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Miembros de familias de Corea del Norte y del Sur se reúnen luego de 67 años

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Reunión de familias coreanas


Los nervios no dejaron dormir anoche a Shin Jong-ho, uno de los 89 surcoreanos que este lunes se reúnen con sus familiares del Norte, a quienes no ve desde que la guerra dividió la Península hace ya más de seis décadas. «Me fui a dormir antes de las nueve de la noche y me desperté a las tres de la mañana», explicó a la agencia Yonhap Shin, que tiene ya 70 años. Junto a otros ancianos, entre los que hay uno de 101 años, se reúne con sus parientes en el complejo turístico del monte Kumgang, en Corea del Norte. En total, pasarán juntos once horas hasta el viernes, cuando se reunirán otras 80 familias durante el fin de semana.

Con las emociones a flor de piel, este esperado encuentro es fruto de la cumbre que celebraron en abril el joven dictador norcoreano, Kim Jong-un, y el presidente del Sur, Moon Jae-in. Gracias al deshielo del régimen comunista de Pyongyang, es la primera reunión que tiene lugar desde octubre de 2015, ya que la tensión militar de los últimos años había enrarecido las relaciones entre ambos países hasta llevarlos al borde de una nueva guerra. Desde el año 2000 se han celebrado 20 reuniones de este tipo, que han permitido verse cara a cara a casi 20.000 familiares de ambos lados. Además, otros 3.700 lo han hecho por videoconferencia.

Pero aún quedan 57.000 surcoreanos, en su mayoría ancianos a quienes les queda poco tiempo de vida, que desean darle un último abrazo a los familiares que dejaron en el Norte antes de morir. Saben que el reloj corre en su contra porque ya ha fallecido más de la mitad de los 130.000 surcoreanos que había solicitado ver a sus parientes al otro lado.

Acompañados por unos 300 familiares, algunos de los afortunados que han sido elegidos por sorteo para este encuentro acuden hasta en silla de ruedas y cuidados por un equipo de treinta médicos. Aunque los achaques por su avanzada edad desaconsejan viajar, no han querido perderse la que seguramente será su última oportunidad para despedirse de sus parientes. Como la mayoría tienen entre 70 y 80 años, al otro lado del Paralelo 38 ya no les quedan padres o hijos, sino hermanos también ancianos o tíos, sobrinos y primos.

La división de familias separadas por la guerra de Corea, que se libró entre 1950 y 1953, es la herida más sensible que dejó la división de la Península entre el Norte comunista y el Sur capitalista. Partidos por la frontera cerrada del Paralelo 38, estos dos países hermanos no tienen comunicaciones telefónicas ni postales, lo que obliga a las familias separadas a inscribirse en un registro de la Cruz Roja para buscarse mutuamente al otro lado.

«Me escapé en 1951 cuando el Ejército del Norte tomó mi pueblo en la provincia de Hwanghae para reclutar a los jóvenes. Pensé que seria solo por tres meses, pero han pasado ya 67 años y no sé nada de mis hermanos». Con lágrimas en los ojos, así se lamentaba en febrero a ABC Choi Byeong-duk, de 85 años, en un homenaje a los ancestros celebrado en el Parque de la Paz de Imjingak, desde donde se divisa Corea del Norte al otro lado del río Imjin. En pleno Paralelo 38, cientos de surcoreanos celebraban el primer día del año nuevo lunar recordando a sus familiares del Norte y esperanzados por el deshielo que acababan de traer los Juegos Olímpicos de Invierno. Hoy, algunos de ellos pueden por fin fundirse en un último abrazo con sus familiares. ABC





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