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La espada y la cruz por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Los períodos históricos se caracterizan por marcar de manera profunda el devenir de la humanidad, hasta el punto de producir cambios que se hacen casi incomprensibles a la mirada de las generaciones posteriores, por ser beneficiarias de ellos. Las artes, la religión, la filosofía y el pensamiento epocal se hacen representativos de cada etapa vivida, y es allí en donde radica su importancia, ya que nos posibilitan posteriormente comparar hechos y circunstancias a la luz de una manera muy particular de ver la vida (el antes y el después), lo que convierte todo este proceso en una densa trama de elementos cuyos cruces se erigen en ejes para el encuentro y el  desencuentro a la vez entre distintas realidades.

El hombre y la mujer del medioevo, por ejemplo, son representativos de un mundo complejo, cuyas aristas parten necesariamente de gruesos acontecimientos que signan el inicio de la época y el fin de la misma. En este sentido, podríamos aceptar que tal y como lo afirman los expertos en el área, la Edad Media se ubica entre el siglo V y el XV, con la caída de Constantinopla y el Descubrimiento de América. No obstante, los linderos de los períodos o grandes épocas históricas se difuminan hasta el extremo de constituir fuertes amalgamas, que a veces impiden clarificar hechos y circunstancias a la luz de una mera decisión de orden cronológica.

Es importante acotar que el medioevo está fuertemente signado por el peso de la Iglesia católica, cuyos referentes de entonces nos llevan a comprender su inmenso poder y su influencia rayana en dominio. Tal fue su huella durante casi diez siglos, que se suele significar el pensamiento de entonces circunscrito al denominado Teocentrismo, razón que explica la fuerte carga religiosa en el arte, en la filosofía y en todos los aspectos puntuales de la vida de las personas. En el campo de la medicina, por ejemplo, el hombre y la mujer del medioevo centran su atención en las derivaciones de sus creencias como manifestaciones del cuerpo, de la mente y del espíritu. Todo venía del cielo: la salud y la enfermedad.

 Como se puede percibir, eran aquellos tiempos un tanto oscuros, en los que el pensamiento y la ciencia tenían que plegarse a los postulados religiosos, o de lo contrario caían en las garras de un poder que iba más allá de lo espiritual. Todos los fenómenos de orden natural y aquello que no respondía a los preceptos “divinos”, eran tomados como señales demoníacas, que más temprano que tarde llevaban a sus sostenedores a la muerte. La espada y la cruz fueron sus signos. Lógicamente, en medio de aquel laberinto hubo también grandes figuras que descollaron en todos los campos, pero sus esfuerzos fueron de algún modo atenazados por una visión teocéntrica: todo está en Dios y fuera de Él, las tinieblas. Dios era el centro del universo.

 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com





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