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“Vivir es cambiar” por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas



Ningún día es exactamente igual al anterior. Asimismo, sucede con el pensamiento. O con el modo de degustar la vida. Incluso, con la forma de apreciar y de entender la dinámica sobre la cual el mundo traza sus realidades. Todo en la vida, es objeto de sucesivos cambios que renuevan formas y sentidos. De transformaciones que mutan desde características, hasta comportamientos o procesos de relación. 


 


Es decir, todo cambia por condición natural. Por consiguiente, debe reconocerse que lo más permanente y constante que ocurre alrededor del ser humano, es el cambio. De no ser así, la vida fuese como una especie de esfera hueca suspendida en un etéreo contexto donde sólo tendría cabida la muerte.


 


El cambio es lo más controvertido que existe. Por consiguiente, el cambio se da en el hombre con la intención de modificar las estructuras de la cual depende su vida. Cambia la organización a la cual adscribe su movilidad profesional o sus capacidades. Así como la disposición política que subsume su integración con la sociedad y el Estado. Cambia la configuración social a la que suscribe sus ideales y proyectos de vida. Cambian los mecanismos de la economía a la que se suma, toda vez que en ellos decanta sus finanzas. Cambia la energía que moviliza su capacidad física y virtudes.


 


En fin, el cambio es la vida misma. O igual cabe decir, que la vida es un cambio en proceso de realización. En otras palabras, vivir es cambiar. O sea, se vive para cambiar y se cambia para vivir. Nadie escapa de los cambios que ocurren en la persona o dentro de ella. Sean físicos, espirituales o emocionales. O en cuanto a la manera de presentarse.


 


Sin embargo, según opinión del escritor, poeta y pensador norteamericano,  Henry David Thoreau, “las cosas no cambian, cambiamos nosotros”. Al destacar la importancia del hombre como razón de movilización social, con esa frase, Thoreau confirmaba el cambio como condición sine qua non de las circunstancias.


 


Esto último hace ver que el cambio no sólo está determinado por las realidades circundantes. El individuo hace que se produzca el cambio. Bien en su provecho, o mal en su perjuicio. Sólo así puede cambiar lo que es capaz de llevar adelante al modificar la inercia en su arrastre de las situaciones que, en su medio, se suscitan. 


 


Por  consiguiente, no cabe duda alguna en considerar el cambio un hecho político toda vez que su realización es acuciada por el hombre en su accionamiento en el fragor de los intereses y necesidades que lo movilicen en cualquier plano de la vida.


 


Todo cambia para que el entorno y el contorno sufran alteraciones de forma y fondo. O quizás, es posible admitir que todo cambia por el afán de que todo siga tal como está trazado a instancia  de la vida misma.


 


El cambio está en todo


 


Esta discusión no termina porque se tenga una u otra óptica de lo que indican las realidades o porque se opine en la dirección de que el mundo se subordina a una inflexible normativa a la cual se acoplan los cambios. 


 


No obstante, es inadmisible dejar de reconocer que la vida cambia su dinámica tantas veces como infinitas oportunidades puedan darse en sus contextos. Es obvio asentir que el cambio está presente en todo ya que es un hecho inexorable. Pudiera decirse también que es ley de vida.


 


El escritor argentino, Ernesto Sábato, fue absolutamente asertivo cuando expresó que “nada de lo que fue, vuelve a ser. Y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día”. Es así que cada día se confirma que lo único que no admite variación, es el cambio puesto que su carácter inmutable lo hace permanente en el tiempo. Es decir, siempre está ocurriendo. Ineludiblemente, debe concluirse que “vivir es cambiar”






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