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José Gregorio Hernández: un hombre de su tiempo por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Tardó mucho tiempo la iglesia en llevar a los altares al doctor José Gregorio Hernández, pero el pueblo hacía mucho tiempo que lo había puesto entre sus santos. Merecida posición, sin duda, pero que no lo conculca para un credo determinado, o para unos practicantes y devotos; ni siquiera para un estandarte, sino que amplía aún más su espectro para convertirlo en una figura universal, que nos representa más allá de una doctrina y de una fe. Interesante su persona, pero lastimosamente tergiversada, que busca mostrarnos a un hombre apocado, pusilánime, exento de anhelos personales como los podría tener cualquier ciudadano.


Mala lectura se ha hecho de lo mucho que hasta ahora se ha publicado sobre el personaje, y se ha buscado acallar hechos y circunstancias que nos desvelan a un hombre al que no le fue ajeno nada de su entorno ni de su tiempo histórico, lo que implicó su compromiso con su conciencia y frente al mundo. Como muchos abrazó con ardor el patriotismo, hasta el punto de inscribirse en las milicias que se organizaron a raíz de la llegada a La Guaira de la escuadra anglo-alemana, a los fines de poner de rodillas al gobierno de Cipriano Castro y así cobrarse las deudas no honradas por el país. Si las milicias buscaban alistar a la población para defender a la nación, ¿se podría colegir que nuestro hoy beato estaba dispuesto a empuñar las armas por Venezuela?



Acerca de su persona se han echado densas brumas que no nos permiten conocer de veras al hombre. Se sabe por la iconografía (distorsionada también, hay que decirlo), así como por sus contemporáneos, que se trataba de un hombre guapo, si bien de baja estatura (un metro sesenta centímetros), con un gran atractivo personal. Se conoce que apreciaba la belleza femenina y nada tendría de extraño algún amorío en sus tiempos adolescentes o juveniles, a lo que difícilmente podían escapar los muchachos agraciados e inteligentes en los pueblos y caseríos, desbordantes de familias (y féminas) a la caza de buenos partidos. 



Como hombre de su tiempo, José Gregorio Hernández no fue reticente a la moda ni a la usanza de la época. Se hacía cortar trajes a la medida, usaba zapatos de dos tonos, fino sombrero, chaleco y hasta reloj de oro con tapa y cadena, que si bien le fue obsequiado, lo usó, lo que acrecentaba la elegancia a la que era llamado frente a su profesión médica y a su labor como profesor universitario. Se teñía el cabello y el bigote, sabía bailar, gustaba de la música (fue ejecutante del piano) y de la poesía, leía y escribía sobre aspectos filosóficos, era cordial y afable, pero poseía fuerza de carácter y determinación, además era crítico e incisivo en aquellos aspectos inherentes a su formación y su cultura. Disfrutaba de su erudición, aunque no alardeaba de ella. Con sus colegas fue amistoso y cordial, pero esto no implicó que careciera de posiciones firmes que defendiera a veces con flamígero verbo. En sus últimos años se hizo fumador.


 
Las imágenes y narraciones que muestran a José Gregorio Hernández como a un hombre triste, gris, melancólico, fuera de este mundo, no se corresponden con la verdad. Era de temperamento alegre y jovial, aunque reflexivo y dado a la introspección. Era cuidadoso con su imagen y con el uso del lenguaje, por lo que sus conversaciones y clases eran canteras de buen castellano y de excelente dicción. 



Nuestro personaje no solo fue médico de los pobres (esto forma parte del mito), sino de todo aquel que lo necesitara, independientemente de su posición social. En un científico y humanista era lógico que así fuera. 


@GilOtaiza


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