Mérida, Octubre Sábado 16, 2021, 10:23 pm

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Maripérez con Libertador por ALIRIO PÉREZ LO PRESTI

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ALIRIO PÉREZ LO PRESTI


Twitter: @perezlopresti


A Moisés Moleiro


Entre Maripérez y Liberador hay una residencia en la cual viví varios años de mi existencia. Era administrada por sus dueños, una generosa gallega con su templado hijo y su gentil esposa, quienes me trataron de manera por demás amable y respetuosa. Al principio, ocupé una habitación que tenía baño compartido, que para mi desdicha, también lo usaba un cortés inquilino que padecía de colon irritable, por lo que había que cazar las horas más adecuadas para poder ir a ese recinto. También tenía otro defecto importante: La única ventana de mi aposento daba a una pared de bloques, por lo que no le daba sol, lo cual representaba una enorme falencia para un merideño acostumbrado a mirar las montañas de vívidos colores, entre azules encendidos y verdes llameantes. Con el tiempo, y porque excepcionalmente un inquilino se mudó, pude tener mi propia habitación. Todo esto representa un lugar y tiempo que atesoro por la enorme felicidad que experimenté, no solo por no tener que compartir el baño, sino por las extraordinarias vivencias que habrían de marcarme para siempre. Era a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, un tiempo que viví con la intensidad con la cual asumía la vida y me permitió elaborar un intenso conocimiento de la ciudad de Caracas y las maneras de vivir de quienes la habitaban. 


Sobre ese tiempo y las experiencias acumuladas escribí un libro de cuentos ya publicado y tengo retazos de historias editadas en los más diversos medios. Esa época me permitió hacerme de los más sinceros amigos, de alma límpida y gigantescos afectos, así como de amores hechos y deshechos a la par de haber leído de manera casi atormentada, cuando me encontré con las grandes librerías de Venezuela. Recuerdo las reuniones, las comilonas, los amaneceres de festividad y la celebración por la vida que marcaron mis días en la ciudad de Caracas. No es raro que a veces despierte de manera plácida, en medio de un sueño que recrea esos años, que me hicieron una persona diferente y me enseñaron tanto. En Maripérez con Libertador, al cruzar la calle, quedaba uno de esos bares que no puedo dejar de visitar cuando se me atraviesan en el camino. De mesas perfectamente cuadradas, sillas de madera y una enorme pantalla en donde se podían ver partidos de fútbol en silencio, sin la molestia de escuchar a los narradores deportivos. Era a las cinco de la tarde, cuando se podía pedir el tercio de Pilsen helada de rigor y escuchar magníficas clases de la más depurada erudición de parte de Moisés Moleiro.






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