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Opinión



Las sombras del talento (1) por Alirio Pérez Lo Presti

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Alirio Pérez Lo Presti


Twitter: @perezlopresti)

 

Embelesado por la genialidad, que va a la par con la creatividad, no puedo dejar de impresionarme cada vez que tengo la posibilidad de contemplar lo que a todas luces se encuentra por encima de lo mediano. De ahí que las dimensiones creativas son generadoras de una admiración de mi parte que no se compara con ninguna otra forma de maravillar.

Lo creativo se agradece, por ser lo más excelso de lo humano, porque compete a todos los ámbitos de la cultura y porque genera un debate y una contraposición de puntos de vista que es consustancial con los enredos que con frecuencia tiende a provocar todo aquello que trata de vencer al tedio e imponerse por encima de lo mortuorio, lo insulso, lo empobrecedor y a la amarilla envidia.

La sensibilidad, encauzada en creatividad, es siempre la eterna morisqueta de quien se siente poseedor de ciertas condiciones que lo hace de sobremanera distinto al común de las personas. Ese atrevimiento tiene que ver con vanidad, sin la cual no existiría trascendencia humana posible. La materialización de lo trascendente suele ser un asunto de egos generosos y autoconfianza imprescindible, que, por el simple hecho de existir, pone en tela de juicio la existencia del otro y lo desenmascara, mostrando lo contrahecho de lo carencial. Ese desvelamiento hace que se conjuguen las más negativas fuerzas que se van alineando como dardos envenenados contra aquel que se aleje un tanto de las líneas de seguridad que las sociedades van creando para confinar al individuo y minimizar su posibilidad de ascender por sus virtudes.

En un juego de equilibrios de luz, no puede faltar lo noctámbulo de la vida, más cuando ésta trata de mostrarse en su versión más iluminada. Crece por carencia quien destruye lo talentoso, que precisamente por ser alto, jamás podrá acceder quien desde el alma de la chusma trata de compararse con quien necesariamente se proyectará más allá del tiempo. Es una condición tan fatua como repetitiva.

Escritores vilipendiados, poetas caricaturizados, músicos víctimas de los más afinados tipos de burla, pintores e ilustradores casi perseguidos por ser incomprendidos, científicos a los cuales se les mira con ensañamiento, políticos a los cuales se les desea que caigan en desgracia como si fuera el fin último de muchas personas, figuras públicas que pagan el precio del reconocimiento social con sangre y horrores, son solo algunos ejemplos de lo que le ocurre a quienes tienen el atrevimiento de exponerse ante el vulgo que nunca ha ido y venido en el curso de la historia, sino que siempre ha estado ahí, incólume, esperando con su espíritu carroñero el poder devorar los restos de cualquier cadáver al que consideren insepulto.





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