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El Dorado contemporáneo por Isaías A. Márquez Díaz

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Isaías A. Márquez Díaz


Nuestra Guayana, por antonomasia, es una zona pletórica en leyendas y mitos, lo cual podemos verificar tras la historia por la búsqueda angustiosa de El Dotado; luego de Cristóbal Colón contemplar la desembocadura del gran río, en 1498, cuando presume que sus aguas venían del Paraíso Terrenal. Pero, en 1500, Vicente Yánez Pinzón se lleva la gloria de ser su gran descubridor, y en 1530 Pedro Acosta se establece en su desembocadura; los Caribes le desalojan.

Diego de Ordaz, luego de la conquista de México, lo remonta hasta su confluencia con el Meta en cuyo trayecto le salían indios al encuentro, vociferando ¡Uayana!, de donde nace el nombre de aquella región (1531-1532). Ordaz muere después de sostener conflictos fuertes con las autoridades de Cubagua.

No obstante, cuando el ánimo del conquistador intenta desfallecer, surge en su mente la imagen de “El Dorado”, donde cree que “hay ríos de arenas argentadas, palacios como los de La Fama, de oro macizo con pórticos y columnatas de diamantes, lagos sonoros que convidan con las perlas de sus ondas trasparentes y grutas donde moran las divinidades indias; así como un rey quien de mañana se baña en resinas aromáticas y se cubre el cuerpo con polvos de oro.

Viene a colación las expectativas que se forjan con el desarrollo del Proyecto Arco Minero del Orinoco, como si aún estuviésemos viviendo por los siglos XVI-XVII, previsto sin estudios de prefactibilidad; mucho menos de impactos medioambientales,  por la premura de sustituir el rentismo petrolero, cuyos ingresos derrochamos. Aún más, en este proyecto se obvian los pueblos originarios y pasan al plano de las aventuras del conquistador ya que no se prevé programa alguno de Responsabilidad Social Empresarial (RSE), sino de concesiones.





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