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Más sobre supuestos plagios por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Los linderos entre lo inaceptable desde lo ético, con lo posible, son tan sutiles a partir de la práctica académica y artística, que fácilmente se cae en la vulneración de la propiedad intelectual de los otros. Como profesor y escritor he sido testigo de casos inverosímiles, y en cada circunstancia he visto cómo la libertad que se toman muchos para reproducir las obras de los otros, resulta tan inaudita e impúdica, que me he preguntado si hay de verdad una acción deliberada por parte de quien la acomete, o una ignorancia supina. Recuerdo que en mis comienzos como articulista de la prensa regional, me topé en las mismas páginas del diario con una columna que me dejaba con tal arrobo por su perfección, que me interesé por el autor. No tardé mucho tiempo en saber de él por la vía de uno de mis alumnos,quien era su vecino. Una tarde conversando con mi discípulo le hice el comentario acerca de mi admiración por el autor de aquellos espléndidos artículos, y noté de inmediato en su rostro una sonrisa irónica, que me puso en alerta. Me enteré que aquel “magnífico escritor” tomaba textualmente sus artículos de los tomos de una enciclopedia, y no lo hacía a escondidas, como quien comete un dislate, sino delante de mi alumno, y se vanagloriaba de aquello. Es más, en algunas oportunidades le pidió que lo ayudara en la transcripción, porque el tiempo le apremiaba. Indignado le comenté a mi alumno que aquello era un burdo plagio, que eso no tenía ningún mérito intelectual, y que se lo hiciera saber a su vecino. Efectivamente, así lo hizo, y la respuesta del otro me dejó consternado: “soy un transmisor de cultura”.


Recuerdo otro caso que podría ilustrar lo que deseo expresar. Gracias a mis artículos de la prensa he conocido a muchas personas, que por lo general se acercan a mí con respeto y admiración. Una lectora, que se hacía llamar mi “amiga internauta” me asediaba en mi correo electrónico con mensajes de admiración por mis textos. En la oportunidad de la presentación de uno de mis libros en la Feria Internacional del Libro Universitario de la ULA, se acercó una mujer de edad madura, risueña y afable hasta el grupo de personas con quienes conversaba, y sin preámbulo alguno me dijo: “soy tu amiga internauta”. De inmediato nos pusimos a conversar, le presenté a mi familia, intercambiamos números de teléfonos, y a partir de entonces la relación virtual se estrechó. Un buen día me envió a mi bandeja de correo una imagen de un recorte de un periódico regional. Al leer su contenido me puse en guardia. Fui hasta mis archivos y encontré el texto: se trataba de la transcripción completa de uno de mis artículos, pero firmado por ella. Indignado la llamé a su celular y la increpé. Su respuesta me dejó de una sola pieza: “me gustan tanto tus artículos que me he dado a la tarea de difundirlos. No entiendo tu molestia, porque deberías agradecerme que los utilice como si fueran míos”.

La noción de plagio (y de delito) al parecer está ausente en muchos de quienes lo realizan, y otros tantos actúan desde el desconocimiento absoluto de las más elementales normas de autoría. Como tutor de trabajos de maestría y de tesis doctorales he tenido que dedicarme con paciencia a explicarles a algunos de mis tutorados, cómo deben citarse los textos para no caer en plagio. Por fortuna, nunca tuve incidentes en esta delicada tarea, pero un eximio colega, quien fuera mi profesor en el doctorado, tal vez por exceso de confianza en su alumno, por cansancio y fatiga, o por estar exento de la necesaria malicia, le dio el visto bueno con su firma a una tesis doctoral, la cual resultó ser el producto de una indiscriminada trascripción de textos ajenos sin las debidas referencias bibliográficas. El escándalo fue mayúsculo, y en los pasillos se denostaba de mi amigo al no haberse dado cuenta, debido a su experticia, del plagio en ciernes. Por supuesto, la solvencia académica de mi colega fue puesta en duda, no se le invitó a dictar seminarios, y su nombre se fue desdibujando lastimosamente del panorama universitario.

Hace años, cuando mis hijas estaban pequeñas, en el colegio en el que estudiaban nos obligaron a mi esposa y a mí a tomar un curso de formación para padres (como si fuera tan fácil enseñarlo). El día que culminaba nos pusieron un documental para cine foro hecho en México, y mi sorpresa fue mayúscula al corroborar que la historia que se contaba, con todos sus detalles, se correspondía a uno de mis cuentos publicados años atrás. Ansioso e inocente aguardaba por los créditos, y ni remotamente apareció mi nombre o la referencia a mi libro con el inefable “tomado de…”. Hablé con el profesor y me conminó a consultarlo con un abogado experto en el área. Lo hice, y su respuesta fue categórica: “Ricardo, tendrás que contratar a un bufete internacional: si ganas la querella te forrarás en billetes, pero si la pierdes, como es lo más seguro al tratarse de una poderosa empresa, quedarás para pedir limosna. Traga saliva y sigue adelante”.

Supondrán lo que hice.

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