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La Parada de la informalidad en la frontera

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La Parada


Dicen que las calles no tienen dueños, pero en La Parada los hay. Y como allí no existen ni Dios ni ley, todos ocupan un rincón en la entrada de la frontera. Es la supervivencia en el camino de la ilegalidad.

La Parada se convirtió en una selva de cemento que no distingue nacionalidades, se sacude por la lucha feroz entre colombianos y venezolanos que pelean a gritos y garras por ganarse unos cuantos billetes que hacen la misma carga en pesos o bolívares.

Lucía, de 45 años, contempla en su piel reseca las marcas del sol cómplice en los pasos que la empujaron a trabajar desde hace 12 años en La Fría (estado Táchira, Venezuela) y con los que a rastras pisó la frontera como una colombiana retornada.

Con un triciclo que ella misma armó para vender cargadores de celular, audífonos y bisutería, se rebusca el sustento para sus dos hijos.

Una voz afónica por los gritos con los que trabaja como informal desde que era niña, marca su territorio en una esquina de la calle séptima de La Parada.

Aunque su acento camufla rasgos venezolanos por la larga estadía en aquel país, recuerda que estaba en tierra ajena y no era hija de la patria petrolera.

Según Lucía, sus contrincantes en La Parada se sienten dueños del territorio y no respetan ni la cédula que ella carga para demostrarles que los colombianos también tienen derecho en la tierra de nadie.

Algunos sacuden el silencio del amanecer en la frontera con las carretas de verduras y los carros de comidas rápidas, antes de que un timbre alerte sobre la apertura del paso peatonal en el puente internacional Simón Bolívar.

Lucía, que no tiene horario para ubicarse en la esquina que cree suya, cuando llega después del mediodía se tiene que enfrentar con los venezolanos por su puesto de trabajo.

 

¡El que manda aquí soy yo!

 

 “Este es mi lugar y no me quito ni con la policía encima”, le responden cuando exige su lugar en los 50 centímetros que resguarda en la esquina para ganarse diariamente 5 mil pesos y pagar la habitación donde la esperan sus hijos.

Se mantiene firme en su trabajo durante las tardes soleadas, en las que todos gritan por vender, porque las calles le han enseñado que en la informalidad hay que enfrentarse a la ilegalidad que permitió convertir esta zona de frontera en la parada del rebusque.

A diferencia de Lucía, Carlos dio los primeros pasos de niño en La Parada y creció cruzando el río Táchira como maletero de mercancía de contrabando.

Atravesaba a diario las trochas de la frontera entre Villa del Rosario y San Antonio del Táchira (Venezuela), pero el cierre de frontera lo arrastró a caminar con un canasto de pasteles y un termo de limonada.

Hace dos años vendía deambulando en los locales comerciales y casas de cambio que adornan La Parada, pero en un abrir y cerrar de ojos despertó rodeado de cientos de venezolanos que tocaban las puertas de las casas para vender productos de contrabando.

Al salir en sus recorridos regresaba con la carga de pasteles y el vacío de su cartera por la competencia de los venezolanos que ofrecen a $1.000 un combo de pastel y limonada.

Carlos no volvió a deambular en las calles, pero fue testigo de la invasión al espacio público que fue creciendo sin el control de las autoridades municipales.

 

Sin Dios ni ley

 

En menos de 200 metros de la calle séptima, se aglomeran 120 vendedores con bultos de verduras rebosadas en carretas de madera.

En el camino de la autopista a la Aduana Principal se ubican 110 vendedores de dulces y comidas rápidas con parrillas y ollas al aire libre.

Las 90 carretillas que esperan ansiosas la llegada de los venezolanos, ocupan al menos 50 metros de los andenes. Los que cobran las ‘vacunas’ marcan las líneas fronterizas de la autopista. Nadie puede traspasarlas.

En la zona conocida como la curva de la virgen se estacionan en la angosta calle de 200 metros, vendedores de zapatos, verduras, minutos y comidas, 110 vendedores no parecen ser suficientes para los caminos de cemento.

Todos ocupan un espacio, unos llegan y otros se van, pero la competencia sigue.

Andrés es un estudiante venezolano de odontología  que cruzó desde Maracaibo a las calles de La Parada, y ensució sus manos con la tierra de los bultos de papa en busca de unos cuantos pesos para enviárselos a su familia.

Sin pasaporte, corrió por las trochas y cayó en los brazos de Patricia, una cucuteña de 50 años que carga 40 bultos de papa en un camión desde Cenabastos hasta La Parada, y los entrega a los carreteros que al final del día le pagan parte de las ganancias.

A pesar de que lleva cinco meses en esta zona, no cede el espacio de la calle ante el reclamo de los colombianos; paró su huida en la tierra que le permite sobrevivir, y con una mirada imponente que respalda con gritos, se mantiene firme en seguir ocupando el espacio público con tal de llevar unos pesos a su cartera, y de paso hasta su familia.

Los venezolanos se adueñan de las calles de La Parada con dos cruces encima: invadir el espacio público en condición de indocumentados, y la presión que ejercen los que imponen la ley por aquella zona y que todos los sábados pasan a cobrar la cuota por dejarlos ocupar los andenes.

Allí, en la frontera, en la parada del rebusque, se sobrevive en las calles bajo el amparo de los dueños de la ilegalidad.

 

ANGÉLICA ROJAS / LA OPINIÓN DE CÚCUTA

 

 





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