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Historia parcial de la mentira (1) por Alirio Pérez Lo Presti

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Alirio Pérez Lo Presti


Twitter: @perezlopresti)

 

Si en una especie de cruzada inmaculada se nos ocurriese decir exactamente lo que se nos pasase por la cabeza, terminaríamos siendo rechazados por aquellos que nos rodean, incluso por los seres que apreciamos. Es por eso que mentir es necesario para sobrevivir.

Al exponer una opinión en los diálogos de la cotidianidad, revelamos parte de nuestro mundo interior a los demás, así que por más que quisiéramos que nuestros dictámenes fuesen capaces de trascender, nos vemos en la obligación de mitigar la crudeza de los mismos y hacerlos amables a los otros para evitar el aislamiento.

Al referimos a alguien, debemos hacerlo en términos socialmente adaptativos, de lo contrario nos haríamos de un enemigo, porque se suele personalizar aquello que se señala. De ahí que surja el que más de uno se esconda en el anonimato para señalar lo que tenga en mente, porque ser anónimo es una manera falsa de conducirse. Es temerario y paradójicamente propio de lo civilizado el hacerse responsable de aquello que se señala. La cobardía se oculta en las sombras de lo secreto.  

Nuestra propia imagen es un modo de falsear la realidad. La palabra personalidad, viene del antiguo idioma etrusco y que en latín pasa a ser personare, que es en el teatro la manera como se señalan las máscaras que se utilizan para representar a los distintos personajes. La personalidad es el conjunto de máscaras que utilizamos para presentarnos ante los demás y encararnos con nosotros mismos. Todo un canto a la apariencia.

De hecho, la imagen en el espejo corresponde al lado contrario de lo que refleja. Si alzamos nuestra mano derecha veremos alzada en el espejo la izquierda. Por una parte, la personalidad es la manera de representar lo que queremos ser ante los demás, pero por otra, la propia imagen que queremos proyectar se encuentra imbricada con aquello que no podemos ocultar. A fin de cuentas “el espejo de la personalidad”, muestra lo que somos y también lo que no somos.

Intentamos mostrar a los demás nuestro deseo de cómo nos gustaría ser vistos o interpretados. La imagen es propia de lo hondo de nuestro mundo, porque cuando se quiere mostrar el reflejo de lo que parecemos, tras ese retrato existe una representación profunda que es el ser.  Por eso la imagen es ambigua y nuestro mundo interior es consustancialmente relativo a lo que queremos proyectar.





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