Mérida, Octubre Lunes 18, 2021, 09:01 am

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Los libros, antes y después por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Creo haber dicho alguna vez que la lectura marcó mi vida al punto de poder decir que hubo un antes y un después al convertirme en un buen lector. El antes era el de un hombre promedio, que avanzaba en su día a día sin mayores trasiegos existenciales, que estaba tras una búsqueda, pero no sabía de qué. No había sido un tragalibros en la niñez y ni siquiera en la adolescencia, aunque leía a un ritmo si se quiere aceptable, pero no destacable. Había leído todo lo que se encontraba en mi casa, y hasta tuve la osadía en mis tiempos de bachillerato de hacerme suscriptor de una revista del Conicit, que tenía un claro perfil divulgativo y de acercamiento de la ciencia a los jóvenes, con estupendas ilustraciones del gran caricaturista Zapata. Y ahora que lo recuerdo, ahorraba el dinero que me daban mis padres para poder comprar en la Librería Selecta, de grato recuerdo y de añoranza en Mérida, colecciones de revistas que hablaban de las antiguas civilizaciones y del universo, cuestiones que me fascinaban y que me siguen atrapando, aunque no con tanta fuerza como ayer, y de cuyo paradero no tengo conciencia. Me imagino que todo aquel valioso material se perdió en alguna mudanza, o lo dejé en la casa de mis padres cuando me casé, y se fue quedando en los más profundos intersticios de algún estante hasta desaparecer. Me encantaría tener todas esas revistas ahora y así poder regresar con nostalgia a mis viejos intereses como lector, pero hay ciertos puntos de inflexión en los cuales entran muchas cosas, y como si fueran agujeros negros que las engullen, allí se quedan enterradas para siempre.

No podría afirmar, como lo hacen algunos, que un libro en particular me haya cambiado la vida. Si bien es cierto que hay libros de libros, que me dejaron turulato y meditando como en un auténtico limbo o trance espiritual, considero que ha sido la suma exponencial de todos los libros leídos (o de buena parte de ellos) los que permitieron que se abrieran nuevos surcos en mi cerebro para atisbar otras realidades. A pesar de no haber viajado tanto como lo hubiera querido, he estado en todos los continentes y hasta fuera del planeta sin moverme del sillón en la casa. He conocido cientos de personajes maravillosos con los que he disfrutado y conversado en distintas lenguas, he sido testigo de excepción de hechos singulares, de grandes amores, de cruentas batallas y de inauditas aventuras. Mis ojos han visto exóticos paisajes y me he topado con simpáticas criaturas del aire, de la tierra o del mar océano: algunas escondidas en tupidos bosques, otras en peligrosas selvas y muchas tantas dibujadas en agrestes nubes del cielo infinito. Mi olfato ha sido exaltado con las más exquisitas fragancias, mi piel ha sentido el calor del desierto y el frío glacial en una noche beduina, mi paladar ha probado los más exóticos manjares, mis oídos han captado ruidos más allá de este mundo hasta comunicarme con lo insondable, y mis ojos han sido testigos de las más maravillosas imágenes que humano alguno haya podido atisbar en una noche estrellada.


La lectura fue la clave para todos estos portentos. El hombre de hoy no es ni la sombra del que fui. No sé si mejor o peor, créanme que no lo sé, pero sí puedo afirmar que distinto. Mi cosmovisión es otra, mi manera de acercarme al mundo y a sus fenómenos es si se quiere mucho más amplia que los acotes y los atavismos del pasado, que me adosaban a creencias inútiles: que nos encasillan, que nos cretinizan, que nos convierten en esclavos de poderes supra que se alimentan de los otros y que como monstruos nos devoran. La lectura atenta y analítica nos hace dejar la vieja piel, nos abre nuevos horizontes, nos desvela realidades que estaban allí (como en el cuento de Monterroso), pero que éramos incapaces de ver por la ceguera cognitiva que nos atenaza sin piedad desde la más tierna edad. Con la lectura damos un gran salto que nos permite vivir con mayor hondura la existencia, disfrutar con conciencia libre de todo lo que nos rodea, pero sin caer en resignaciones, sino con la mirada puesta en el mañana y sin perder de vista el ahora.

La lectura es una sinergia, es la suma exponencial de experiencias y de sensaciones, es la certeza de vivir más intensamente, aunque por largos momentos nos aislemos en la soledad del libro y de su entorno. La lectura nos hominiza, nos baja de las ramas, nos hace comprender la grandeza de nuestro viaje planetario: ese que nos acerca entre nosotros y a las otras especies, que nos socializa, que nos permite abrir los ojos y tomar conciencia del milagro del vivir. Si la sociedad comprendiera la importancia de la lectura, la tendría como una de sus prioridades, y todos los males y perversiones que nos atenazan desaparecerían de nuestro mundo de relaciones, y la experiencia humana fuera más amable y certera, y no esas trincheras de odios tribales que nos empujan inexorablemente hacia un abismo.


@GilOtaiza

@RicardoGilOtaiza

rigilo99@gmail.com





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