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¿Al ritmo del régimen? por Antonio José Monagas

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Antonio José Monagas


A pocos días del próximo y decembrino proceso electoral, convocado por el régimen, caben múltiples opiniones sobre razones que pudieran esclarecer condiciones de convivencia entre factores políticos con supuesta capacidad para impulsar el desarrollo nacional. O por lo contrario, pudieran ennegrecer, aún más, problemas que sustentan la profunda crisis política y económica que desvergonzada y contradictoriamente azota a Venezuela. Un país que en otrora, fue puntal de desarrollo de América Latina.

Vale esta disertación, a los fines de exponer una tesis sobre lo que sigue ocultándose bajo el discurrir de un país movido por intereses solapados. No sólo de quienes buscan continuar ilegalmente amarrados al poder político. También, por parte de quienes se plantean, en mampuesto nombre de libertades y derechos humanos, ocupar posiciones de envergadura relacionadas igualmente con el poder político en instancias de decisión nacional o regional.

He ahí el meollo del caos venezolano el cual sigue dominando la escena política. En medio de tan patético trajín,  el país político continúa sin hallar salida alguna o ruta de escape que lo aleje tan retorcida y desmoralizada crisis. Sin embargo, debe saberse que un régimen autoritario, no convoca elecciones para perderlas. Cualquier mecanismo electoral que asegure la continuidad de ese gobernante, es puesto en práctica. Por encima de toda consecuencia. No hay modo de apostar a otro resultado que no sea aquel que favorezca la conservación del poder. Por eso, la tramposería, el fraude y el engaño electoral.

Es cuando el ejercicio de la política se torna mezquino y egoísta. Cada quien busca jalar para su lado. Es decir, nadie piensa en el otro. Y si acaso lo hacen, lo inculpan por lo que su ineptitud acarreó. Es así como se complican las cosas en ambientes asediados por la improvisación y la ignorancia política. Condiciones éstas que caracterizan a quienes palabrean sandeces investidos de candidatos para cualquier contienda.

Tan prosaico inconveniente, se convierte en pretexto o excusa para argumentar razones o explicaciones que estos “candidatos” convierten en prospectos referidos y ofrecidos como “programa de gobierno”. De ahí que al final de la jornada electoral, resultan electos “legisladores” que no saben de legislación. “Concejales” que desconocen el concepto de municipalidad. “Gobernadores” que se arrinconan ante las exigencias de problemas de gobierno. “presidentes” que no tiene formación como estadistas. Es decir, politiqueros que sólo saben prometer para incumplir. Funcionarios gubernamentales que sin haber gestionado nada, se atreven indecentemente (de nuevo) a proclamarse candidatos.

Eso se llama “declaración de grosera osadía”. Pero así sucede cuando se tiene una dinámica política que moviliza a un país de ciegos donde el tuerto es Rey. Por tanto, y tocando el contexto venezolano, resulta imposible refundar una nación obviando necesidades cuya solución repercute en la consolidación de lo que la teoría política define como “República”. Pero no con remoquetes que invaliden libertades y razones. En todo caso, debería ser con adjetivos que seriamente comprometan el gentilicio y la ciudadanía. No que exalten o permitan actitudes holgazanas  e impunes prácticas de corrupción, como en efecto ha ocurrido. ¿O acaso el país va a seguir dejándose manipular, someter y humillar por imposiciones gubernamentales y ordenes foráneas? O sea, ¿al ritmo del régimen?





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