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La cultura basura por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


El quiebre de la modernidad, ocurrido a decir de algunos a partir de la llegada del hombre a la Luna, o para otros con la caída del muro de Berlín, o tal vez mucho después con el derrumbe de la Torres Gemelas de Nueva York, trajo consigo el desmoronamiento paradigmático, en cuanto a la manera de ver y de entender el mundo. Ese hecho, cuya exactitud como se ve no tiene unas coordenadas exactas, ha derivado en una suerte de remezón traducida en la pérdida de referentes filosóficos y fácticos, que hace de nuestra sociedad una suerte de barco a la deriva. Una de las más notorias pérdidas ha sido, sin duda, la desilusión frente al futuro, o para decirlo con otras palabras: la pérdida de la llamada utopía del futuro. Si bien entendemos como utopía desde Tomás Moro, un ideal de gobierno y de sociedad, cuyas características fundamentales serían la perfección y la justicia, vemos con estupefacción que hemos sustituido esos valores e ideales por un “algo” deleznable que muchos denominan como la cultura basura.

El hombre y la mujer de finales del siglo XIX y comienzos de XX creían que los tiempos por venir serían de un progreso infinito, de un avance indetenible hacia un mundo idílico, en el que todo sería posible. Se llegó incluso a vaticinar una sociedad perfecta, en la que los humanos nos moveríamos sobre un tablero de principios universales que harían posible el Edén prometido. Lastimosamente, pronto llegaría el desencanto, la Primera Guerra Mundial iniciada el 28 de julio de 1914 echó por tierra la utopía, transformándose todo aquel sueño paradisíaco en una cruel y dura realidad que trajo consigo sufrimiento y muerte por doquier. Una vez concluida esta espantosa experiencia, la humanidad quedó herida, reticente frente al futuro; no obstante, poco a poco se fue consolidando de nuevo la vieja utopía, y se pensó que aquella espantosa experiencia había sido apenas un paréntesis en el camino trazado por una humanidad ansiosa de patentizar sueños, de enarbolar la bandera del progreso sin fin, que llevaría a todos a un estadio superior de felicidad, jamás sospechado. Un cuarto de siglo después se desata ante la mirada perpleja de los utopistas una segunda conflagración, que lleva a un buen número de naciones a invertir cuantiosas sumas de dinero en armamento, así como ingentes números de tropas, trayendo todo ello la pérdida de no menos de 50 millones de personas, campos de concentración, horror y destrucción. Muchos países de Europa quedan devastados y en la más penosa ruina material y moral. Otra vuelta de tuerca para redimensionar la utopía, para cambiar de referentes ontológicos y fácticos, para poner metas y reconstruir la esperanza perdida. Si bien desde 1945 hasta el día de hoy no se han repetido tan pérfidas experiencias a escala planetaria, no podríamos decir que la humanidad haya estado en paz, ya que desde entonces decenas de guerras, tensiones nucleares, Guerra Fría y desavenencias entre las potencias han puesto en riesgo el equilibrio mundial. Esto sin contar con el grave deterioro suscitado en el medio ambiente, que ha llevado al planeta a verdaderos riesgos de desequilibrio y a la pérdida de la biosfera.

Ahora bien, la Razón Ilustrada, que creyó en un mundo perfectamente articulado por la ciencia y la técnica (sus más caros productos), no pudo dar respuestas a muchas circunstancias globales. La pérdida de la esperanza frente al futuro, la muerte de Dios, la emersión de una sociedad secularizada por el descrédito de las grandes religiones, la globalización, la revolución informática, y el quiebre de la ética, entre otros importantes factores, han dado un giro de 180 grados a nuestra civilización, que se debate, ya no en utopías, sino en medio de la más penosa banalización cultural y el más absoluto extravío de norte en la vida de todos.

Nuestro mundo se ha convertido en un cascarón, que dice muy poco en medio de un vacío existencial que empuja, sobre todo a las nuevas generaciones, a asumir una “cultura de masas”, que podría llamarse también una cultura basura, y así intentar llenar las carencias de nuestras vidas. La vulgarización, la estupidez como prototipo, la estulticia del pensamiento desde las redes sociales, hacen de nuestra realidad un penoso simulacro. Las personas hemos dejado de vivir, de disfrutar la existencia desde todas sus aristas, para hundirnos en la cultura de lo digital, que de alguna manera sustituye a la vida verdadera, pero que nos lleva a la alienación, al consumo de chatarra, a aplaudir la mediocridad, cuando la verdad es que hemos caído muy bajo y nos autoengañamos hasta el punto de asumir todo lo que se nos entrega (comida, información, arte y cultura) sin criterio alguno. La pérdida de referentes es atroz y hace de las nuevas generaciones auténticos zombis. Nuestros niños y jóvenes reciben pornografía en lugar de amor, ruido en lugar de música, bestsellers en lugar de literatura, consignas en lugar de ideas, y los padres y maestros, perdidos como están en medio de una verdadera debacle ética, han perdido la noción de su tarea frente al futuro.

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