocar a la gente. Es duro. Lo sabemos. La credibilidad está fracturada y el gobierno le ha metido la desesperanza a la gente. Sin embargo, Juan es un joven que ha luchado por Venezuela durante años. Y así como él demuestra de qué está hecha la juventud venezolana, sé que el joven venezolano no se le arrodilla, que no se le calla a nadie cuando tiene la razón, sigue a pesar de amedrentamientos, golpes y violencia de Estado. A pesar de las amenazas y las persecuciones, nosotros seguimos. Y eso es lo que yo quiero transmitir de Juan: un chamo que no ha tenido miedo de encabezar los movimientos desde que era líder estudiantil, los años que vinieron después, y hoy siendo diputado, cuando una vez más le están violando los derechos pero también la inmunidad parlamentaria. El mensaje aquí es que esta lucha no es solamente por Juan, sino para que esto no le ocurra a más nadie y para que el venezolano deje de pasar hambre, para que pueda conseguir sus medicamentos, esta lucha es por Venezuela. Yo como su hermana exijo su libertad, pero como venezolana lo que exijo es que se restituya la democracia y la libertad. Eso es lo que te puedo decir”.

El sol de las dos de la tarde es lo único que queda entre el almirante Brion y los volúmenes rojos que de nuevo reinan en la plaza. El país sigue y la familia Requesens se va sin almorzar hasta El Helicoide, con la esperanza de poder volver a darnos noticia de su muchacho, de ese muchacho de los videos de quien hablamos todos hoy, mañana y quién sabe por cuánto tiempo.





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