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Tipos duros (II) por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI



Twitter: @perezlopresti)


…ya al taller no asistían damitas ni académicos de zapatos lustrosos, sino que empezaron a acudir mujeres pintarrajeadas de faldas muy cortas y perfumes capaces de dejar sin sentido al más plantado por la intensidad de los aromas. Decían ser actrices, pero por sentido común nunca les pregunté en qué actuaban.


El ambiente se volvió lúgubre y los tés de menta fueron sustituidos por cigarrillos y ron. El 04 de febrero de 1992 la policía política allanó la sede en donde nos reuníamos, pero ni Roger ni yo vivíamos ya en Mérida y por mucho tiempo le perdí la pista a ese montón de muchachos bravucones y desenfadados, que seguramente andaban en malos pasos, pero nuestra mocedad lo veía sin susto y hasta compasión.


Cuando las mentiras son verdades: Tiempo después, cuando regresé a Mérida en 1997, corrían rumores de que la historia inventada por Roger sobre los come gatos había inspirado a un montón de trastornados que acudían a un taller de literatura en un tiempo que ya lucía lejano y hacían ritos satánicos en la principal iglesia de la ciudad. Por cuestiones laborales necesitaba corroborar la información y solicité una entrevista con un prestigioso sacerdote, hoy en día Cardenal y le pregunté sobre la veracidad de tales rumores. No puedo extenderme en el relato de horror en este espacio, pero la cosa no solamente era fundada, sino que era exponencialmente más grave, todo lo cual me llevó a investigar en qué andaba cada uno de aquellos crueles literatos con los cuales compartí espacios y tiempos siendo un muchacho.


La sorpresa no pudo ser más impactante. Cada uno de aquellos jóvenes había creado su propio núcleo familiar, estaban casados, tenían hijos, eran buenos ciudadanos, cumplían sus responsabilidades de buenos vecinos, pagaban al día los impuestos y ocupaban lugares relevantes en la sociedad en la cual me crié. Pude llevar la investigación más allá y hacerme de un recetario de cocina en la cual además de recetas para comer gatos, había otras carnes absolutamente innombrables.


No creo que sea el texto de mi gran amigo Roger el que los haya inspirado porque a fin de cuentas, para lo que en realidad ocurrió, comer gatos es cosa menor. ¿Quién no ha ido a una feria en la cual el hambre lo ha empujado a comerse un buen pincho con cerveza, con la extraña sensación de que ese saborcito de la carne para nada nos es familiar?






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