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Mis grandes pasiones por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


No sabemos en realidad en qué momento nos hacemos viejos. Es un proceso, pero hay un punto que marca un antes y un después. Hay detalles que nos van dando pistas para que el golpe no sea parejo. Hubo un momento, por ejemplo, en el que los amigos y conocidos comenzaron a preguntarme si ya me había jubilado. La primera vez que me lo preguntaron sentí una cosquilla en el estómago, como si el detalle me hubiese tomado por sorpresa. En la medida en que la pregunta se fue repitiendo, me dije a mí mismo: “Ricardo, te estás haciendo viejo”. Otro detalle significativo fue cuando la gente joven comenzó a tratarme (o a darme el trato) de maestro, que aquí en nuestro contexto se reserva para la gente mayor que inspira “cierto respeto”. Posteriormente me ocurrió algo que no me lo esperaba: entré al banco y el vigilante al verme me hizo pasar a la fila de los señores mayores (sin tener todavía la edad para ello, que es a partir de los 60 años). En lo personal me percaté o tomé conciencia de los olvidos de nombres, de títulos de libros, etcétera. Un amigo de toda la vida al verme me dijo un día: “Te estás pareciendo a tu padre”. La guinda de la torta fue cuando comencé a añorar el pasado. ¡Oh, la inefable vejez!

Me he vuelto huraño
En la medida en que envejezco me refugio en lo conocido. A ver, es un desaliento interior que me impide explorar nuevos derroteros. Me pasa en todos los aspectos de la vida, pero en especial con la lectura. Siento que a pesar de tener tantos libros por estrenar y a tantos autores por conocer, prefiero retornar a lo leído (a lo seguro), y sin son los clásicos, mejor. Es como querer transitar caminos ya conocidos y tener la certeza de que no perderé el tiempo. Hubo, en no sé qué punto de mi devenir, un quiebre, una inflexión, y a partir de entonces todo en mi interior cambió. Casi no deseo viajar ni conocer a nuevas personas, pero en cambio me refugio en mi “yo interior”, en mi casa, en mi biblioteca, en mi burbuja muy particular. Tal vez todo esto sea consecuencia de una larga depresión, pero ya se torna crónica, como si quisiera quedarse conmigo para siempre. 


Me he vuelto más huraño de lo que fui hasta ahora. Huyo de las reuniones, de las fiestas, de las concentraciones. Lo mío es la introspección, el mirarme a lo interno, el buscar respuesta a todo desde adentro. Mi eterno soliloquio.


Cuasi mentores
Una de mis grandes pasiones literarias (a parte de la borgeana), es la que siento por el gran autor guatemalteco, exiliado en México, Augusto Monterroso. Su obra narrativa y ensayística me ha acompañado por largo tiempo. Admiro en Monterroso su capacidad para expresar grandes ideas con pocas palabras, su profundo sentido del humor, la excelencia con la que maneja las figuras literarias, así como los elementos propios de la retórica (la ironía, el sarcasmo, etcétera), que impregnan sus textos de un sello muy particular. El estilo monterrosiano es inigualable e inimitable, porque nace de la amalgama perfecta de elementos que le son muy propios, tales como la aguda inteligencia, su historia personal y sus lecturas. De entrada Monterroso (hay que decirlo) es borgeano, lo que le insufla a su personalidad un halo muy particular, que se olfatea a distancia y hace de aquellos que desean imitarlo sombras ridículas y esperpénticas en busca de lo imposible. En cierta forma Borges y Monterroso han sido en mi carrera literaria espléndidos faros (cuasi mentores), que han guiado mis pasos por múltiples derroteros. Enhorabuena que llegaron a mi vida.
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@GilOtaiza

rigilo99@gmail.com

rigilo99@hotmail.com




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