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Palabras del Rector Mario Bonucci Rossini en la conmemoración de los 235 años de la Universidad de Los Andes

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MARIO BONUCCI R.



Señoras y Señores:




No imaginó Fray Juan Ramos De Lora el impacto que tendría su obra, la cual tras 235 años ha tocado de alguna manera la vida de cientos de miles de personas, ha influido en el desarrollo de un país cuyos ciudadanos se han regado por el mundo llegando así alrededor del planeta entero.




Tenía Fray Juan Ramos De Lora certeza plena sobre la necesidad de formar a los individuos desde lo intelectual y lo espiritual para promover el desarrollo de una sociedad, idea que defendió a toda costa, retando el poder y avanzando por el camino que su consciencia le dictó, actitudes que 235 años después compartimos y que orgullosamente marcan nuestro ADN como institución.




A lo largo de su historia la Universidad de Los Andes ha experimentado múltiples cambios procurando adaptarse a las necesidades de cada etapa, buscando siempre brindar al país ciudadanos capacitados para enfrentar los retos que cada circunstancia ha planteado, pero, además, la Universidad ha sido una institución multiplicadora de la esperanza pues el hecho educativo es, en esencia, un acto de esperanza: nadie acude a un aula de clase sin la ilusión de ser mejor.




Cambio y esperanza. Dos palabras que debemos tener muy presentes en este momento.




El mundo está cambiando y frente a ello sólo podemos fortalecer nuestra capacidad de adaptación, teniendo presente que serán nuestras obras y acciones las que nos sobrevivirán en el tiempo, las que hablarán por nosotros, y la Universidad de Los Andes, obra de Fray Juan Ramos de Lora, es un ejemplo de ello. Pero nuestra adaptación debe darse desde la esperanza, enfocando cada reto como una nueva experiencia, nuevos aprendizajes que bajo el enfoque correcto nos llevarán a ser mejores en lo individual y en lo colectivo.




Durante los últimos años los venezolanos hemos estado inmersos en la lucha por recuperar la democracia y la libertad plena de nuestra nación, una lucha que nos ha cambiado, llevándonos a adaptarnos para sobrevivir con dignidad. En ese proceso, por ejemplo, la diáspora nos enseñó el valor de un abrazo, las constantes injusticias nos han llevado a convertirnos en defensores de Derechos Humanos, la escasez nos ha hecho valorar cosas que antes, por cotidianas, podían pasar desapercibidas: un plato de comida, un medicamento, un hogar.




Los buenos maestros suelen hacernos sufrir y eso han sido los obstáculos que hemos tenido que enfrentar los venezolanos, buenos maestros.




Hoy Venezuela está desnuda. Hemos aprendido que las riquezas naturales no significan nada sin la oportuna acción humana, sin visionarios capaces de sembrar el petróleo, el oro, el gas, los diamantes, y hemos comprendido además que la riqueza no significa nada si no está blindada por valores como respeto, solidaridad y honestidad.




La Venezuela desnuda y humillada espera que sus buenos hijos la volvamos a vestir de grandeza, y es allí donde está nuestra oportunidad.




En este contexto hemos visto como en la Universidad de Los Andes aflora talento y compromiso, vemos como muchos profesores siguen con su labor formadora, mientras que empleados y obreros comienzan a asumir compromisos académicos frente a la carencia de docentes, todo con el firme propósito de no dejar morir la esperanza de esos jóvenes que llegan cargados de ilusión.




Cuando me hablen de esperanza yo les hablo de la Universidad de Los Andes que todos ustedes conforman.




En esas condiciones nos toman los acontecimientos globales recientes, los cuales han puesto en evidencia cuan frágiles somos como individuos y como sociedad, invitándonos a reflexionar sobre las cosas verdaderamente importantes de la vida, a reevaluar nuestras escalas de valores muchas veces dominadas por la avaricia y el materialismo, mientras que el amor y la solidaridad quedan como simples accesorios.




El mundo entero ha comenzado a cambiar y quienes no sean capaces de leer las nuevas condiciones y adaptarse a éstas sufrirán la anulación social. Todo apunta a que están cambiando los centros de poder, las relaciones humanas, la forma de hacer política y las aspiraciones de la sociedad, quien no lo comprenda, paulatinamente se desvanecerá en el tiempo.




Hoy cobra mayor importancia la existencia de universidades libres, pues es de ellas de donde saldrán los hombres y mujeres capaces de construir un mundo mejor, sobre bases éticas y morales robustas y con un alto sentido de respeto humano.




Con orgullo, vemos a nuestros egresados alrededor del mundo comprometidos con la lucha contra el COVID19, aportando cada uno desde su área de conocimiento, lo cual resalta la urgente necesidad de detener años de políticas destructivas contra las universidades venezolanas, es el momento de unir esfuerzos.




Construyamos una universidad para reconstruir un país a partir de la razón que emana del estudio y la reflexión.




Durante más de dos siglos los universitarios venezolanos han sabido leer el contexto, logrando la adecuación de las instituciones a las necesidades que la historia demanda. Los años recientes son prueba de ello, hemos logrado mantener encendida la llama de la democracia y la libertad en generaciones que no han vivido un sistema diferente al actual, hombres y mujeres con espíritu libre, dispuestos a reconstruir el país para las generaciones venideras.




Estoy seguro que estos nuevos tiempos no serán la excepción, sé que los universitarios lograremos asumir los cambios que el mundo demanda.




¿Cómo queremos ser apreciados como sociedad?, ¿Qué valores queremos que nos identifiquen?




Las respuestas a estas preguntas nos servirán de guía, todo ello sin olvidar que existen elementos que han perdurado durante siglos y que deben continuar formando parte de nuestro ADN, y me refiero a la solidaridad, el respeto y una postura firme contra todo autoritarismo: nacimos libres y eso nada ni nadie lo puede cambiar.




Muchas gracias.






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