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El tiempo se agotó… por Antonio José Monagas

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ANTONIO JOSÉ MONAGAS



Del tiempo, mucho se ha dicho. Sus efectos han sido tan pródigos, que de su esencia se ha escrito en abundancia. Bien, porque es el canal sobre el que transcurre la vida para disfrutarla o padecerla. El tiempo ha sido razón de poemas, música y de espiritualidad. Aunque en lo exacto, es una medida que dimensiona la existencia del ser humano basada  en el movimiento de rotación del planeta en correspondencia el Universo.


 


Sin embargo, en política tiene otra acepción. Una significación que incita condiciones e implicaciones. Sobre todo, determinaciones que desembocan en inmediatismos que hostigan actitudes con propósitos encubiertos de perversidad, envidia y egoísmo. Al menos, es la explicación que fundamenta preceptos de la teoría política para acusar procesos y procedimientos de oscura condición y apesadumbrada connotación. La historia política de las sociedades que han adquirido conciencia sobre su desarrollo viviendo entre problemas y provechos, atestigua sus desenvolvimientos.  


 


La vida a la que nos ha sometido las actuales circunstancias económicas y sociales, fundamentalmente políticas, en el contexto de las crisis que se impusieron como resultado de la presunción de muchos de controlar el mundo por encima de las condiciones impuestas por la naturaleza, se convirtió en un enredo de complicado desenmarañamiento. Indudable que las oportunidades que el mismo caos reditúa, son posibles de aprovechar. Sólo que descifrarlas requiere no tanto de la voluntad y de lo acucioso que pueda ser quien se atreva a desafiar las contingencias. También demanda otros recursos para emprender el reto tanto como para enfrentar las exigencias de la empresa proyectada.


 


Pero el problema no termina de resolverse afrontando la crítica situación en curso, con el concurso de tan propicias herramientas y recursos. El problema derivado de tan infortunadas crisis, supera las aludidas posibilidades de sobrepasar tan peligroso “campo minado”. Y es porque el problema que ha comenzado a inflamar al planeta provocando un obligado reacomodo social, político y económico a instancia de un poder tan conspirativo como despiadado e inhumano.


 


El orden social que se avecina, no se compadecerá de nada. Ni de la historia, ni de la espiritualidad o de capacidades y potencialidades que le han deparado al hombre el valor necesario para superar tantas dificultades que han buscado retrasarlo de su evolución y desarrollo. 


 


Pareciera que alrededor de la pandemia del Covid-19, se han instalado múltiples causas dirigidas a someter la vida del hombre a renunciaciones, resignaciones, conformidades, destrucciones, sumisiones, indignaciones. Situaciones todas que están apostando al fracaso continuado de pretensiones, facultades y proyectos de vida. Esto, a manera de irradiar sobre el mundo la desesperanza posible que la fuerza oscura del mal, establecida por el sadismo de legionarios moldeados por el odio ruin y el resentimiento exterminador, está pretendiendo. 


 


Por eso había que contaminar la política de sobremanera, enviciar las sociedades en demasía, desarreglar las institucionalidades al máximo. Pero particularmente, arrasar con todo lo que pudiera servirle a un pueblo como instrumento de lucha. Aunque a decir por lo que refleja la sociedad mundial en cuanto a la valentía y tenacidad para seguir resistiendo los embates que tienden a encadenar las crudas crisis, hay sobrada disposición para ascender la cima que han remontado las virtudes humanas. A pesar de que el caos dominante, casi entrampa al tiempo sin entender lo que refirió Tertuliano, sacerdote cristiano del Siglo II, cuando asintió que “el tiempo todo lo descubre”. 


 


Tanto así que los ofuscados dirigentes del caos en cuestión quienes lograron infundir la sensación de reducir al hombre en términos de su sentido de vida, han seguido presumiendo de su poderío. Aunque debe reconocerse que sus intenciones han sido exageradas, y bastante bien calculada en su insano diseño. Aunque a pesar de las condiciones y problemas imperantes, deberá aceptarse que ante la presunción de continuar tramando y trampeando las realidades, no hay duda en reconocer que el tiempo se agotó






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