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175 ANIVERSARIO DE MONS. CRÍSPULO UZCÁTEGUI por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

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CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO



El séptimo arzobispo de Caracas, Monseñor Críspulo Uzcátegui Oropeza, le tocó estar al frente de la sede caraqueña entre 1884 y 1904. Años azarosos bajo la sombra del General Antonio Guzmán Blanco, presente, ausente y las revueltas que ponen fin al liberalismo amarillo y entronizan a los andinos en el poder. El siglo XIX estuvo lleno de vicisitudes y asonadas en las que la Iglesia tuvo que navegar en aguas procelosas. La figura de este prelado ha sido poco estudiada y reconocida, por lo que vale la pena refrescar la memoria.


 


Carora lo vio nacer el 30 de mayo de 1845 de familia cristiana de abolengo. Fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1872 por Monseñor José Manuel Arroyo y Niño como clérigo de la diócesis de Guayana por el parentesco que tenía con el ordenante. Ese mismo año obtuvo el grado de bachiller en filosofía y en 1879 el de doctor en teología por la Universidad Central de Venezuela. Pasó a formar parte del clero caraqueño en 1876.


 


En 1882 fue nombrado vicario general del arzobispado y el 21 de febrero de 1885 se recibieron las bulas por las que era nombrado arzobispo de Caracas. Fue consagrado por el Delegado Apostólico residente en Haití, Bernardino di Milia, asistido por el obispo de Calabozo, Monseñor Salustiano Crespo y el Chantre de la Catedral, presbítero Marcos Porras. Actuó como padrino el general Joaquín Crespo, presidente de la República.


 


Tuvo una actitud por demás complaciente con el Ilustre Americano, lo que no fue del agrado de todos, entre ellos algunos clérigos, aunque le permitió entenderse bien con las autoridades pudiendo capotear los reclamos de las autoridades por algunos lemas y escritos en “El Áncora” y “La Revista”, órganos dirigidos por sacerdotes. Típico de aquellos años las permanentes querellas y exigencias ante las inclinaciones políticas de algunos presbíteros a quienes se les quería obligar a moderar sus palabras en la predicación y la confesión.


 


Pese al anticlericalismo reinante y el rechazo a permitir la presencia del clero extranjero, logró la fundación de las primeras congregaciones femeninas venezolanas, la llegado de los capuchinos (1891), los agustinos recoletos (1899) y los hijos de María Inmaculada o padres Franceses (1903). Sin embargo no faltaron los ataques calumniosos e injustos en los periódicos contra el prelado caraqueño y su clero. No faltaron las intromisiones gubernamentales para controlar y hasta prohibir expedir partidas eclesiásticas sin la firma de la autoridad civil local. Sin embargo, a pesar de la prohibición o extinción de los seminarios el arzobispo Uzcátegui promovió en cuanto pudo la existencia y permanencia de la Escuela Episcopal, centro educativo docente que fungía veladamente de casa de formación del futuro clero. Con la llegada de los andinos al poder, agenció con el General Cipriano Castro la restauración legal del Seminario de Caracas (1900).


 


Durante su largo pontificado consagró siete nuevos obispos, número significativo por el exiguo número de circunscripciones eclesiásticas en Venezuela que contaba con seis obispados y el séptimo, el del Zulia (1897) durante su mandato: Manuel Felipe Rodríguez Delgado, Obispo de Guayana (1885), Ceslaus Hendricus Jacobus Reihnan, Dominico, Vicario Apostólico de Curazao (1886), Felipe Neri Sendrea, Obispo de Calabozo (1891), Antonio María Durán, Obispo de Guayana (1891), Antonio Ramón Silva, obispo de Mérida de Maracaibo (1895), Gregorio Rodríguez Obregón, obispo de Barquisimeto (1895) y Francisco Marvez, obispo del Zulia (1898). La creación del diario “La Religión” (1890) y la consagración de la república al Santísimo Sacramento (1899), tuvieron lugar también en su tiempo.


 Los quebrantos de salud en los últimos años del siglo XIX y las rencillas que afloraron en el clero, como lo reseña el Cardenal Quintero en uno de sus libros, mermaron las condiciones físicas y mentales del arzobispo, quien poco después de iniciada la conferencia episcopal para adecuar la legislación eclesiástica venezolana a las del Concilio Plenario Latinoamericano (1899), lo condujeron a la tumba. Corría la tarde del 31 de mayo de 1904. Monseñor Juan Bautista Castro, su sucesor, así lo anunció: “fue un prelado manso, celoso, amante de su patria y cuidadoso para conservar la mejor armonía con los poderes públicos. Su pontificado se distingue particularmente por las obras e instituciones católicas que hoy enriquecen la Arquidiócesis de Caracas”.


27.- 26-5-2020 (4494)






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