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La ciudad y los recuerdos por Eleazar Ontiveros Paolini

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Eleazar Ontiveros P.


A  todos nos resulta inevitable poner en juego esa capacidad superior de la mente, la comparación, cuando hechos de la actualidad hacen que afloren recuerdos que pueden mostrarse diametralmente opuestos; son la prolongación del pasado que nunca deja de acicatearnos. Y esos recuerdos nos hablan, por efecto de dicha comparación, acerca de si algo actual lo juzgamos mejor o peor. De aceptarse que los recuerdos tienen estrecha relación con las emociones, la comparación posee una insalvable  carga de subjetividad, lo que nos lleva a asegurar que las comunes expresiones: “Todo lo pasado fue mejor” o “Todo lo actual es mejor”, son del todo relativas. Dependen de nuestro juicio, pues los recuerdos condicionan el presente cuando brotan y nos llevan a hacer las comparaciones de las que antes hablamos.

Desde esos puntos de vista, creo que compartido por la mayoría, es indiscutible que nuestra ciudad, Mérida, en la actualidad pose muchas cosas superiores a las de décadas anteriores: su Universidad se ha extendido exponencialmente, se han creado otras muchas universidades e institutos, su comercio e industrias ha crecido al igual que su población, se han establecido cada vez más espacios turísticos incluyendo una diversidad de hoteles, hospedajes y pensiones, han aumentado los espacios para el arte y la recreación, y en general se han concretado adecuaciones propias de los adelantos científicos y técnicos tales como el teleférico y el trole.

Pero cuando juzgamos las actuales características físicas de la ciudad en que se han logrado esos adelantos, dan ganas de llorar, pues al retrotraernos a no hace muchos años, recordamos que todos estábamos orgullosos, merideños de nacimiento y los que nos hemos hecho tales, de vivir en una urbe  acogedora, limpia, de calles y avenidas sin úlceras asfálticas o del cemento, es decir, huecos, con gente de comportamiento caballeresco, respetuoso, con una universidad funcionando adecuadamente, sin apremios presupuestarios y sin falta de insumos fundamentales, con muy pocos actos vandálicos y con la posibilidad de transitar por calles y avenidas iluminadas y sin el temor de sufrir un asalto, una agresión. No había la necesidad, como sucede ahora, de convertir nuestras urbanizaciones y casas en cárceles poniendo rejas a diestra y siniestra para sentirnos protegidos. Ya hay que pensarlo dos veces para ir de noche al teatro, a un cine, a un concierto, pues los carros son presa fácil de los depredadores que rondan a su anchas sin que nadie les impida su hacer delictual. El transporte público, incluyendo la aviación, nos muestra, al igual que en todo el país, que ese importante servicio que debería haberse adecuado en función del crecimiento demográfico, nos habla de que el censo no sirvió de nada como guía para la planificación. Cada día es más penoso ir al trabajo. Hemos puesto en funcionamiento las denominadas perreras, imitando a los cubanos, y lo poco que funciona muestra hacinamientos de sardinas enlatadas, haciendo de los autobuses, busetas y del mismo trole vehículos inseguros, de alto riesgo. Nunca habíamos vivido el trauma de los constantes cortes de la electricidad y del agua, sin planificación ni  preavisos.

Y lo que puede resultar más grave porque indiferenciadamente lo sentimos todos lo que hacemos vida en la ciudad, la inclemente e insoportable suciedad que entre otras cosas ha vuelto común el deambular holgado  de los zamuros y expresión de la inconcebible miseria que obliga a  que muchos esculquen en ella sin ningún rubor, acosados por el hambre, procurando, no importa su estado, algunas sobras de comida. Y de las paredes que decir. Están todas pintajeadas grotescamente, manchadas, afrentosas y descascaradas, aun las que bordean las avenidas por las cuales se entra a la ”Ciudad Turística de Venezuela”. A ello se agrega, el desdibujamiento que crea el pasto que crece en las islas de las avenidas, expresión cabal que parece decirnos, dada la simpleza que implica su eliminación, que no hay nada que hacer.

¿Y La culpa? No hay la menor duda que es  de un régimen que  pretende por la vía de las  regresiones sociales  de la sumisión requerida para  en un momento dado aparecer como el ave Fénix que salva todo de lo que ha dejado la maldición capitalista, y hacer  florecer en consecuencia al “hombre nuevo”. No culpemos de buenas a primeras a nuestros gobiernos estatales y municipales. Son víctimas del desprecio a la descentralización y de que la entrega de lo que les corresponde constitucionalmente no se da en su totalidad y con la regularidad requerida, sin que haya fuerza opositora capaz de revertir tal situación. Posiblemente algunas actitudes ciudadanas traducidas en servicios, logren aliviar de tanta desesperación.





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