Mérida, Octubre Domingo 17, 2021, 12:02 am

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Las librerías, rara avis por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Me hice vicioso de la lectura a comienzos de mi veintena, residía para entonces en la ciudad de San Cristóbal, y puedo afirmar, sin temor a exagerar, que los libros cambiaron mi vida. Desde aquella prehistoria me veo visitando librerías, revisando durante horas los mesones, así como comprando libros por catálogo (el inefable Círculo de lectores) y a vendedores callejeros. Estoy hablando de mediados de los años ochenta del siglo pasado. Desde aquellos tiempos comencé a hacer mi biblioteca personal, y aún hoy atesoro aquellos primeros ejemplares comprados con inmensa emoción y gran esfuerzo personal. He sido tan vicioso en este aspecto libresco, que llegué a firmar giros y a dar pagos adelantados a completos desconocidos, con la esperanza de que me llegaran a la casa colecciones enteras de ejemplares. Por fortuna, jamás me timaron (hoy no fuera la misma historia), y en este sentido fui si se quiere osado al extremo, porque arriesgando ingentes cantidades (que hoy lucen ridículas) pude tener libros que a la luz de nuestros días son imposibles de hallar.


A finales de 1986 retorné a Mérida y continué con el mismo ritmo de voracidad libresca. No me conformaba con comprar un ejemplar, sino que como aquellos grandes viciosos de las drogas (mi padre adquiría los cartones de cigarrillos y los guardaba por si acaso llegaban a escasear) metía cinco o seis ejemplares en el carrito, para no correr el innecesario riesgo de quedarme sin lecturas. Para entonces mi disciplina lectora era monástica, y jamás abandonaba a comienzos o a medio camino una obra, como lo puedo hacer ahora sin mayores remordimientos cuando el libro que tengo en las manos no termina de atraparme. Eso supuso, como podrán imaginarse, que leí de todo de manera indiscriminada y me interné a ritmo trepidante en los vericuetos de la literatura nacional y universal. Puedo afirmar sin recelos, y por ello me entra un fresquito (habida cuenta de la presente crisis), que de aquellos tiempos son mis mejores lecturas.




Periódica e inglesa 
Mis obligaciones en la universidad me impedían seguir turisteando en las librerías, razón por la que tomé como regla inalterable, que los sábados serían mis recorridos literarios. A comienzos, los hacía los sábados por la mañana, pero eran tantas las personas que estaban en lo mismo, lo que me impedía revisar con tranquilidad y a mi antojo los mesones y los estantes, que me cambié para el horario vespertino, al corroborar que la afluencia de ávidos lectores tendía a ser menor. En la medida en que mi presencia en las librerías se hacía periódica e inglesa, los libreros se fueron haciendo mis amigos, y el proceso de búsqueda de ejemplares mejoró ostensiblemente, porque cuando no hallaba los libros que estaba buscando, les pedía el favor que me los trajeran, cuestión que cumplían a rajatabla, y eso bajaba mis niveles de ansiedad, ya que tenía la seguridad de que en cuestión de pocos días tendría los ejemplares anhelados. No obstante, a pesar de tal certeza, era tal mi urgencia y premura, que muchas veces me vi llamando a librerías de otras ciudades del país, y con las cuales terminaba cerrando trato y a los dos o tres días tenía los libros en casa a través de las empresas privadas de correos. Cuando la crisis se fue acentuando y comenzaron a escasear las novedades, me di a la tarea de comprar libros por Internet a casas argentinas, mexicanas, norteamericanas o españolas (echando mano de “muchoslibros.com”), y con la tarjeta de crédito pude importar decenas de novedades, lo cual me permitió estar al día y así poder reseñar en la prensa nacional las obras del momento. Tal voracidad hoy me asombra.


 


Se marcharon  
Pero como decía mi padre, nada es para siempre (ese boom duró relativamente poco), y nos estalló en la cara la hiperinflación. Las casas editoriales trasnacionales se marcharon, las nacionales quebraron y llegó el ocaso de las librerías. Si bien mis visitas sabatinas a las librerías locales continuaron (y a las de otras ciudades en mis permanentes viajes), era evidente que la merma del fondo bibliográfico avizoraba lo peor. Mérida no tenía muchas librerías, pero con las existentes los lectores pertinaces nos dábamos grandes banquetes. En un parpadear cerraron sus puertas dos casas icónicas: Librería Selecta y La ballena blanca. Subsisten (lo digo adrede) las librerías Temas, Nexos, Alejandría y La rama dorada.


 
Este viernes en la mañana visité la Temas, de mis buenos amigos Eduardo Castro y Arinda Éngelke. Como siempre, y por ser un gran librero, a él lo hallé impertérrito, solo en su establecimiento, recibiendo el aguacero, esperanzado en un cambio que haga renacer un mercado editorial extinto, huérfano de dolientes. Me asombró el hecho de que todavía hagan gala de un extraordinario fondo bibliográfico, exento, por supuesto, de novedades, pero en el que hallé auténticas joyas, grandes clásicos, enciclopedias y los infaltable libros leídos, que nos acercan más a una realidad que ha hecho trizas nuestros ingresos. Como siempre, salí de allí con un tomazo: El ser y la nada de Jean-Paul Sartre, en edición pasta dura de Altaya (1993). Enhorabuena por esta librería, que es ya una institución.

@GilOtaiza

rigilo99@gmail.com





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