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La ética en la política y la “lista de Shindler”

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Luis Montilla


Luis Montilla

 

En la columna de la semana pasada, quisimos introducir el tema sobre “la ética en la política”. Cumpliendo nuestra función pedagógica y apoyándonos en las lecturas de algunos autores que han abordado el tema, decíamos que la política debía ser apreciada en constante movimiento, cambiante, como algo vivo y carácter propios. No es religión, tratados de ética ni de moral, normas jurídicas, ciencia pura, historia ni economía; no se resuelve todo con la política, ni está presente en todo, ni mucho menos es ninguna doctrina política definitiva, considérese conservadora, liberal, socialista, comunista, nacionalista, entre otras, aunque pudiera tener elementos de todo esto. Quienes afirman que no se reúnen con tal o cual actor político, por considerar que traicionan ciertos principios, o quienes dicen que prefieren que el partido político en el cual militan pierda las elecciones o no vuelva a ganar nunca más a que abandone sus principios, les podemos asegurar o demostrar que ese tipo de actitud no es política. Estas actitudes, aspirarían según la distinción de Max Weber, a una ética de objetivos fundamentales más que a una ética de responsabilidad. Terminan despreciando sin darse cuenta, consideraciones “elementales en política”, como que en cualquier comunidad política hay una pluralidad de intereses y objetivos morales distintos que deben ser reconciliados por métodos políticos; si no, siempre se pueden desatender por un tiempo o destruir para siempre. No creen en la acción política, que ciertamente implica transigir, aunque pueda ser una transigencia por causas consideradas nobles, como sobornar al carcelero para liberar al joven estudiante que arriesga su vida en las calles para combatir al régimen y que es detenido o secuestrado como preso político. Sería desconocer el servicio que le hizo a la humanidad, a la vida y a la política el industrialista y empresario alemán Oskar Scindler, que rescató y salvó de morir en el Holocausto Nazi a más de mil judíos polacos entre niños y adultos prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, a muchos de ellos empleándolos como trabajadores de sus fabricas y sobornando a oficiales nazis de las “SS”, con el mismo dinero de sus ganancias de los negocios con el régimen totalitario y fascista de Hitler. Vida recreada en una película dramática e histórica estadounidense de 1993 (Shindler’s List). “La lista de Schindler”, basada en la novela “El arca de Schindler” del escritor australiano Thomas Keneally, dirigida y coproducida por Steven Spielberg y con guion de Steven Zaillian. Las posiciones asumidas por estos grupos que se autodenominan una “alianza ética”, es política testimonial. Estos grupos, que suelen estar integrados por aprendices y novatos en política, se creen obligados, sea cual sea su propósito nominal, a declarar sus principios y “su posición” respecto a todos y cada uno de los acontecimientos del día. En la mayoría de los casos, son grupos creados con ese único objetivo. Las tomas de posición son interminables. Se creen con la autoridad moral de emitir juicios sobre todo lo que tenga alguna importancia. Los testimonios suelen estar envueltos de cierta arrogancia; creen que por considerarse “puros” tienen algún derecho especial a ser escuchados, ya sea porque se consideran que no están salpicados de los desaciertos y errores de la política o porque la fuerza positiva de la inexperiencia les confiere una perspectiva inocente, una “pureza” en una época llena de señalamientos de “colaboracionismo”, “cohabitación” con el régimen y corrupción, o por alguna otra tontería del mismo calibre con que pretenden descalificar a sus oponentes políticos. Sin tener la menor idea que ese tipo de política no es política. Quienes abordan cualquier problema político como una cuestión de ética y principios no ha entendido la política ni puede sentirse a gusto en el espacio de la política. Quienes afirman “jamás cederemos en nuestros ideales” se condena a la frustración o aspira al autoritarismo. Los ideales tienen valor como ideales pero no como planes de un nuevo orden de cosas inmediato ni como una verdad absoluta. Mucho menos se deben confundir los ideales con los medios para alcanzarlos. Es difícil no sospechar de quienes pretenden enaltecerse de su amor por la humanidad pero que se avergüenzan de sus semejantes.





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