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Nadal, Federer y Djokovic iluminan Nueva York

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Rafa Nadal


El pasado 8 de agosto, la mejor generación de la historia del tenis llegaba a los cien años. Aquel día era el 37 cumpleaños de Roger Federer, tres meses después de que Rafael Nadal cumpliera 32 y dos después de que Novak Djokovic alcanzara los 31. Hace no tanto, la mayoría de jugadores de gran nivel estarían retirados a esas alturas, dedicados a entrenar a otros o a quemar sus ganancias entre Saint-Tropez e Ibiza. Los casos de Andre Agassi (ganó en Australia a los 32 años), Jimmy Connors (se impuso en Nueva York en 1983 cuando tenía 31) o el español Andrés Gimeno (la sorpresa de Roland Garros en 1972, donde ganó con 34) eran ejemplos poco habituales de longevidad.

Nadal -que debuta con David Ferrer-, Djokovic y Federer, sin embargo, comparecen una y otra vez como grandes favoritos en los Grand Slam, donde su dominio en este siglo ha sido abrumador: de los sesenta grandes que se han disputado en los últimos quince años, 49 los han ganado ellos. Entrados en la treintena, no han bajado el acelerador. Este año se han repartido los tres grandes disputados -Australia para Federer, Roland Garros para Nadal, Wimbledon para Djokovic- y hay que remontarse a la victoria en Nueva York de Stanislas Wawrinka en 2016 para encontrar un vencedor que no fuera miembro del llamado «Big Three».

Esta edición del US Open se presenta con novedades importantes -sobre todo, el estreno de la nueva pista Louis Armstrong, la segunda mayor en las instalaciones de Flushing Meadows, que cuenta, como la pista central, con techo retráctil-, pero entre ellas no está quién figura entre los favoritos. Las casas de apuestas señalan una vez más al «Big Three». Lo que sí ha cambiado es el orden: después de un bache en su carrera, Djokovic ha reverdecido y parte como principal candidato, según los analistas. El tenista serbio está teniendo un gran año: no aparecía por una final de un grande desde la primavera de 2016, cuando se impuso en París a Andy Murray. Pero en julio ganó en Wimbledon y llega a Nueva York después de imponerse en el Masters 1.000 de Cincinnati a Federer. Su momento de forma está muy por encima de lo que marca el ranking, que le coloca en sexta posición. En la formación del cuadro, era la bola negra que nadie quería ver en su camino y el perjudicado fue Federer, que tiene al serbio en su cuadro y con el que debería encontrarse en cuartos de final: demasiados quilates de tenis para esa ronda. Además, el rendimiento del suizo es una incógnita. En Wimbledon cayó pronto contra pronóstico y ha preferido descansar buena parte de la temporada de pista dura de verano. Se encontró con Djokovic en la mencionada final de Cincinnati y se vio superado. Pero Federer siempre será Federer.

Nadal también ha optado por descansar parte del verano. Después de otra formidable gira por la tierra y de caer en las semifinales de Wimbledon contra Djokovic en un duelo antológico, Nadal ha demostrado que su número uno refleja la realidad: se impuso en Toronto y prefirió aparcar Cincinnati y recuperar fuerzas para Nueva York, donde defiende el título. Su debut será la próxima madrugada contra un amigo: David Ferrer. Aunque hay rivales peligrosos en el camino -Anderson, Shapovalov o Edmund-, las verdaderas complicaciones no deberían llegar hasta semifinales, donde podría toparse con un Juan Martín del Potro.

 

Muguruza va de tapada

 

En el cuadro femenino, todo dependerá del estado de forma de la mejor tenista de todos los tiempos, Serena Williams. Después de haber sido madre el año pasado, su nivel se ha recuperado a marchas forzadas y en Wimbledon ya llegó a la final. En buenas condiciones, estará entre las favoritas, pero no hay que olvidarse de Simone Halep (líder de la WTA), Angelique Kerber o incluso Garbiñe Muguruza, imprevisible ya que en las grandes citas siempre se crece. Nueva York, de todos modos, es una cuenta pendiente para la tenista española, que ha conquistado dos majors ya, aunque en Nueva York no ha conseguido llegar a cuartos de final. «Le tengo muchas ganas a este torneo», apunta después de una temporada muy irregular.

 

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