Mérida, Octubre Domingo 17, 2021, 12:02 am

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Yo bajaré tranquilo al sepulcro por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Conmemoramos este 17 de diciembre los 190 años de la muerte del Libertador Simón Bolívar, y pareciera obsceno, pero a casi dos siglos de su partida, y a la luz de nuestra terrible realidad que nos coloca punteando los más ominosos rankings planetarios (pobreza, corrupción, delincuencia, emigración, inflación, exterminio, atraso), ese deseo, expresado en su Última Proclama (“Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”), lejos de cumplirse, su brecha entre nosotros se ha profundizado a límites insospechados. En lugar de felicidad nuestra población tiene como divisas el sufrimiento, el dolor, la tristeza profunda, la decepción y el desencanto. En lugar de cesar los partidos (que no se refería al hecho literal de que no hubiese partidos políticos, sino a las trincheras, a las posturas irreconciliables), aquí hay posiciones a ultranza, lo que lleva a diferentes bandos a negarse y reconocerse como interlocutores. En lugar de unión lo que vemos es división, intereses tribales (la gran corrupción desatada en torno de la crisis económica, hace que muchos estén sacando partido a ello, enriqueciéndose, por lo que no se mueve un dedo para buscarle una solución a una variable que hunde a la mayoría en un estado calamitoso y cruel).


190 años y pareciera que no aprendimos las lecciones que trae consigo el devenir histórico. El mesianismo, por ejemplo, presente entre nosotros desde los tiempos de la fundación, ha sido una variable nefasta, porque nos ha llevado a ensayar opciones que a la larga nos han traído quiebre y desarraigo; amén de atraso y pobreza. No se requiere de mucho esfuerzo para observar, con mediana lucidez, que en muchos en quienes pusimos la mirada para que resolvieran los problemas y nos condujeran por caminos de progreso y de felicidad a lo largo de nuestra historia, trajeron consigo un personalismo traducido en despotismo y en debacle. Comenzando por el propio Bolívar, hasta nuestros días, siempre hemos estado prestos a creer que una figura “todopoderosa” es la clave para todos nuestros males. No en vano este pensamiento cuasi-religioso, en torno de la política y de sus más conspicuos representantes, posibilitó entre nosotros la emersión de los denominados caudillos, quienes se arrogaron ser absolutamente esenciales en la conducción de nuestro destino, y que sin ellos todo se iría al tacho, lo cual ha sido, qué duda cabe, una suerte de chantaje socio-histórico que les rindió excelentes beneficios (todos terminaron sus días con gran poder y nadando en inmensas fortunas). Como en un viejo cartabón escolar, erigirse en escogidos por Dios para la conducción de la patria, ha sido el patrón utilizado por esos líderes, y la gente lo ha creído, o ha decidido creerles, lo que ha posibilitado que hicieran lo que les viniera en gana y torcieran el futuro del país. 



Lamentablemente, cuando creíamos que habíamos superado la oscura etapa caudillista, y que la democracia era un modelo sólido y blindado, emergió Chávez, quien fue llevado al poder por los factores más representativos de la sociedad, que luego al ver su talante y formas, y aterrados por la pifia cometida, creyeron poder revertir el error y fueron purgados con habilidad hasta desaparecer. Los grupos izquierdosos universitarios contribuyeron mucho con ese triunfo, y ya vemos cómo quedaron las instituciones después de 22 años de la nefasta experiencia (tierra arrasada). Exultantes figuras del país que hoy se dan golpes de pecho con una pretendida autoridad moral, pusieron su grano de arena a la génesis del estado calamitoso actual. Si no lo creen, vayan a la Web y busquen el Manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, publicado en dos grandes medios nacionales en febrero de 1989 (a raíz del ascenso al poder de Carlos Andrés Pérez por segunda vez), el cual, firmado por 911 intelectuales, artistas y académicos, es la más aberrante y obtusa expresión de cretinismo intelectual. Las loas expresadas al dictador Castro en ese libelo, en ese panfleto, en ese papelucho, son dignas de una antología de la mendicidad intelectual en nuestros predios culturales y académicos. Los invito a que lo lean, y fíjense muy bien en quiénes lo avalaron, y será entonces cuando logren entender parte de la tragedia que vivimos: sus causas y consecuencias. Varios de aquellos firmantes ya partieron al otro mundo, otros están entre nosotros dándose golpes de pecho y pontificando porque saben que la memoria es laxa, y una buena porción está en el extranjero, quejándose. Esto escribieron: “Nosotros…, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina.” 



Por cierto, muchos de aquellos firmantes hoy hablan de la dignidad del pueblo venezolano.


Definitivamente, no hemos dejado que el Libertador baje tranquilo al sepulcro.




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