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Uno grande entre los grandes por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Según el Diccionario de la Lengua Española ‘beato’ viene del latín beatus y quiere decir “feliz o bienaventurado”. Este 30 de abril será beatificado por la iglesia Católica el Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, luego de un largo proceso iniciado en 1949 y que finaliza parcialmente en esta fecha, ya que luego vendrá la espera mayor: el momento de la canonización. Sin embargo, hay que decirlo, el pueblo, el ciudadano común desde hacía décadas lo había elevado a los altares con consentimiento o no del Vaticano. Recuerdo que en mi casa era mi madre la más fiel seguidora de los preceptos religiosos, y en cada habitación de la casa tenía un altar a modo de rinconera y en estos pequeños muebles tenía a los santos de su devoción, que no se repetían, a excepción hecha de las imágenes de la Virgen María en sus distintas advocaciones, del Sagrado Corazón de Jesús y del Dr. José Gregorio Hernández. Jamás noté en mi madre que sintiera recelo o remordimiento, o que contravenía a su iglesia al poner al médico trujillano en lo más elevado de sus creencias; todo lo contrario: estaba agradecida con él por los favores recibidos y no había un año en el que no viajáramos a Isnotú a pagar promesas para después llegar a casa cargados de imágenes, estampas y novenas, que se las obsequiábamos a los familiares como recuerdos de la visita.


Como se podrá observar, la figura del llamado “médico de los pobres” (cuestión que rebato, ya que él jamás discriminó en prestar sus servicios y se entregó a su magisterio sin mirar clase social), está tatuada en mi ser. Tan es así, que en mi biblioteca, que es para mí uno de los más importantes sitios de nuestra casa, su figura gallarda la preside y me mira desde lo alto de uno de los anaqueles, por lo cual es testigo de mis pensamientos convertidos en reflexión, en escritura y en obra. Por cierto, en dicha imagen aparece como quiso que las generaciones siguientes lo recordáramos, al posar en un estudio fotográfico en la ciudad de Nueva York en 1917 (dos años antes de su muerte): vestido con elegancia de negro (traje, chaleco, corbata y pañuelo blanco), sombrero, las manos unidas a la espalda y el pie izquierdo adelantado buscando el necesario equilibrio corporal. Ya para entonces el desasosiego lo atenazaba, se sentía enfermo (y de hecho lo estaba: sufría de una pleuresía seca unilateral) y decepcionado al no haber podido hacer vida monástica. Su estado anímico era tan contundente, que en carta enviada a su amigo, el también doctor Santos Aníbal Dominici, y a propósito de la citada fotografía, le expresa: “Ya verás cómo la vejez camina a pasos rápidos hacia mí, pero me consuelo pensando que más allá se encuentra la dulce muerte tan deseada”. Años antes (en 1914) le envía una carta a su hermano César y en ella deja traslucir sus más oscuros temores: “…mi enfermedad es una cosa más bien crónica, prolongada, y, si no fuera porque trastoca todos mis proyectos, yo más bien estaría contento, porque siempre he deseado la muerte que nos libra de tantos males y nos pone seguros en el cielo”.



Al Dr. José Gregorio Hernández se le conoce en Venezuela, en el resto de América Latina, e incluso en las islas Canarias, fundamentalmente por su halo de santidad. Sin embargo, su universalidad le viene además por su espíritu inquieto e indagador, que lo llevó a revolucionar en el país las ciencias médicas (que estaban para entonces en las cavernas), en transformar la enseñanza de la medicina en la Universidad Central de Venezuela, en hablar con perfección más de media docena de lenguas, en tocar el piano, en pintar óleos, en publicar reflexiones filosóficas, de su ciencia y de las artes. Muy joven tuvo la oportunidad, gracias a una subvención otorgada por el gobierno de Juan Pablo Rojas Paúl, en realizar estudios en importantes centros médicos europeos (París y Berlín) y luego regresar a su tierra a poner en práctica lo aprendido, y otorgarle a la ciencia el lugar necesario para la transformación de un país diezmado por la ignorancia y la enfermedad.





A pesar de su santidad (reconocida en vida por muchos pacientes y familiares de éstos, e incluso colegas), y que decidiera desde muy joven guardar el celibato, no fue para nada un hombre gris, pusilánime o apocado. Gustaba de la buena sazón, disfrutaba de una grata velada, bailaba muy bien, vestía a la moda y con elegancia (gracias a que desde muy joven, y para ayudarse económicamente, aprendió el oficio de la sastrería, por lo cual elaboraba sus propios trajes), se teñía de negro el cabello y el bigote, e incluso fumó en sus años finales. Su carácter era afable y horizontal, aunque contundente en cuestión de principios, valores y defensa de sus ideales y posturas científicas, lo que lo llevó a entablar discusiones con algunos de sus contemporáneos, de manera particular con el doctor Luis Razetti, quien defendía el criterio evolucionista en contraposición al creacionismo del que era partidario nuestro personaje.



Si bien la elevación a la condición de beato revaloriza a la figura del Dr. José Gregorio Hernández, es su impronta de hombre pluridimensional la que más me atrae de él. Sin duda, uno grande entre los grandes de la humanidad.



@GilOtaiza



@ricardogilotaiza


rigilo99@gmail.com





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