Mérida, Octubre Sábado 16, 2021, 10:34 pm

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El papel lo aguanta todo por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Vi recientemente una entrevista traducida que se le hizo al famoso Vinton Gray Cerf, uno de los padres de la Internet, junto a Robert Kahn. El personaje en cuestión es un hombre de edad avanzada (setenta y ocho años), al que acompaña una sencillez poco usual en las luminarias, y un inusitado afán por hacerse entender, lo que denota una didáctica producto de su larga experiencia como docente en una importante universidad norteamericana. Resulta interesante escucharlo, ya que es (ni más ni menos) historia viva, y porque sus gratas explicaciones nos llevan sin sobresaltos por el fascinante mundo de la denominada era de la revolución digital.


Avanzado el programa, la entrevistadora le hizo una pregunta relacionada con la preocupación que se tiene en el mundo con respecto al tema del almacenamiento de información, que debería asegurar el resguardo de la memoria histórica de la humanidad, cuestión si se quiere crucial para el futuro y, por ende, para las próximas generaciones. En este sentido, le preguntó si tienen prevista una solución definitiva a tal escollo, debido a los innumerables problemas de orden tecnológico que se presentan, muchos de los cuales traen consigo el riesgo de la pérdida de lo almacenado en los dispositivos electrónicos. Para mi sorpresa, la preocupación esbozada por la entrevistadora, que es en sí la que tenemos todos quienes hacemos uso de la palabra, tampoco es ajena al cocreador de Internet, quien no pudo esbozar algo que fuese más allá de lo que ya sabemos: la realización de copias de respaldo que permitan el resguardo de la información para cuando se presenten los problemas. Por supuesto, saltó de inmediato la denominada “nube”, que si bien es una buena alternativa para almacenar información y no saturar a los dispositivos (discos duros, móviles, pendrives, etcétera), así como para acceder con relativa facilidad a los datos, pues tampoco es el Arca de Noé, y a la hora de alguna catástrofe universal no está exenta de desaparecer, ya que depende en su totalidad de la Internet y de todos sus recursos. Como se verá: un círculo vicioso.




No es la primera vez que me acerco a este acuciante tema, y para mi sorpresa mis interrogantes y angustias al respecto son las de muchos en el mundo. La era digital ha sido un salto cualitativo fundamental de nuestros tiempos, equiparable a la puesta de astronautas en la Luna, y gracias a sus enormes portentos hemos podido sortear en casa las vicisitudes sobrevenidas por la nefasta pandemia china. Sin embargo, provengo de una generación que apostó todo al papel y al impreso, no en vano me siento representante de la era Gutenberg, y como tal no me resigno a la pérdida del libro impreso como referente cultural y civilizatorio.


 
En el 91 me hice alumno de una empresa computacional, y aprendí los rudimentos necesarios que me permitieran escribir mi primer trabajo de ascenso para la universidad en un PC, y lo logré después de sudar como los buenos. A partir de entonces dejé arrumada mi máquina de escribir portátil y me inserté con fuerza en un mundo que anunciaba grandes cambios. No obstante, tal portento trajo además sus bemoles. He contado acá en varias oportunidades que hace ya muchos años perdí un libro en los intersticios del disco duro de mi computadora, y no satisfecho con tal pérdida continué apostando a la tecnología. Por supuesto, no me arrepiento, tal actividad abrió nuevos surcos en mi cerebro y me permitió expandir mi obra literaria y mis colaboraciones en la prensa a un ritmo trepidante. Ahora bien, la tecnología cae rápidamente en la obsolescencia y los dispositivos muy pronto dejan de funcionar con eficacia, se quedan completamente inactivos y no hay fuerza humana que los pueda rescatar. Perdí la cuenta de la ruma de diskettes, de discos compactos y de discos duros internos y externos que nunca más pude abrir, y eso sin contar con la tragedia personal que implica el que los nuevos equipos tecnológicos vayan desincorporando a velocidad trepidante las unidades que permitan su lectura, y terminas por sentirte estafado y burlado en tu buena fe tecnológica.



En lo personal continúo apostando a la era impresa: me gusta leer libros en papel (para mí son insustituibles), me cansan menos la vista y siento que disfruto más el proceso de la lectura. Sin embargo, esto no implica que no me haya dejado atrapar por las maravillas de la era digital. Debo reconocer que le dedico menos horas a la lectura que antes y veo videos, entrevistas y programas que ofrecen las redes, y cuando me doy cuenta han pasado las horas en un abrir y cerrar de ojos.


 
A pesar de los portentos de la tecnociencia, no me fio del resguardo de la memoria histórica de la humanidad solo en soportes electrónicos, porque se corre un elevado riesgo de perderse lo alcanzado. Si Vinton Gray Cerf aún no tiene respuesta a este inmenso escollo, menos la tendré yo, pero considero que, como dice el viejo adagio, el papel lo aguanta todo. Si no me lo creen, piensen en los incunables. Como buen tecnólogo, la luminaria no mencionó el formato impreso; más le valdría sincerarse y considerarlo.


 
@GilOtaiza



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