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“LAS SOMBRAS DE UN MUNDO CERRADO" por Padre Edduar Molina Escalona

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Padre Edduar Molina Escalona



Ante un mundo en aparente calma, movido por el desarrollo tecnológico, la modernización de sus estructuras y el avance progresivo de las ciencias, no dejamos de encontrarnos con “las sombras de un mundo cerrado”. Es la apreciación que tiene el Papa Francisco en la primera parte de su reciente encíclica “Fratelli Tutti”. Toda una mirada desde la fe a una realidad, que sin pretender “hacer análisis exhaustivos, ni poner en consideración todos los aspectos de la realidad que vivimos”, como él mismo lo expresa, nos quiere iluminar para saber discernir y caminar en la verdad.


 


Lo primero que trata es sobre los “Sueños que se rompen en pedazos”. Después de tantas guerras que afligieron la humanidad, nos dice Bergoglio, parecía que habíamos aprendido y nos encaminábamos todos a la búsqueda de la paz, hacia una integración global, como el sueño de una comunidad europea unida a la par de una integración latinoamericana, por solo mostrar algunos ejemplos de iniciativas que buscan sus raíces comunes y son signo de una integración.


 


Hoy, lamentablemente, vemos este sueño hecho pedazos por una historia que mira al pasado y se desintegra en “conflictos anacrónicos que se consideraban superados”, como el caso de los nacionalismos ciegos que expresan esta incapacidad de gratuidad, el error de creer que podemos desarrollarnos al margen de la ruina de los demás y cerrándonos al resto con la falsa idea de estar más protegidos; además, de llamar su atención a los discursos e ideologías que fomentan nuevas formas de egoísmo y de perdida de sentido social, bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales.


 


Así mismo, denuncia el agresivo mundo del mercado que reduce al hombre a mero consumidor o espectador, protegiendo a los más fuertes y dejando en las periferias de la miseria a los más desfavorecidos, bajo el maquiavélico principio de “divide y vencerás”. Lo que nos recuerda que cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasada, asumir la historia, la experiencia de los mayores, es lo propio de una verdadera cultura de la vida que queremos construir.


 


Otra de las grandes reflexiones de este capítulo es lo que llama Francisco: “Sin un proyecto para todos”. Señala como en el mundo la creciente siembra de desconfianza y desesperanza es notable en una política que lleva a los hombres a “exasperar, exacerbar y polarizar”, tres palabras que marcan las sociedades modernas, negando el derecho a existir y opinar. Es la negación a un proyecto de bien común, en una lucha de “sálvese quien pueda” que nos imposibilita la capacidad de levantar la cabeza y reconocer al vecino, al prójimo que tenemos al lado.


 


Toda una profunda reflexión sobre “la globalización y progreso sin un rumbo común” que nos reta a los cristianos a la permanente necesidad de “construir un nosotros” favoreciendo el espacio de “la casa común”. Tan golpeado por nuestras actitudes, como el despilfarro de los alimentos, la negación a tener hijos, con la consecuencia de sociedades envejecidas y en un doloroso abandono del adulto mayor. Sin dejar de denunciar la triste realidad de tantos ancianos que ante la pandemia murieron en situaciones deplorables, alejados de sus familias, sin un adecuado acompañamiento que mutila y empobrece a la familia. Todo esto se une al miserable racismo que deshumaniza la dignidad de toda persona. De ahí la importancia de trabajar por el respeto la humanidad, “para que florezca la creatividad y el ingenio que nos permita convivir en paz”.


 


Otra de las grandes líneas de reflexión es la que toca sobre la realidad a la que estamos sumados todos: La pandemia global, junto a otros flagelos que golpean el mundo. Lo que ha permitido desenmascarar nuestra fragilidad y vulnerabilidad, durante mucho tiempo habíamos pretendido ser señores absolutos de la propia vida. Muchas veces nos dejamos llevar por la impaciencia y la ansiedad en la búsqueda de soluciones, en vez de detenernos y aprender de esta realidad para no volver a lo que llama el Papa “la fiebre consumista y la autopreservación egoísta”.


 


Pasa luego a tocar una realidad que no escapa nuestro país, con el título: “Sin dignidad humana en las fronteras”, denota su preocupación constante por la migración forzada, llama la atención a los gobiernos que se niegan a recibir a estos hermanos que se ven obligados a migrar más allá de sus fronteras, escapando de guerras y persecuciones, así como su denuncia a los mensajes xenófobos, invitando a “integrar creativamente en su interior la apertura a otros”. Continúa la reflexión de este capítulo sobre “la ilusión de la comunicación”. Nos advierte sobre la superficialidad de las comunicaciones digitales, como “una especie de espectáculo” y sus peligros, como las personas expiadas y vigiladas, impidiendo así el dialogo que contribuye a solucionar problemas comunes.


 


Otro interesa tema es el de “sometimientos y auto-desprecios”. Desgrana las seducciones de la cultura global que hace ver los a los países ricos y poderosos como modelo a seguir, sin dar cabida a la valorización de su propia cultura. Afirma que “un pueblo será fecundo en la medida en que genere relaciones de pertenencia entre sus miembros”.


 


Culmina este primer capítulo con el apartado sobre la “esperanza”, afirmando que a pesar de las sombras que no podemos ignorar, no podemos dejar de caminar y seguir los caminos de la esperanza, “Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien”. El mejor ejemplo lo encontramos en tantos hermanos que en tiempos de pandemia entregan sus propias vidas al servicio de los enfermos. ¡No dejemos de mirar el amor en el corazón del hombre, no dejemos de soñar que en la tierra si es posible la fraternidad!...


 


Mérida, 22 de noviembre de 2020.






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