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Sirviendo sanamos por Any Aular y Aura Perdomo

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Anuy Aular y Aura Perdomo


Mi vida estaba llegando al final. Estaba paralizada en una cama, sin poder moverme. Mi corazón palpitaba con poca fuerza, y pasaba en cama 22 de las 24 horas del día. Entonces llegó el terremoto. El 27 de julio,  a las 5:30 de la mañana, un espantoso temblor de tierra, grado 7,5 sacudió nuestra región con una violencia nunca antes sentida por allí. Un rugido pavoroso se escuchaba debajo de la tierra y 107 casas quedaron destruidas. La mayor parte de los teléfonos quedaron fuera de servicio. Pero, sin saber por qué, mi teléfono siguió funcionando. La Cruz Roja empezó a lanzar mensajes por radio, pidiendo que quienes tuvieran habitaciones sobrantes avisaran, para llevar allá las personas que se habían quedado sin techo. Yo, desde el teléfono que tenía junto a mi cama, llamé a la radio y les comuniqué el número de mi teléfono, para que los que quisieran colaborar con alguna habitación se comunicaran conmigo. Y empezó un llamar y contestar sin interrupción. Frente a mi casa empezaron a llegar gentes cuyas casas habían sido destruidas, y allí en mi teléfono, recibía direcciones, y hacia esos sitios los iba enviando. Yo anotaba las direcciones, y cuando llegaban los familiares de los que habían sido recogidos, les indicaba a dónde podían ir a encontrarlos. Al principio, yo contesté las llamadas acostada en mi cama. Después me senté en la cama. Más tarde me encontré tan atareada en mi actividad, que me olvidé por completo de mi debilidad, y me levanté de la cama y me senté en una silla. Y fue tanto lo que me emocionó el poder ayudar a los que estaban peor que yo, que al rato ya estaba de pie, y empecé a caminar. Y estaba totalmente mejorada. Y desde entonces, las únicas horas que paso en la cama, son las 8 horas que duermo cada noche. Antes me hallaba demasiado centrada en mí misma y en la enfermedad, pero ese terrible terremoto me procuró una fuerza que yo jamás había creído poseer. Hizo que mi atención ya no se centrara en mis angustias, sino en lo que necesitaban los demás. Me proporcionó una ocasión para ser útil a los otros, y hasta importante. Ya no tenía tiempo de auto compadecerme. El dedicarme a ser útil y a ayudar, me dio la curación.

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Ayudar a los demás nos libera, nos transforma, nos mejora, nos restaura, nos sana. Cuando pasamos por dificultades, generalmente nos enfocamos tanto en nosotros mismos, que nos olvidamos por completo de lo que nos rodea, de quienes nos rodean…, nos olvidamos de vivir. Pero en medio de todo esto, el Buen Dios siempre nos auxilia, enviando terremotos que sacuden por completo nuestro ser, y que cambian el rumbo de nuestra vida,  que cambian nuestro enfoque. Aprovecha el temblor y toma el teléfono que tienes muy escondido y guardado dentro de ti, y concéntrate en ayudar, en servir, en amar. Regala un poco de ti a quienes te rodean, y descubrirás los tesoros que están escondidos dentro de ti, tesoros que te liberarán y te sanarán por completo. Tienes una mina entera llena de regalos dentro de ti. ¿Qué estás esperando? Levántate de la cama de la autocompasión y comienza a repartir esperanza, alegría y paz.

 

¡Que Dios te de un Feliz Día!





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