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La pasión en la política, la unidad y el “relativismo moral” por Luis Montilla

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Luis Montilla


Si algún asunto no tiene discusión, es que la política es pasión. Pasión por lo que se cree, por lo que se hace, por lo que se lucha, por lo que se sacrifica, por lo que se conquista. La política es capaz de movilizar en un momento determinado, a grandes sectores de la sociedad, incluyendo muchas veces, a aquellos que pretenden no involucrarse en ella. La política despierta emociones entendidas como positivas, pero también negativas, con respecto a personajes, símbolos, banderas, himnos, instituciones, partidos políticos, entre otros. Ha producido y produce grandes movimientos de solidaridad y de cooperación humana. La política, también es asociada a conceptos solemnes, que la gran mayoría afirma adherir y defienden como: libertad, justicia, igualdad, paz, seguridad, bienestar, bien común. Como también, abundan las referencias a la política en tono peyorativo, despectivo, receloso. Suele ser asociada con confusión, división, engaño, favoritismo, manipulación, imposición, corrupción. Por lo que es frecuente escuchar decir de algunos, que están “al margen o por encima” de la política, considerándolo como un valor. “Politizar” un asunto, o tomar una decisión por “razones políticas”, es entendido generalmente, como un juicio condenatorio, incluso, lo hemos escuchado de boca de reconocidos dirigentes políticos y de otros actores públicos. Como podemos ver, la política no está libre de sospecha, sino que por el contrario, según con el cristal que se mire, tiene una gran carga emotiva. En momentos en que nuestra gente pide desesperadamente y en un solo grito UNIDAD de toda la oposición partidista, pretendemos orientar el debate diciendo que de lo que se trata es de reagrupar nuevamente a la mayoritaria, diversa y plural oposición democrática a través de una idea, un mensaje, un discurso, una situación, un hecho, que nos permita “remar a todos para el mismo lado”, tener un plan y una estrategia clara. Es como que en la actualidad, admiráramos la igualdad de condiciones que imperaba en los países comunistas, o envidiar la uniformidad de las masas chinas vestidas con sacos de cuello alto, pantalones y gorras que los transformaban en una especie de clones. Rechazamos y sentimos más bien “espanto” de esa uniformidad, en la que vemos un esquema, un símbolo de servidumbre y pensamiento único bien lejos del pensamiento democrático. Es la necesidad constante de estar en movimiento para encontrar nuevos fundamentos para la democracia que aspiramos construir; donde con toda seguridad terminaremos descubriendo que solo el reconocimiento del sujeto humano individual puede fundar la libertad colectiva, la democracia. Debemos estar atentos, no confundirnos, tener las cosas claras, juzgar bien, no permitir que se imponga ese “relativismo moral” irresponsable. Ese subjetivismo de los valores donde: la convicción, la autenticidad no son principios de justificación, menos aún cuando la psicología nos hizo ya penetrar profundamente en las ilusiones del yo y, de seguir este principio demasiado facilista, correríamos el serio riesgo de avalar todos los fanatismos. Si la democracia –tal como lo advierten diversos autores y teóricos de la democracia-, no la pudiéramos definir como la subordinación de la vida privada de los ciudadanos al interés público, y tampoco como la limitación de la vida pública a la protección de la libertad individual, debemos definirla entonces, como la combinación de la unidad de la ley y la técnica con la diversidad cultural y la libertad personal. No olvidemos nunca, que la política es creadora de civilización, los objetivos políticos deben estar claros, y hacia esas conquistas democráticas debemos avanzar.





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