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La Universidad Siempre

Estudiar para qué por Carlos Guillermo Cárdenas D.

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Carlos Guillermo Cárdenas


El profesor titular con más de 40 años de servicio académico en la Universidad de Los Andes se acercó para comentarme: “estudié para qué”, si mis compañeros generacionales que no se esforzaron en la adolescencia de terminar el bachillerato y menos estudiar una carrera universitaria ganan ahora lo mismo que yo con más de 28 años de estudio ininterrumpido. Comentó que aparte de los 9 años de preescolar y primaria, cinco de secundaria, seis de la carrera universitaria, tres de la especialidad, dos de maestría y tres de doctorado, todos los días actualiza sus conocimiento tres o cuatro horas para mantenerlos up to date (al día). Cuatro decenas de publicaciones en revistas indexadas durante la vida académica, carecen de importancia para el cálculo de la tabla salarial. Dónde quedó la excelencia académica que sectores de la izquierda universitaria pregonaron durante más de tres décadas como estímulo al estudio y la constancia.

Otro benemérito profesor titular, fundador de la cátedra universitaria hace 7 décadas comentó que el único privilegio justificable en la sociedad moderna era el talento. Dónde quedó esta premisa que estimuló el enorme esfuerzo realizado por el profesor universitario.

El profesor Federico Mayor, que ejerció la presidencia de la UNESCO (1987-99), instancia de Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura, recalcó que la educación era el único camino para alcanzar el desarrollo de los pueblos. Agregó que la “Universidad debe proporcionar los profesionales que la sociedad necesita, desarrollar la investigación científica y técnica, conservar y transmitir la cultura, enriqueciéndola con el aporte creador de cada generación, actuar como memoria del pasado y atalaya del futuro y constituir una instancia crítica y neutral, basada en el rigor y el mérito, que pueda ser, por todo ello, vanguardia, a todas las escalas, de la «solidaridad intelectual y moral» que la Constitución de la UNESCO ofrece”. Pero para lograrlo, añado, debe contarse con universidades de alto nivel académico.

Volviendo al caso Venezuela, la pretensión del pago igualitario del salario según el decreto presidencial y la supuesta eliminación de la escala salarial contemplada en las distintas contrataciones colectivas, en el caso educacional, con las universidades, elimina de tajo la meritocracia que ha sido el mecanismo académico para la promoción profesoral.

La expresión “estoy en pobreza crítica” del profesor no es un eufemismo. Es la realidad cruda e inocultable. Es un proceso de deterioro progresivo e implacable. Es la moral profesoral  en franco e inexorable descenso. Sin acceso a la revista indexada y actualizada; sin asistencia a los eventos científicos nacionales y menos a los internacionales porque la universidad no lo financia y menos el profesor; la limitación de acceso a internet cada día más comprometida pues los ordenadores están desactualizados o simplemente no funcionan; la imposibilidad de trasporte por la falta de aceite de motor, cauchos y batería; la imposibilidad de adquirir los útiles escolares para el hijo o para el nieto y la alimentación balanceada para su grupo familiar.

Esta es la realidad tangible de los tiempos modernos que vivimos en nuestras universidades.





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