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El café de Mérida por Carlos Guillermo Cárdenas D.

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Carlos Guillermo Cárdenas


El aumento del consumo de café en Europa y los EEUU en la segunda mitad del siglo XIX permitió que los Andes entrara en una prosperidad y bonanza económica, particularmente Mérida, sin antecedentes. La vida económica y social de Mérida se favoreció con el alza del café. Capitales extranjeros con inversiones mejoraron el rendimiento de los sembradíos y del procesamiento de café. El campesino productor agropecuario de las zonas del Mocotíes y de las fincas de la zona sur de la meseta de Mérida aprovechó la gran demanda de los países más desarrollados para perfeccionar las técnicas del cultivo, cambió la tradición del cultivo de cacao por el grano de café. La cultura de café en Mérida y áreas vecinas nació florecientemente. Una próspera y pujante economía cambiará definitivamente los hábitos y costumbres del merideño.

Estas tierras se hicieron atractivas para forasteros e inmigrantes europeos. De Italia y Alemania vinieron a estos valles y montañas. Se constituyeron las primeras haciendas de Café en la periferia de la ciudad como San José, La Mata, Las Tapias, Los Curos, La Morita, La Concepción (hoy Hacienda de Los Dávila), la hacienda de los Uzcátegui Briceño (Zumba), Chama, La Otra Banda y Campo de Oro. En la zona de Santa Cruz de Mora y Estánquez, Don Calógero Paparoni construyó la Hacienda La Victoria. Hoy día, con la mirada impertérrita de su hijo menor Luís Alberto Paparoni y su esposa doña Alba Marina Baptista de Paparoni, en el sitio funciona el Museo del Café y el Museo del Inmigrante.

El comercio de café después de procesado y posteriormente trasladado en arreo de mulas desde la Plaza Mayor (posterior Plaza Bolívar) de la ciudad de Mérida al Puerto de la Ceiba, para continuar por vía lacustre hasta Maracaibo y de aquí, mar adentro, para atravesar el Atlántico hasta los puertos de España, Portugal, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, constituyó una larga pero fructífera ruta.

Los merideños vieron por primera vez las morocotas de oro como paga de la venta de café. La élite cambió sus costumbres, viajaron a Europa en vapores movidos por la combustión de carbón. Telas preciosas, joyas de valor, pianolas y porcelanas fueron importadas con el valor de la venta del grano. Se establecieron casas importadoras. Los primeros teléfonos para llamadas locales aparecieron en algunas de las casas. Los Parra importaron la primera planta eléctrica. A principios del siglo XX D. Antonio Picón Gabaldón, instaló la segunda planta eléctrica en la cuenca del Mucujún. En la década de los 20s del s. XX, Mérida disponía de dos suministros de luz, la calle que subía con la luz Parra y la calle que bajaba con la luz Picón.

La prosperidad económica de la ciudad también trajo la incursión de escritores en la producción literaria. Don Tulio Febres Cordero, llamado patriarca de las letras merideñas, publica sus primeras obras como “La hechicera de Mérida”, leyenda sobre Murachí y la india Tibisay. Posteriormente vendría “Don Quijote de América”. Más tarde aparecerían D. Mariano Picón Salas, D. Roberto Picón Lares y el trujillano recién llegado D. Mario Briceño Iragorry.

Con la venta de café, Santa Cruz de Mora y Tovar adquieren dimensiones como centros cafetaleros que atrajeron una legión de inmigrantes sicilianos y corsos, que dieron empuje y progreso a la región.

En la Feria Internacional de París (1887), con la construcción provisional de la Torre Eiffel, el café merideño se hizo presente en la exposición. El doctor José de Jesús Dávila, que fuera rector de la Universidad de los Andes (1876-1881) y gobernador del Estado de Mérida (1883-1886), envió las muestras del grano merideño que recibió el diploma al mérito. El café merideño adquiría el reconocimiento internacional.

El café de la segunda mitad del s. XIX y las primeras décadas del s. XX fue para Mérida, como el trigo para la colonia.

Con el descubrimiento de los primeros pozos de petróleo, la época gloriosa del café andino y merideño comienza a declinar. El café procedente de países como Brasil y Colombia saturó el mercado internacional. Los sembradíos fueron sustituidos por fincas de ganado de carne y leche. La élite merideña y el campesino agricultor están ante la debacle del producto que les habían deparado progreso y bienestar. Empieza en Venezuela la época del petróleo, el oro negro que nos inundó de dólares americanos, libras esterlinas inglesas y marcos alemanes. La agricultura que había sido el sustento en la colonia y en los años nacientes de la República, pasa a segundo lugar con la era de los hidrocarburos. Venezuela cambiaría para siempre. Ahora somos más dependientes del petróleo que nunca. El oro negro no se sembró, se dilapidó y se esfumó. La economía rentista, dependiente de un producto que no es obra del trabajo ni del esfuerzo sino gracia de la providencia, comienza a dominar la economía venezolana. Razón tuvo el ilustre merideño de Zea, Alberto Adriani, cuando acuñó la expresión “Sembremos el petróleo”.

 

Fuentes consultadas: Alberto Noguera Ochoa, Álvaro Parra Dávila (+) y Asdrúbal Baptista Troconis.





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