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Freud, Buda y el deseo (I) por Alirio Pérez Lo Presti

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Alirio Pérez Lo Presti


Alirio Pérez Lo Presti

 

Tal vez el venerado Santo lo dijo mejor que nadie cuando sentenció: “Deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”. Pero ese poco que deseaba es indicativo de que la vida sin deseo es improbable o sólo posible en individuos que aparecen cada cierto milenio en determinados contextos de carácter religioso. La vida sin deseo no es propia de la naturaleza humana. Lo importante es que los deseos de unos no terminen abatiendo a otros. 

Cuando Sigmund Freud plantea la noción de que el inconsciente es el sustrato que determina nuestros actos, ubica al ser humano en una posición en donde el libre albedrío queda cuestionado. Desde la perspectiva psicoanalítica estaríamos signados por la irresponsabilidad funcional que nos suele caracterizar. A partir de Freud dejamos de ser dicotómicamente considerados como buenos o como malos, porque las fuerzas indómitas que determinan nuestras acciones sobrepasan nuestra capacidad de decidir. Sólo a través de elementos de carácter represivo o controlador, como por ejemplo las normas morales, las leyes o las ideas religiosas, se logra contener ese lado oscuro, propio de la condición de “ser humano”.

En el inconsciente se encuentran deseos, muchas veces en contraposición con lo normativo. Nuestro mundo interior es díscolo y tenebroso a la par de ser dócil y claro, en una lucha de fuerzas en las cuales “el deseo” trata de imponerse. “Por desear”, se intenta vulnerar la norma. Esta fórmula puede aclarar innumerables creencias, desde la idea de pecado, por ejemplo, hasta las ideas de índole político. En particular el anhelo de someter a los demás, que es el fin último de todo totalitarismo.

Cualquier intento de carácter político que intente dominar al individuo y castrar sus posibilidades de pensar con cierta libertad, necesariamente se convierte en un sistema tiránico. Para darle forma a estas tiranías basadas en oscuros apetitos de sometimiento y dominación a los demás, el ser humano ha utilizado “ideologías” a través de las cuales trata de justificar el anhelo de aplastar a sus contemporáneos. Una ideología puede o no tener sentido racional, pero si lo que intenta es el control social, es sólo una justificación para imponerse. Un barniz para dominar.





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