Mérida, Enero Sábado 28, 2023, 10:46 pm

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La pureza peligrosa por Luis Loaiza Rincón

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La pureza peligrosa por Luis Loaiza Rincón


Así tituló Bernard-Henry Lévy, un reconocido filósofo e intelectual francés de nuestro tiempo, su libro de 1995 sobre el fin de la historia, los integrismos y la actual crisis de la democracia. Inspirados en algunas de sus ideas, nos arriesgamos a ensayar nuestra propia lectura de varios aspectos de la realidad venezolana.

 Bernard-Henry Lévy al analizar las claves fundamentales del mundo actual, marcado por el caos, el nihilismo, la descomposición extrema y la divagación generalizada, constata que éste convive con integrismos que defienden ideas inalterables en el ámbito de la cultura, la religión y la política. Considera que vivimos una ilusión mesiánica que promete una sociedad sin “otros”, una sociedad “de puros” que es, esencialmente, antidemocrática, porque busca imponer su verdad, como “única verdad”.

 Aunque se realizara antes de la invasión rusa de Ucrania y de la reafirmación china como potencia global, esta valoración no pierde su capacidad explicativa. El asunto es que, al imponer un pensamiento único, se destruye y descalifica tanto el debate público, como las ideas. La propaganda termina sustituyendo el ejercicio de la razón.

 Hoy la política es “política espectáculo” y por eso es incesante, no distingue lo real de lo ficticio, persigue controlar lo que hacemos, pensamos y decimos; le habla más al sentimiento que a la inteligencia y al imponer lo inmediato, el golpe de efecto, la declaración escandalosa, la visibilidad mediática; desecha al proyecto y la perspectiva estratégica. La política espectáculo es, en gran medida, táctica.

 Esta política también niega los derechos fundamentales del ser humano, porque niega el derecho a la diferencia, a la opinión propia, al deseo de no pensar con cabeza ajena. Sólo que los “puros” se terminan pareciendo al monstruo que dicen enfrentar, porque ambos arremeten contra el individuo con sus maquinarias.

 Al oponerse a estos embates, el espíritu democrático necesariamente debe reforzar su talante pesimista y escéptico porque la democracia siempre estará en construcción enfrentando a sus enemigos externos e internos. Los primeros, se hacen evidentes con facilidad. Los segundos, se mimetizan y esconden, aunque la soberbia los delate.

 Por eso, la democracia exitosa es la que asume la existencia de tensiones irreconciliables en la sociedad, la complejidad humana y el conflicto. Estos datos son muy útiles para que la democracia construya equilibrios, fortalezca instituciones y desarrolle tolerancia y respeto.

 Por el contrario, la búsqueda de sociedades orgánicas, apacibles y armónicas, casi siempre conduce a la dictadura, por lo cual el demócrata asume que las sociedades son contingentes, artificiales e imperfectas y aunque tenga fidelidades, nunca será realmente un demócrata si en algún momento pierde, ante ellas, su autonomía y capacidad de crítica. Está claro, la voluntad de pureza conduce al fanatismo y éste a la dictadura, ya sea la del jefe, del aparato, de la opinión pública o la de la plataforma de partidos que busque imponerse liquidando al resto.

 El demócrata tiene que ser escéptico. No puede aceptar el “despotismo de la verdad” porque, en la política, la verdad no es trascendente. La democracia exige una lucha contra la idea de una “Verdad una, cierta y revelada”. La libertad es incompatible con ese tipo de verdad y pasa, necesariamente, por el escepticismo. Precisamente, por eso, siempre será necesario un pensamiento crítico que rompa el monopolio de los diversos pensamientos únicos.

 Aunque el voto sea esencial en democracia, el demócrata entiende que la verdad no sale del voto ni de la encuesta y que la voluntad general se equivoca a menudo. Asumir como infalible que la voz del pueblo, es la voz de Dios (vox populi, vox Dei) facilita la muerte de la democracia gracias al encumbramiento de demagogos, populistas e integristas. Al demócrata no le queda sino aceptar que la política y la ética son apuestas en las que siempre corremos el riesgo de equivocarnos.

 En Venezuela, junto a ciertos grupos integristas, conviven los que, creyéndose puros, son simplemente unos pillos que han hecho de la política un gran negocio, que entienden perfectamente que la competencia y el debate político desnudan sus miserias y que cualquier perspectiva de la política y de la democracia que no sea la suya, debe descalificarse. En general, se encuentran muy cerca del nazismo que consideró al judío como un “piojo”, “bacteria” o “toxina”, que no tarda en “infectar” o “envenenar” el cuerpo social.

 La “manía profiláctica” de los “puros”, que en realidad esconde obscuros intereses, no busca otra cosa que el monopolio del poder, aunque sea ejerciendo la oposición; o sea, el segundo lugar. Por eso le temen al ejercicio de la democracia y han terminado convirtiendo a la unidad de la oposición, no en un propósito, sino en un medio para el chantaje. Tampoco creen en el ciudadano. Prefieren al “elector desesperado”, capaz de votar por cualquiera, de allí su lema: “Si un perro resulta electo candidato, por ese perro salimos a votar”. Claro está, se trata de “su perro”, porque si “otro” se postula como candidato, pedirán radicalmente la abstención.

 En fin, el afán de pureza termina siendo peligroso porque es una estafa inventada para acabar con la disidencia, con la democracia; mientras “los puros” aseguran sus privilegios y el indisputado e indiscutible puesto de “campeones del segundo lugar”.





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