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Cocinera colombiana: Mi vida cambió desde que ayudo a los venezolanos

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Ya son las 7:00 am en el Norte de Santander. El polvo pardo de la tierra de La Parada comienza a desprenderse con el pisar firme de los peregrinos que cruzan la línea divisoria entre Colombia y Venezuela. El paisaje, ofuscado por el sol intenso de Cúcuta, se asemeja a un mercado saturado de gente en pleno desierto. En ese panorama, a dos cuadras de la frontera, hombres y mujeres de todas las edades hacen fila para ingresar a un galpón y así poder saciar su hambre con la comida que prepara Fabiola Ruiz, jefa de cocina y una de los voluntarios de la Casa de Paso La Divina Providencia.

Ella es la encargada de preparar las 6.000 raciones de comida que la organización sin fines de lucro reparte diariamente a los 2.800 venezolanos que se benefician de este comedor comunitario. “Iniciamos a las 6:00 am y una hora después empiezan a pasar para recibir el primer alimento del día: avena o chocolate con pan. A veces damos pan con crema de leche, pan con salchichón o pan puro. Luego se hace una oración y la gente se retira para volver a la hora del almuerzo”. A las 10:30 am comienzan a servir la segunda comida y finalizan la jornada a la 1:00 pm.

Desde hace más de un año se instaló esta casa de paso; poco a poco ha aumentado el número de personas atendidas. Pero todo se originó espontáneamente, cuando un día el padre David Cañas llamó a Fabiola Ruiz para hacer una olla de sopa en la calle y repartirla a los venezolanos que se encontraban en La Parada. “Ese día alcanzó para unas 200 o 250 personas. Cuando se nos terminó, muchos se quedaron sin comer; ellos nos pedían que por favor les diéramos las ollas para raspar con las manos lo poco que quedaba en el fondo. Esa escena me impactó; desde entonces decidí seguir con la obra junto al padre David”, comenta Ruiz.

Llanto, desnutrición, desmayos, niños con hambre y personas que no saben a dónde ir son algunas de las vivencias ajenas que han tenido que presenciar los colaboradores en la casa de paso.

 “Era un niño que no caminaba; eso para mí fue duro. Luego de esa escena les compramos compotas y les hicimos un tetero. También comió pan y tomó chocolate. Ver a ese niño me tocó”.

Antes de ayudar regularmente al padre Cañas con la fundación, Fabiola era dueña de un restaurante que fue a la quiebra. Sin opciones, acudió a la iglesia, donde le ofrecieron ayuda espiritual y ella se las retribuyó con sus conocimientos culinarios. “La mujer que inició en esta casa de paso no es la misma hoy en día.  Ver una problemática mayor que la mía me dio mucha fortaleza. Escuchar a los demás y darle voz de aliento me motiva a seguir cada día más”.

Ya es la 1:00 pm en Norte de Santander. Ahora la luz cenital del sol quema la piel de los peregrinos que siguen cruzando la frontera.  Algunos pasaron el Puente Internacional Simón Bolívar simplemente para comer en la Casa de Paso la Divina Providencia y ya van de regreso a Venezuela; otros son inmigrantes que viven en Cúcuta. También acuden los que necesitan fuerzas para continuar la procesión por territorio colombiano rumbo a otros países.

 “Son muchos sentimientos encontrados por parte de los colombianos. Hay quienes sienten rabia ante la impotencia de no poder parar tanta migración. Otros simplemente miran los ‘toros desde la barrera’ porque se encuentran en su zona de confort. Pero también están las personas que ‘han sido tocadas’ y vienen a colaborar aquí día a día. Siempre oramos para que mejore y la situación cambie, porque solo Dios puede transformar esto. No hay más nada que hacer, simplemente se debe ayudar”.

 

EL NACIONAL





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