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Las procesiones, caminar con esperanza en tiempos difíciles

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PROCESIONES DE LA IGLESIA CATÓLICA


P. Duglas Briceño/Prensarquimer

La iglesia merideña ha actuado como madre a lo largo de estos días de cuarentena buscando siempre acompañar, guiar y proteger a sus fieles, viéndose esto reflejado en los diferentes escritos y acciones pastorales desarrolladas durante este tiempo.

Testimonio vivido a lo largo del tiempo de la cuaresma y la semana santa, donde los miembros de la iglesia dieron vuelo a la imaginación para vivir estos tiempos tan importantes, en la vida de fe.

Un elemento importante que se vivió durante este tiempo fue la realización de las procesiones, las cuales se fieles se quedaran en casa y solo se recorría el sacerdote en carro y con un número muy reducido de acompañantes.

A pesar de las dificultades que vivimos, sobre todo la falta de combustible, que en algunos lugares condicionó o no permitió la realización de lo planificado, en las procesiones realizadas se vieron un sin fin de elementos que se pueden resaltar, pues cada parroquia con iniciativas diferentes donde ponían en evidencia la fe y creatividad de sus miembros a la hora de arreglar sus imágenes en medio de carros decorados de acuerdo al día, así como el esfuerzo de cada familia en hacerse presente a través de sus altares o signos en las puertas o ventanas de sus hogares.

Cada procesión fue un recorrido diseñado para atender y hacer presencia por la mayoría de los lugares de la comunidad parroquia, los cuales llegaron a durar hasta 6 horas, donde se unían la participación de Mons. Luis Enrique Rojas, obispo auxiliar, en los recorridos de la Parroquia Catedral, y en cada comunidad parroquial de cada sacerdote, diáconos y ministros laicos y colaboradores con la de un pueblo sediento de Dios y con diferentes expresiones de fe.

En su mayoría, las procesiones fueron realizadas en carro, aunque en algunas parroquias tuvo características particulares de acuerdo a sus propias realidades, podemos resaltar la comunidades donde el domingo de ramos el sacerdote recorrió bendiciendo las palmas, montado en un burro; otras parroquias los sacerdotes tuvieron que hacer su recorrido caminando solo por las calles principales de su parroquia.

La respuesta de la gente creyente o no creyente, fue de gran importancia y protagonismo, pues aunque no lo hicieron de forma presencial desde las iglesias o como se acostumbraba, no fue impedimento para esta experiencia inédita que marcó la vida de un pueblo sumergido en el temor, la incertidumbre y la nostalgia, pero con la experiencia puesta en Dios y reflejada en cada altar, cada signo y cada celebración realizada en este tiempo.

Unas de las procesiones con mayor impacto en el pueblo merideño fue la del miércoles santo con el Nazareno, pues en la mayoría de las parroquias y comunidades es venerada con gran fe esta imagen, la cual tiene socios, cofrades, devotos, quienes cada año acuden a su celebración y procesión, mayormente con su típica vestimenta morada. Este año igual se celebró pero con las características del momento, una procesión a la altura de un pueblo creyente, presidida de Mons. Luis Enrique Rojas, obispo auxiliar, con un recorrido inédito a lo largo de toda la ciudad de punta a punta y con la participación de un gran número de fieles que al paso de la imagen rendían tributo con sus oraciones, cantos y alegría ante su presencia.

Las procesiones, fueron una expresión eclesiológica, una comunión del pueblo y sus ministros, fue una oportunidad para caminar juntos llenos de esperanza en estos tiempos tan difíciles, pues a pesar de los sentimientos del pueblo. Esta experiencia ha llevado a recoger una serie de testimonios como el de animales que se alinearon en la cerca mientras pasaba la procesión con el Santísimo; el de un perro que acompañó toda la procesión del nazareno; y otro muy bonito fue el de una comunidad entera que salió a la puerta de sus casas, impregnada de alegría en el recorrido de resurrección con pitos, música y entusiasmo a celebrar que Cristo había resucitado, pues para la gente, ver pasar el santo de su devoción, sentir el rocío del agua bendita, recibir una bendición, ver pasar al obispo o sacerdote, se convirtió en un aliciente para su dolor y tristeza, en un motivo de esperanza en un Dios que nos da la vida.





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