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Releer es volver por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA



A Horacio Biord Castillo



Algunos lectores de mi artículo anterior titulado Nuevas relecturas (EU, 11-10-20) me conminaron a decir cuáles son, a desvelar ese universo lector que me constituye desde hace décadas, y, ¿cómo nos complacerles si ellos son el fin último de lo que escribo? En este sentido, hay mucho por agregar. Releer es volver una y otra vez a lo querido, es como quien se extasía cada día de su vida en el rostro de los que ama, y cuando lo hace se percata de que en ellos mira parte del paraíso prometido. Releer es retornar al gozo, es tener la certeza de que ese producto civilizatorio es de lo mejor que ha inventado el ser humano. Otro tanto les sucede a los melómanos, a los amantes de la gastronomía, del arte pictórico y de la escultura, quienes convencidos de estar recibiendo lo más excelso de la cultura, vuelven una y mil veces a la obra objeto de culto, al plato ya degustado una y otra vez, al artista tantas veces admirado, al disfrute pleno de los sentidos. Volver a lo amado hasta el infinito forma parte de nuestra hýbris.


He releído muchas obras, y no creo que me alcance este espacio para saciar la curiosidad de mis fieles lectores, pero puedo complacerlos (no pontificar) con unos cuantos, tal vez los más amados, los más cercanos, los más entrañables en diversos momentos de mi vida. La relectura está asociada a vivencias, a fragmentos de la existencia. He vuelto mil veces a El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, porque es toparme con el Bolívar de carne y hueso, ese ser quien al borde del sepulcro reconoce que ha arado en el mar, que su sueño de una mancomunidad de naciones se ha perdido para siempre. También al magnífico ensayo libre En busca de Bolívar, de William Ospina, que ha sido uno de los más hermosos homenajes que escritor alguno le haya hecho al personaje. El arco y la lira y La llama doble. Amor y erotismo, ambos de Octavio Paz, son textos a los que regreso de manera periódica, cuando requiero, como ensayista, ese tono y esa tesitura que nos obsequió el gran autor mexicano. La obra entera de Jorge Luis Borges, tanto en poesía como en prosa, es de cabecera. Disfruto al genial argentino hasta en sus ocurrencias, en sus deliciosos dislates, en esas maneras de hacernos sentir parte y todo del proceso creativo. Suelo releer, dos o tres veces al año, Formas breves y El último lector, del tocayo Ricardo Piglia, por el mero goce estético de sus deliciosos micro-textos, y por su aguda inteligencia. Viaje al centro de la fábula, La letra e, La vaca y Literatura y vida de Augusto Monterroso, son piezas maestras que me hacen reír hasta más no poder y me elevan a poderosas cimas estéticas. Guzmán Blanco. Tragedia en seis partes y un epílogo, de Tomás Polanco Alcántara, es un libro que me mostró el lado humano del personaje (denostado por nuestra historiografía) y que me puso en sintonía con el género biográfico, al cual posteriormente eché mano impulsado por esa gratísima experiencia lectora. He vuelto una y otra vez a Relatos reales, de Javier Cercas, porque son textos deliciosos y hallo piezas maestras en un género difícil para un autor: la crónica autobiográfica. Siempre regreso a El último encuentro y a Diarios 1984 – 1989 de Sándor Márai: el primero es, a mi entender, la mejor novela del autor, y el segundo se trata de textos escatológicos, desgarradores, que nos acercan al trágico final del gran escritor húngaro. Releo con placer la obra entera del pensador francés Edgar Morin que me nutre en lo filosófico, y los Ensayos Completos de Michel de Montaigne, creador del género, los artículos de prensa recopilados en varias colecciones librescas del español Javier Marías (Literatura y fantasma, A veces un caballero, Vida del fantasma, Ni se les ocurra disparar, Lo que no vengo a decir), así como todos sus cuentos (casi todos piezas maestras), titulados: Mala índole; La sal de la Tierra y Dios y el mundo de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) con Peter Seewald, que nos muestran el pensamiento del más importante teólogo y filósofo vivo de la actualidad, y Entre paréntesis, de Roberto Bolaño, en donde se presenta con un “inaudito” desenfado y libre de atavismos.


 
En estas últimas semanas releí voraz los siguientes libros: Cómo hablar de los libros que no se han leído de Pierre Bayard, Seda de Alessandro Baricco, Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, Gaviota de Sándor Márai, El arte de la novela de Milan Kundera, Conversación en Princeton de Mario Vargas Llosa, En el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, Ojalá octubre de Juan Cruz Ruiz, El cuidado necesario de Leonardo Boff, Fervor de Borges de Eduardo García de Enterría, Asuntos de un hidalgo disoluto y El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby y compañía, Suicidios ejemplares, Impostura y Una casa para siempre de Enrique Vila-Matas, y Con Borges de Alberto Manguel. 


 
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