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"Un llamado a la fraternidad y la amistad social" por Padre Edduar Molina Escalona

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Por el Padre Edduar Molina Escalona



En el mes que recordamos a nuestro «poverello» de Asís, nos sorprende el Papa Francisco con su carta encíclica "Fratelli Tutti”, (Hermanos Todos), pues es la expresión usada por el santo de la hermana Tierra, Sol y Agua, para dirigirse a sus hermanos y proponerles un estilo de vida con sabor a Evangelio que provoque en cada uno deseos de fraternidad, que no es otra cosa que el reconocernos hijos todos de un mismo Padre y por tanto "hermanos todos", pese a nuestras diferencias y desencuentros.


 


La Encíclica es una invitación abierta a fortalecer y animar la "amistad social", que es la apertura al diálogo con todas las personas de buena voluntad, con todos los “hombres de bien”, como el mismo lo refiere. La reflexión gira en torno a ocho capítulos.


 


En el primero se analizan "las sombras de un mundo cerrado" que no permiten el desarrollo de una vida fraterna y en paz, como consecuencia del resurgir de ideologías que parecían ya superadas, así como los crecientes nacionalismos "cerrados y agresivos", con sus corolarios de pérdida de valores, polarización política, imposición de un modelo cultural único y la cultura del descarte que abre más la brecha de las desigualdades sociales y el detrimento de la dignidad humana. Pese a todo este oscuro panorama el Papa Francisco nos invita a no perder la esperanza: "Porque Dios sigue derramado en la humanidad semillas de bien”.


 


En el segundo capítulo: "Un extraño en el camino”, el Papa explica el llamado de Dios, desde los inicios de la historia de la Salvación a esa obra de misericordia tan actual "amar al extranjero", o "dar posada al peregrino". La ola de inhumanidad que nos arropa nos ha hecho "analfabetos en el arte de acompañar, cuidar y sostener" a los hermanos más vulnerables. Francisco insiste en el ideal de que no tenga ningún hombre necesidad de migrar forzadamente de su tierra, pero cuando las situaciones se imponen corresponde acoger al hermano, descubriendo en cada rostro del migrante al mismo Cristo que nos visita.


 


En su tercer capítulo fratelli tutti, nos propone "pensar y gestar un mundo abierto" al igual que la propuesta bíblica de que “hay más alegría en dar que recibir", insiste el Papa en la permanente tarea del hombre de alcanzar su pleno desarrollo en la entrega sincera a los demás. Ello conlleva también a un esfuerzo conjunto por abrir las fronteras de "la amistad social" para hacer realidad la sana y provechosa convivencia de cada ciudad que brinde la posibilidad de una verdadera apertura universal. Sin dejar de mencionar el compromiso de todos por defender, y hacer posible, la inalienable dignidad humana.


 


En el cuarto capítulo "un corazón abierto al mundo entero", el Papa Francisco centra la atención en el problema migratorio, del que no somos ajenos en nuestra realidad nacional, nos invita a tomar iniciativas y esfuerzos conjuntos por "acoger, proteger, promover e integrar" esta problemática mundial, que permita dar una respuesta humanista tan necesaria en tiempos de diáspora masiva y dolorosa. Así como el hacer frente a tantas actitudes xenofóbicas que acaban por hacerles ver como "personas peligrosas".


 


El quinto capítulo "la mejor política”, basada en el amor que se manifiesta en acciones concretas y reales, bajo los principios de la solidaridad y subsidiariedad, bajo un enfoque que supere toda visión individualista y conlleve a buscar el bien común y el bienestar de todas las personas.


 


Ya en el capítulo sexto esboza, Su Santidad, toda una propuesta de "diálogo y amistad social” lo que supone respetar el punto de vista del otro, permitiendo convicciones o intereses legítimos, cambiando la "falsa tolerancia" por un "realismo dialogante, aprendiendo todos a respetar el derecho a opinar y a creer en libertad”.


 


Ya en el séptimo capítulo se nos invita a buscar "caminos de reencuentro”; en ese amplio y complejo proceso de paz se hace indispensable la transparencia, como valor de credibilidad, unido a la preservación de la memoria histórica. Afirma el Santo Padre "la verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia", exigencia hoy más latente que nunca ante la necesidad enfermiza de destruir al otro en una carrera de venganza y odio, contra el injustificable concepto de "guerra justa", el Papa llama a la eliminación de las armas nucleares, dinero que se debe usar para remediar el hambre en el mundo.


 


Para concluir, en su octavo capítulo, el Papa invita a todas las religiones a ponerse al servicio de la fraternidad, reconociendo el aporte valioso de todas las confesiones que buscan la defensa de la justicia en la sociedad. Además de hacer un llamado al respeto de la libertad religiosa, buscando lo que nos une y no lo que nos separa, que es definitiva el bien y plenitud de vida de todo hombre sobre la tierra. Sin dejar de señalar las diversas formas de violencia y terrorismo religioso que se opone a la sacralidad de la vida, el respeto a la dignidad y a la libertad de los demás.


 


Aunque son muchos y muy diversos los temas tratados, la Encíclica tiene un hilo conductor bien claro: Solo seremos capaces de reconocer en nuestro prójimo a un hermano, por encima de razas, fronteras, lenguas y culturas, abrirnos a los demás y siguiendo el ejemplo buen samaritano.


 


“Si ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos” (Nº 65). Es un llamado a la conversión, que implica la reconciliación que nos permita convivir en un mundo más justo, más humano y más fraterno.


 


Mérida, 18 de octubre de 2020






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