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Freud, Buda y el deseo por Alirio Pérez Lo Presti

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Alirio Pérez Lo Presti


El deseo de someter a otros, forma parte de ese mundo oscuro e inconsciente que marca y condiciona las actuaciones humanas. Por eso el pensar es el arte de cuestionar. Desde la visión psicoanalítica la mayéutica es la herramienta de trabajo que permite dejar de aceptar lo impuesto para que cuestionemos aquello que tenemos por cierto. Freud, tal vez más que ninguno, lo explicó, lo entendió y lo vivió. La política totalitaria del Estado nazi cae sobre su país y casi a sus ochenta años de edad tiene que abandonar su patria, sus archivos, sus apegos y se refugia en Londres, donde muere en 1939.

Esta premisa de ubicar el deseo como origen de las calamidades humanas tiene un antecedente remoto que es Buda. Centenares de millones de personas en el mundo asiático y otras regiones, ven en él lo más puro y lo más elevado que un ser humano puede alcanzar. Buda aparece cinco siglos antes de Cristo en la India y se trata de un príncipe (Siddhartha) nacido en el seno de la religión brahmana. Creía en la reencarnación, y en su cultura es la representación espiritual más elevada, encarnada en un ser humano elegido que ocurre cada tres o cuatro mil años.

Buda tiene los famosos “cuatro encuentros” en los cuales descubre la existencia de la vejez, la enfermedad, la muerte y el sentido ascético de la vida para trascender. Es así como a los veintinueve años abandona su corte, sus palacios, su mujer y su hijo, se interna en un bosque donde habitan algunos ermitaños y comienza entonces la etapa que lo va a transformar en “el iluminado”. Se entrega a la meditación, a la renuncia de lo material, ingiriendo muy pocos alimentos y reflexionando, para luego conformar un período en el cual realiza acciones de predicación y proselitismo.

Esta prédica insiste en dos aspectos: La presencia del dolor en la vida de los hombres (el dolor es inseparable de la vida) y la necesidad de renunciar a la causa del dolor. Esa causa es “el deseo”. Desear lo que no podemos alcanzar o lo que no tenemos. Si se elimina el deseo, al punto de llegar a no desear nada, no puede doler nada. El que llega a no necesitar nada es como si lo tuviera todo. La ausencia de deseo satisface la necesitad de llenar la carencia, que a su vez se encuentra marcada por el deseo.

Sea por explicaciones basadas en creencias religiosas de sociedades asiáticas o por la influencia que el psicoanálisis ha tenido en la civilización, el común denominador es la ubicación del deseo como fuente originaria que explica y condiciona los procederes humanos, incluyendo las enormes injusticias que son perpetradas desde lo político para imponerse a las grandes mayorías, con el supuesto manto de legitimidad que le habría de dar el ceñirse a una determinada ideología.

 

Twitter: @perezlopresti





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