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Obsesiones borgeanas por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil O.


Una de las cuestiones que más inquietó a Borges fue lo referente a la noción del tiempo, ya que como cabe suponerse trae consigo aparejado un problema de orden filosófico (y hasta metafísico), que nos interpela a cada a instante desde nuestra propia finitud. Detrás del tiempo no hay otra razón que la certeza de la muerte, que como espada pende sobre nuestras cabezas a cada instante de nuestras vidas. Tal es el peso del “tiempo” en la propuesta borgeana, que cae en el terreno de la obsesión, ya que con obstinado empeño intenta deslastrarse de lo que lleva tatuado muy dentro de su ser, por la vía de la catarsis que posibilita todo texto con fines artísticos.

Pero esa no fue la única obsesión de nuestro personaje. La “rosa” entra en su obra como un elemento pluridimensional, porque no sólo expresa el ideal de belleza por alcanzar (desde lo sensorial y estético), sino que tiene además un peso metafísico, que va más allá de lo atávico para denotar sabiduría, trascendencia e inmortalidad (baste leer su pieza La rosa de Paracelso para sustentar lo aquí expresado). A la rosa dedica Borges poemas, cuentos y ensayos, y no deja de estar presente en sus cuitas y en algunas de sus hojas sueltas, lo que la eleva a la cima de un leitmotiv (y hasta de categoría), que nos impulsa a subrayarla a la hora del necesario análisis en torno a su obra.

Ni decir del tigre: una clara recurrencia del autor. Al igual que la rosa, está presente en toda su obra. Para Borges el tigre es el sumun de la belleza y de la perfección, y es para nuestro autor lo que la vaca y la mosca (son y representan) para Monterroso. Es más, el tigre configura para nuestro personaje un claro signo de fuerza, vigor, intrepidez, inteligencia y astucia; elementos que admira y de cierta forma anhela para sí mismo. De alguna manera exaltamos y admiramos aquello de lo que creemos carecer, y buscamos con su permanente referencia impregnarnos de su “halo” apetecible, luminoso, que confiera a nuestras vidas la soñada completitud. Si para Borges la rosa representa lo sutil, lo delicado y esa “alma femenina” que llevamos todos dentro, el tigre ciertamente es su antítesis. Ambos son, eso sí, la complementariedad para alcanzar la perfección “total” (¿utopía?).

Los espejos son para Borges, más que una obsesión, la eterna pesadilla, la fobia, el horror traducido en nuestro propio reflejo. “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”, dejó sentado, no sin sorna, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, uno de los textos narrativos más enigmáticos de su trayectoria. Los espejos podrían ser equiparados a los laberintos, que implican en él grandes tormentos y el atávico miedo a perdernos en la nada, en el vacío, en la oscuridad de los tiempos; en el sueño eterno.

 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com





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