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El nombre de Montaigne por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


El “severo señor de la montaña”, como solía nombrar Quevedo a Michel de Montaigne, nos legó el ensayo como género, como herramienta para transformar el mundo; como orquestación de palabras que buscan espacios para la acción, para la transformación de nuestra realidad personal y social. Si no existiese el “ensayo” para la conquista de la razón y como tamiz del pensamiento intelectual y artístico, habría entonces que inventarlo, en medio de un mundo que corre deprisa, que busca con afán inaudito asirlo todo, poseerlo todo, tener todo a la mano con un simple clic. 

El ensayo es en sí camino, es una ruta que nos lleva prestos a desentrañar la vida, a arrancarle miradas que nos posibiliten tener la “certeza” de la gran incertidumbre en la que nos movemos como individuos y como sociedad. Gracias a Montaigne el lenguaje de la razón se erige sin muchos artificios en expresión de lo inacabado, en anhelo de completitud. Quien ensaya va a ciegas en medio del océano con una única tabla de salvación: el lenguaje, y su aspiración es la llegada a un puerto, a un nuevo derrotero, sin que ello pretenda ser la verdad. La “verdad” es una categoría filosófica dura de asir, de tomar entre las manos y con ella desvelar el mundo y sus inmensas posibilidades redentoras.

Montaigne crea un género, un modo de expresión que se hace rápidamente consustancial al intelecto; porque somos dados y prestos al juego de las palabras. Su obra, extensa y febril, con honda huella de lo humano, es en sí misma base y sustento de lo que vendría luego, pero al mismo tiempo una clara advertencia del peligro que representa olvidarnos de que el ensayo se mece en las nociones de “medio y fin”, cuyas categorías se amalgaman, se conjuntan, se funden en una misma expresión literaria hasta convertirse en obra. El ensayo es en sí el camino orquestado del pensamiento y al mismo tiempo de lo autárquico, ya que busca en medio del desvarío autoral (quien navega en medio de la oscuridad), toparse con luces y sombras que le sirvan de atisbo a la razón. Como expresión compleja, el ensayo indaga aquí y allá, echa mano de lo que otros han encontrado: coteja, yuxtapone, conversa y contrapone hasta hacer de todo este denso entramado un aparato crítico con el que busca azuzar los sentidos, bien afirmándose en sí mismo, bien negándose, pero jamás desentendiéndose de su naturaleza dialéctica y abierta al mundo de las ideas.

Quien ensaya no busca respuestas definitivas, ni dejar sentado la auctoritas como impronta de quien se la sabe todas y deja sentada su valía, ya que está consciente de que se halla en una búsqueda permanente de significados y de referentes, de variables y de sorpresas, que hacen de la escritura ensayística un camino de obstáculos.

Portentoso destino le aguarda todavía al ensayo, y al nombre de Montaigne un sitial imperecedero en la memoria de la humanidad.

 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com





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