Mérida, Octubre Jueves 21, 2021, 04:27 am

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El complejo mundo del libro por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


De vez en cuando regreso a mis autores favoritos, lo que me permite afianzar lo trajinado en mis años de febril actividad lectora, cuando sentía que todo giraba en torno de la literatura y de los libros; que la vida tenía sentido si se miraba a través de los inefables cristales de lo libresco. Hoy sigo siendo un buen lector, diría que muy por encima de la media, pero más sosegado, sin los afanes de querer tener todos los libros y de leerlos de inmediato así me quede sin dormir (aunque a veces me sorprenda la madrugada con un libro en las manos). Hoy leo sin apremios de ninguna índole, aunque trabajo tenga a montón (creo que más que antes), solo que la madurez nos regala una suerte de ritmo que no contradice el ritmo vital. Es más, están de la mano, lo que produce un extraordinario efecto que va más allá del mero disfrute de la obra, para internarse por los senderos de lo espiritual y hasta de lo metafísico. Si con una obra no tocas mundos imposibles, entre ellos el paraíso, pues sencillamente no te está alcanzando y vano e inservible es el proceso y el tiempo invertido.

Si de algo me ha servido el quiebre nacional, que trajo consigo el rostro de un país desconocido por no vivido, es el tener que echar mano de los libros que había acumulado a lo largo del tiempo, porque sencillamente no se hallan novedades en las librerías. De pronto descubrí que la novedad no es la cima, ni debería ser el anhelo de todo lector, ya que la mayoría de las veces está movida únicamente por factores de orden económico y gerencial (marketing), y en su afán por recuperar los costos y obtener elevadas ganancias, las editoriales suelen obviar cuestiones esenciales como la calidad y la permanencia de una obra, y sacan al mercado libros fugaces, prescindibles, que buscan dar respuesta a instintos, a modas, a atavismos, e incluso a tabúes, lo que implica a todas luces un tiro directo al piso.

Lamentablemente, la vida de un libro en el mesón de las novedades suele ser efímera, y muy pronto pasa a la trastienda y al olvido. Pocos libros se quedan e impactan en profundidad al lector, y no suele haber correspondencia entre los más vendidos y las grandes obras. Por supuesto, hay casos de libros que se han quedado y a pesar de los años se siguen vendiendo casi como el primer día, pero dentro de este grupo hallamos obras mediocres, que no aportan nada al género, pero logran tocar algún nervio en los lectores sin que haya un buen trabajo literario, ni siquiera una verdadera propuesta estilística que las ubique entre las obras maestras universales. No se explica desde lo racional, por ejemplo, que un libro como El Alquimista de Paulo Coelho, encabece muchos ránquines de venta luego de tantos años de publicado, cuando se trata de una obra que no alcanza los más mínimos estándares de calidad literaria, aunque se lea de un tirón. Tal vez, su truco esté en el mensaje esotérico que transmite, que azuza en millones de personas esa búsqueda existencial y espiritual que nos planteamos en algún momento de nuestras vidas. En este punto repetiré lo que dije hace tiempo en estas mismas páginas, al referirme al autor: nos equivocamos quienes pretendemos meter a la citada obra en la categoría literaria bajo los lineamientos del canon occidental, cuando el autor no busca precisamente altas cimas literarias, ni ganarse el Nobel de Literatura, sino dar un mensaje cuasiespiritual que llene, eso sí, los vacíos personales y hasta la búsqueda de lo inefable.

En contraposición a esto, hallamos en esos mismos ránquines, aunque muy por debajo del precitado libro de Coelho, a verdaderas catedrales literarias de autores cuya consagración hoy nadie pone en duda. El nombre de la rosa de Umberto Eco, es en este sentido arquetípico de lo que aquí planteo, ya que representa el opuesto a El Alquimista: densidad, erudición, gran tema, suspenso, enigma, elevada prosa, y una larga lista de aciertos. No obstante, es un libro difícil de abordar, complejo para su lectura, extenso en demasía, oscuro en muchos aspectos, laberíntico y hasta transgresor de lo que se supone es un libro para las masas que buscan mero divertimento. Empero, estas “oscuridades” y estas “dificultades” son precisamente sus ganchos, ya que quienes se asoman a sus intrincados territorios, gustan de sortear escollos y el misterio los empuja a echar el resto hasta el final. De hecho, el primer sorprendido con el éxito del libro fue el propio Eco, quien hasta entonces era un importante personaje del mundo académico y un filólogo, pero no un novelista.

Sorpresas hay también en nuestros días, cuando un libro de no ficción como El infinito en un junco, de la filóloga española Irene Vallejo, haya cautivado al público y a la crítica, cuando pudo implicar para muchos lectores un verdadero bostezo, y resultó todo lo contrario: un auténtico gozo y un replanteamiento del sentido de lo literario. El complejo mundo del libro se explica sin razones, tal vez por pulsiones y pálpitos, que revolotean en los sutiles territorios de lo inasible.

@GilOtaiza

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