Mérida, Octubre Jueves 21, 2021, 05:07 am

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La paradoja del confinamiento por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas



Desde que el Jardín de Edén perdió su encanto divino, a decir del antiguo mito judío, nació el trabajo Pero no como actividad destinada a enaltecer la voluntad humana en tanto que valor capaz de potenciar al individuo por encima de las dificultades que lo han esclavizado ante el tiempo y espacio. Entonces surgió el trabajo como castigo. Todo, a consecuencia del infortunado incidente con la manzana ofrecida por el reptil e ingenuamente aceptada.


 


En adelante, el trabajo no tuvo la bienvenida que debió merecerse. De hecho, en un principio, la etimología romana cuestionó su sentido. Tanto, que fustigó su acepción originaria ripostándole el ingrato apelativo de “pena”. Quizás, fue razón para remunerar el trabajo a manera de compensar el esfuerzo por tan “apesadumbrada” tarea. 


 


La pandemia pareciera haber desnudado tan contrariada acusación que la historia, finalmente determinó como fundamental para el crecimiento y desarrollo de las naciones. Aunque entre sus acepciones, pueda lucir alguna que todavía se aferre a calificativos que en tiempos antiguos refutaron su alcance. Posiblemente, apremiadas por aquella economía incipiente bajo la cual se categorizaron actividades que tenían asidero en el esfuerzo humano por obtener un beneficio a cambio. 


 


En la actualidad, la economía habla de “escasez” como condición que roza con el concepto de “insuficiencia”. Su manejo dialéctico se pasea por parajes cercanos a los que envuelve el significado de “ocio” en un sentido no más peyorativo que vejatorio. Sin embargo, en el discurso bajo el cual la economía suele ajustar  sus consideraciones asumidas desde la perspectiva del desarrollo que a su área cognitiva compete, le resulta algo cómodo encasillar la “holgazanería” como palabra que roza con la acepción -algo maltrecha- de “ocio”. 


 


Es el contexto donde cabe la idea que persigue la presente disertación. Lo arriba señalado, un poco a manera de preámbulo al tema en curso, da pie para referir uno de los problemas encausados por la irrupción del Corona-Virus o Covid-19. La incidencia del aludido virus, no solamente acució una perversa crisis de salud que, desgraciadamente, socavó capacidades y zanjó vidas humanas. De paso, terminó reforzando otra grave crisis. La crisis económica que resultó sumada a la que venía padeciéndose: la crisis política. Fue una cadena de crisis que desmoronaron fuerzas, capacidades y proyectos. 


 


La pandemia, según opinión de epidemiólogos, incitó el hecho de establecer la “cuarentena” como medida viable de prevención ante la emergencia dada. La misma, asumida como decisión algo “temerosa” obvió otras medidas aplicadas como razones preventivas de objetiva razón. Incluso, menos traumáticas. Sólo que la susodicha “cuarentena”, se vio tergiversada en su concepción médico-sanitaria. De manera que alejada de ésta, se convirtió en tentadora oportunidad para convertirse en descomunal causa de flojera laboral. Actitud ésta que se confundió con estiradas vacaciones en virtud de la situación que incitó al tornarse como un tiempo de grosero recreo. Como un tiempo para denigrar del sentido del trabajo entendido como “el alimento de las almas nobles” (Séneca). 


 


Además, la privación de libertad que la referida “cuarentena” marcó, derivó en alteraciones de carácter. Tales como estrés, molestia, estado de rabia, angustia, depresión, fobias, rechazo a la soledad, impaciencia, intolerancia. Especialmente, en personas que venían inconformes o que se sienten al borde de la resistencia respecto del estado de la economía. O ante la crisis política y social antes padecida. O porque su extensión en el tiempo, brinda razones para pensar que se vive en una incómoda sensación de irrealidad. O que el tiempo se paraliza. Que hay improvisación en la gestión de gobierno. Más, si la incertidumbre arrecia por el efecto que produce la rotura de la rutina cotidiana. 


 


¿Cómo se explica esto en el caso Venezuela?


 


Esta situación, en Venezuela, coincidió con la intención del régimen político de mantener encerrada a la población mientras buscaba algún arreglo atenuante a las carencias acumuladas que, su ineptitud o ignorancia, generaron. Y de las cuales, sin duda alguna, se valió para mantener encerrada la población suprimiéndola de libertades y derechos fundamentales. Asimismo, la coyuntura se prestó para intensificar la represión, la persecución y la intimidación implantada como recurso gubernativo contra factores, razones, instituciones, organizaciones e individuos que han resultado incómodos a las intenciones de continuar apertrechándose desde el poder. Las elecciones del 6-D, es fehaciente demostración del carácter represivo del régimen.


 


Estas circunstancias han resultado convenientes al régimen. Se permitió resolver la ecuación (de primer grado) que la pandemia le asignó a modo de obligada tarea. Sin embargo, a pesar de tomarse el tiempo suficiente que exigió la susodicha asignación, tratándose de una operación político-matemática elemental, no pudo. Mientras tanto, el confinamiento continuó animando un ambiente de improductividad. Causando más miseria, malestares, acusaciones y protestas. EL año 2020, se consumió sin que pudiera aprovecharse para algo distinto del forjado encerramiento.


 


Las realidades se volvieron más exigentes toda vez que el régimen se vio constreñido ante oportunidades que presumieron de fácil manejo. Pero no fue así. Todo lo contrario. Las realidades comenzaron a minar su línea de tierra. Tanto ha sido tal situación, que recorridos casi 10 meses de aislamiento forzado por el confinamiento ordenado, la situación política, social y económica devino en una constricción que determinó un escamoteo de los recursos que sirvieron el régimen para arrogarse de lo que presumía. Por supuesto, sin darse cuenta que sólo dejaba ver todo lo que carece en su condición de Estado-Nación. Nada más y nada menos que las capacidades para ordenar y articular la funcionalidad del país en cuanto a servicios públicos. Lo cual no fue consecuencia alguna de las sanciones impuestas por el gobierno norteamericano. Sino de su misma indolencia y apatía. Incluso, de su obstinación.


 


Tan patéticos hechos, permitieron a la población insumirse en un estado de inculturación fraguado en un ambiente de contravalores y resentimientos que dieron al traste esfuerzos de insignes venezolanos que dieron sus vidas por el desarrollo del país en todas sus manifestaciones. Sin embargo, el cuadro que trajo la incidencia de la pandemia con su confinamiento, al mejor estilo fascista, facilitó que la contingencia permitiera que la sociedad se desbocara en su obtuso afán por hacerse de una vida fácil. Sin las exigencias de un trabajo arduo y mantenido. Casi un mero devenir sin mayor significado de lo que implica la valentía, la abnegación y el estudio. Aunque no escatimó esfuerzo alguno, para procurar continuar en el poder mediante cuestionadas y forjadas elecciones legislativas.


 


En consecuencia, el confinamiento impulsó una especie de descarrilamiento o disgregación social aupada por anfitriones de la ociosidad en contra de opciones sugeridas por sensatos y dispuestos dirigentes del pensamiento positivo. 


 


Toda la situación vivida en el curso de la pandemia iniciada hace 10 meses, habrá dejado una huella emocional, social, económica y política que permitirá revelar los enredos y cambios que consiguen explicarse en lo que es la paradoja del confinamiento.






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